miércoles, 29 de abril de 2020

La Dictadura de la Juventud

Mucho se habla en esta época convulsa de las dictaduras, que si las dictaduras de derechas, que si las dictaduras de izquierdas, que si la dictadura de la corrección política, la dictadura de las minorías, que si fascismo, que si comunismo, la dictadura ecologista, que si el auge del nacionalismo, que si los radicales de aquí y de allá, etcétera, etcétera, etcétera. 

Echando un ojo a la historia y los ciclos sociológicos propios y ajenos, dictaduras ha habido siempre. No hablo solo de política. Las modas son dictaduras, la nutrición, la religión, la educación, los medios de comunicación, los deportes mayoritarios, en definitiva, todo lo que compone nuestro sistema de creencias es, en menor o mayor medida, una dictadura. 

Te invito lector a que un día te dediques solo a escuchar en una discusión con amigos o familia, o en la tele, o los comentarios a pie de página de cualquier medio electrónico, solo de oyente, siendo lo más objetivo posible, totalmente en tercera persona. Alcanzado ese estado cuentes las dictaduras que vas encontrando en la conversación, sobre todo aquellas que tienen la intención de argumentar en contra de otras dictaduras. Igual te hacen falta las dos manos, y los pies. 

Yo aquí daré mi opinión, para aquel que quiera leerla. Después de darle muchas vueltas a cuál puede ser la raíz de la explosión de los radicalismos que estamos viviendo y que han dejado de ser esporádicos para convertirse, poco a poco, en tendencia, la única dictadura que encuentro, la que está en la punta de la pirámide, es la Dictadura de la Juventud. No la dictadura de los jóvenes, sino de la juventud. De lo único que no podemos escapar es del paso del tiempo. Lo que está absolutamente fuera de nuestro control, aunque creamos que lo está, es el cómo se comporten las generaciones venideras. Son un animal vivo que lucha por sobrevivir, aunque para ello deba comerse a la generación anterior. 

Todos hemos sido jóvenes y más o menos nos acordamos de lo que se siente. Una rebeldía entendida como necesidad de cambio. Da igual si para bien o para mal, a la juventud el cuerpo le pide cambio y el que no esté de acuerdo con ese cambio, el NO joven, que se prepare a ser arrastrado por la corriente. 

Desde meter los dedos en el enchufe, hasta el llanto después de esa hostia gótica por no querer escuchar ese “cuidado que te vas a caer”, pasando por todas las decisiones tomadas y cosas hechas previas a un preventivo "No lo hagas". La experimentación, la prueba y el error es inherente a nuestra naturaleza, lo que pasa es que según vamos sumando años el querer tener razón gana a la curiosidad y pretendemos imponer nuestras pruebas y errores, nuestros experimentos y nuestras resoluciones a los que vienen. Es un acto, tan desesperado, porque se nos acaba el tiempo aquí, como inútil, ya que al que viene le da bastante igual lo que tú ya hayas hecho. Lo suyo es mejor. 

“Parece que no aprendemos” Y no es que no aprendamos. Todos los conocimientos técnicos, es decir, objetivos, pasan de generación en generación. Lo que no se aprende es lo subjetivo, o mejor dicho de lo subjetivo, porque lo establecido es malo siempre y lo que estoy por establecer es bueno siempre y no hay regla matemática que diga lo contrario. Aunque lo establecido haya sido cojonudo comparado con el resto de la historia y lo que esté por venir sea horrible. Eso en realidad no importa. El objetivo es cambiarlo. Aparte que cojonudo y horrible son términos 100% subjetivos y siempre dependerá de con qué se compare, quién lo haga, y en qué momento temporal. 

Imagina Lector que hay un gran genocidio ahora en el siglo XXI por una razón poco ética, da igual cuál. Pasa algo que acaba con el 30% de la población mundial o más. Como resultado de la disminución de la superpoblación mundial el planeta remonta ecológicamente y eso hace que dentro de 500 años los humanos aún habiten la tierra. Una Tierra que se hubiera vuelto un lugar inhóspito de haber seguido superpoblada y en crecimiento demográfico eterno. Esos humanos de dentro de 500 años darían el mismo valor a nuestras vidas del siglo XXI, que el que nosotros le damos, por ejemplo, a los esclavos que murieron en las pirámides, es decir, poco o ninguno. Sin embargo, agradecerían o entonarían el “menos mal” o el “gracias a X por…” por el gran genocidio del siglo XXI. A nosotros, protagonista de dicha masacre pues no nos haría tanta de gracia. Y es que las cosas si se ven desde el punto de vista de la homeostasis global nunca están bien o mal, simplemente están o son. En neutro. 

Veo el auge comunista que hay entre los jóvenes de hoy en día después de varios años de supremacía capitalista liberal ¿A qué es debido? Disfrutan de las virtudes de ese sistema, pero le quitan importancia y ponen el foco en los defectos ¿Por qué la generación anterior no lo hacía de forma tan radical? ¿Y la anterior de la anterior? ¿Hasta qué generación tenemos que retroceder para que el foco estuviera en los defectos del comunismo y las virtudes del capitalismo? ¿Qué nos impulsa a cambiar lo establecido? ¿Y en qué momento ocurre? La única respuesta que encuentro es el Cambio en busca de un equilibrio imposible que nos lleva de extremo a extremo como un columpio. Nada es estático y con el paso del tiempo se pudre y decae. Porque toca. Es un impulso, podría decirse animal e irracional. Y cuando se quiere cambiar algo se buscan todas las debilidades del actual sistema podrido, obviando sus virtudes, y se sobrevaloran las virtudes del nuevo sistema sano, obviando sus debilidades, y así una y otra vez como esos cubos de los spas que se van llenando y al llegar a cierto nivel se vuelcan, vaciándose, para poder seguir llenándose. 

Al aplicar una fuerza aparece la contraria con igual intensidad. Ese auge comunista nos ha traído de vuelta el fascismo, que estaba más o menos enterrado, de vuelta al panorama político y con muchas papeletas de tomar cartas en el asunto. Si dibujas una línea recta, marcas en el centro el equilibrio y a la izquierda y derecha pones los extremos y después haces un anillo con esa línea recta verás que la única manera de conseguirlo es cogiendo los extremos y juntándolos. Lo extremos se tocan y cuanto más navegamos hacia uno, sin darnos cuenta más nos acercamos hacia el otro. 

Y es que volviendo otra vez la vista atrás en la historia, parece que la gente nos cansamos de la paz al igual que nos cansamos de la guerra, queriendo salir de una para meternos en otra por puro desconocimiento y curiosidad, con una sola incógnita: ¿Cuándo? Porque los dedos en el enchufe se acaban metiendo. Y que ocurra no está, ni bien, ni mal, es simplemente natural. El Eterno Retorno del que hablaba Nietchze. 

El universo, en el que se incluye nuestro mundo, es holístico, es decir, ocurren millones de acontecimientos que ni conocemos, ni entendemos, ni, por supuesto, controlamos, sin embargo, escucho constantemente discusiones sobre lo que está bien y lo que está mal, lo que hay que hacer y lo que no, si hay que evitar que esto ocurra o que aquello perdure, que si no hubiera sido por menganito o zutanito. Opiniones y acciones que son gotas de agua que se pierden en un océano de acontecimientos, cuyas olas oscilan con cierta frecuencia y en las que las opiniones y acciones individuales son insignificantes. Menganito o Zutanito son solo el catalizador, el detonante, la chispa adecuada que se produce en una reacción en un momento determinado, pero para que esa rección surja, para que esa bomba explote, debe haber una masa crítica que no se consigue de la noche a la mañana. 

Imagina de nuevo Lector (no te o pediré más) uno de esos adornos de bolas de metal que cuando los pones en marcha y la última bola golpea a la penúltima se propaga hasta llegar al otro extremo y vuelve a empezar. 

Pasamos incesantemente del equilibrio de la bola central a los extremos y viceversa. Nos empeñamos en detener las bolas en el punto que nos interesa, pero ellas siguen su curso sin que podamos hacer nada para evitarlo. Parece una predicción en contra el libre albedrío, pero es todo lo contrario. Es la definición de libre albedrío. Cualquier elección que hagas como individuo te aleja de un punto y te acerca a otro, es decir, te pone en una dirección. Si se extrapola a la masa social ese movimiento en una determinada dirección se convierte en tendencia (o en inercia), al igual que en la física clásica cuanto mayor es la masa mayor la cantidad de movimiento. 

La dictadura de la juventud es el régimen al que estamos sometidos cada día, cada año, cada siglo, nos guste o no. Es la única dictadura que perdura en el tiempo (de momento, con permiso de la futura inmortalidad) y que anula cualquier intento de comprender los cambios macrosociales que se producen en nuestra corta existencia. Esta falta de control, de incertidumbre y de incomprensión nos llevan a un estado de crítica, sufrimiento y crispación continuos que hace un flaco favor a nuestra felicidad. 

Por terminar constructivamente. Ante estas circunstancias, la mejor forma de ser coherente y vivir en paz, según mi opinión, es vivir al máximo según tus valores y sistema de creencias sobre aquello que puedas controlar, tu pequeño círculo de actuación. Todo lo demás son, simplemente, circunstancias. La humanidad cometerá los mismos errores y volverá a solucionarlos una y otra vez, porque con cada paso dentro del error nos acercaremos a la siguiente solución y con cada paso en la solución nos acercaremos al siguiente error, en un ciclo oscilatorio infinito ¿Por qué crisparse tanto entonces? 

Si estás pintando un cuadro sobre un lienzo blanco, perfectamente liso, y de pronto hay un terremoto al que sobrevives con el pincel en la mano, pero el atril ha desaparecido y delante de ti solo ves una pared de hormigón llena de rugosidades, la única opción que te queda es: Seguir Pintando.

lunes, 30 de marzo de 2020

El Andén


Abrió los ojos por primera vez en su vida. Se miró con vivacidad los brazos, el cuerpo y las piernas. Se tocó una mano con la otra, recorrió sus brazos con los dedos y finalmente se palpó la cara. Era una especie de saco de patatas regordete desde la cintura hasta el cuello y su cabeza otro saco de patatas, más pequeño, con dos ojos que al tacto parecían botones y una ranura en la rugosa tela que hacía de boca. Sus extremidades no eran más que un cuarteto de rayas negras, como de regaliz, que se movían grácilmente al andar, lo que estaba haciendo en ese momento sin querer. A través de las costuras de su cuerpo se filtraba una luz muy brillante y hermosa, pura, que se movía con el vaivén de sus pasos. Sentía que su cuerpo, el saco, estaba lleno de bolas y eran estas las que emitían la luz al chocar unas con otras. Trató de mover la cintura de un lado a otro y acelerar el paso para comprobar como funcionaban aquellas bolas que formaban su interior, pero, de pronto, una mano firme y suave le cogió de la suya.

—Buenos días Sueño —dijo sonriendo el propietario de la mano —. Soy Esperanza y voy a acompañarte en este viaje – hizo una breve pausa —¿Desconcertado? 

—Un poco – articuló Sueño con voz temblorosa tocándose el agujero de su cara dónde esperaba encontrar unos labios que no estaban. 

—Es normal, no todo el mundo nace de repente y se pone a andar ¿verdad? —La sonrisa de Esperanza seguía ahí, intacta. 

—¿Qué son esas bolas brillantes que noto en mi interior? ¿Qué es este lugar? ¿Quién eres tú? ¿Adónde vamos? 

—Ey, ey, ey, para un poco. Lo irás descubriendo. Lo importante ahora es: ¿Cómo te sientes? 

—Me siento extraño, pero, en realidad, me siento muy bien, con fuerzas para conseguir cualquier cosa —Su voz había dejado de temblar. El tono le sorprendió, era agudo, infantil y lleno de vida. Volvió a tocarse los inexistentes labios como si no creyera que pudiera articular palabra y se dio cuenta que no tenía ni un solo diente, por no tener no tenía ni paladar. 

—Como te metas la mano más adentro que te vas a atragantar, Sueño – rio aquella desconocida que parecía conocerle de toda la vida. Luego añadió —: ¿Ves aquella puerta al frente? Ahí es dónde nos dirigimos. 

El cuerpo de Esperanza era alto, delgado, completamente blanco y extremadamente grácil. Sus pasos eran lentos pero su zancada enorme y a Sueño le costaba seguirla con sus piernecitas de regaliz. Menos mal que le sujetaba con fuerza la mano y cuando estaba a punto de perder el paso, un ligero tirón le volvía a poner en marcha. 

El desconcierto de Sueño iba en aumento, pero a ese ritmo no podía preguntar nada. Después de unos metros se tranquilizó y entonces pudo mirar a su alrededor. Un montón de Esperanzas muy parecidas a la suya llevaban de la mano a un montón de sacos de patatas parecidos a él. Todos brillaban dibujando un bonito espectáculo estelar, pero en vez de en el cielo en un enorme desierto de grandes dunas azotadas por el viento. Había infinidad de puertas a la que se dirigían todos aquellos seres y eso le recordó que él también debía entrar por una de ellas. Al mirar al frente comprobó que esa puerta enorme ya se estaba abriendo. Un cartel encima del dintel rezaba con letras barrocas “El Andén”. 

—¿Preparado? Vamos. —Le dijo Esperanza mientras cruzaban la puerta. 

Los botones de sueño estuvieron a punto de salirse de su costura al descubrir lo que había al otro lado. No sabía dónde mirar ni por dónde empezar. La boca se le abrió tanto que creía que iba a rasgarla. Una estación de tren gigantesca se erigía ante él con una infinidad de trenes tan largos que no se podía ver el final y que salían constantemente. Legaban a toda velocidad, frenaban en seco, recogían a todos lo que había en el andén esperando y volvía a salir a toda velocidad para que un segundo después hubiera ya otro tren esperando. 

Esperanza los detuvo en un mostrador mientras hablaba por un interfono con alguien. Sueño seguía boquiabierto observando aquel jaleo. Miles de sacos de patatas viajeros se movían por la estación dirigiéndose a algún andén, haciendo filas que no se sabía dónde terminaban o simplemente se sentaban en los numerosos bancos de espera. 

—Bueno, pequeño, a partir de aquí estás sólo. Puedes hacerme una pregunta. 

—¿Sólo una? 

—Sólo una —Dijo Esperanza con expresión complaciente. 

Sueño miró al alboroto de la estación, volvió a mirar a Esperanza y le preguntó: 

—¿Qué son las bolas que noto en mi interior? 

—Esas bolas representan la felicidad que puedes llegar a dar. Cuanto mayor sea, más brillarán y más activo te sentirás. 

—Y cómo hago para manten… 

—¡Chsss!, solo una pregunta ¿recuerdas? Ahora tengo que irme. Adiós pequeño Sueño. Mucha suerte —Le soltó la mano, le dedicó una última sonrisa, se dio la vuelta y se fue con el resto de Esperanzas por un pequeño y oscuro callejón. 

—¿Y cómo voy a saber que tren tengo que coger? 

Se sentía solo y muy perdido, pero lleno de energía así que se puso en marcha. Decidió dar una vuelta por la estación y preguntar a otros sacos de patatas como él. 

Había sacos de todos los tamaños desde inmensamente grandes a diminutos, mucho más pequeños que él, y de todas las edades. Empezó a recorrer los bancos más alejados del andén y observó a cada ocupante. Se dio cuenta de que el brillo variaba sin razón en los sacos más grandes, incluso en los medianos, pero prácticamente todos los pequeños eran muy brillantes. Se encontró con alguno completamente apagado, con la cara triste y la tela del saco ajada y flojucha, no como la suya, tersa y regordeta. 

—¡Cuidado! 

De tanto observar había dejado de mirar por dónde iba y había estado a punto de pisar a un diminuto saco super brillante que llevaba un bastón y un sombrero y le miraba amenazante con una espesas y acusadoras cejas blancas a juego con un bigote tan fruncido como su ceño. 

—Mira por dónde vas muchacho. Somos demasiado importantes como para acabar pisoteados los unos por los otros. Para eso ya están los animales de “El Ring”. 

Y señaló con el bastón hacia una muchedumbre enfervorizada que estaba a unos metros de allí. 

—Perdón señor. No era mi intención. Soy nuevo aquí y estaba tratando de familiarizarme con el entorno. 

—Ya veo, ya. 

—Tengo un montón de preguntas y nadie… 

—Preguntas, ¡JA!, eres un Sueño muchacho, no debes hacerte preguntas. Solo preocúpate de no llegar tarde a tus instintos. 

—¿Mis… instintos…? 

—Apuesto a que al despertar ya estabas andando sin saber por qué, ¿Me equivoco? Claro que no me equivoco, muchacho, eso es un instinto. Tendrás unos cuantos mientras estés aquí, así que estate atento y no llegues tarde. Esas bolas te lo agradecerán —señaló el cuerpo de Sueño con el bastón —. Sobre todo, si oyes “La Llamada”. —Y al pronunciar esas dos palabras, alzó las manos al cielo como si de un slogan de Hollywood se tratase. Soltó una carcajada, que se hizo tan increíblemente lenta como larga, para luego volver a fruncir el ceño —Eso me recuerda que tengo que irme. No vuelvas a cruzarte en mi camino. —Apartó la pierna de Sueño de un bastonazo y salió disparado hacia algún lugar. 

—¡Auch! Pero señor… ¿Qué es eso de …la llamada? Gracias… supongo. 

El viejo llevaba una paloma tatuada a la espalda, como un motero, lo que le llamó la atención. Miró a su alrededor y todos los sacos llevaban algún símbolo marcado. Una pipa, un coche, una balanza, una ola de mar. ¿Sería la marca de las patatas del saco? Se preguntó, ¿al igual que marcan a las reses en el trasero? No tenía ningún sentido. 

Trató de girar el cuello para ver su símbolo. Primero para la derecha, luego para la izquierda. No había manera. Dos sueños que viajaban en moto pasaron muy cerca suyo y casi le hicieron caer. Le gritaron burlones: 

—Cabeza hueca. Las marcas propias no pueden verse. Deja de dar vueltas que pareces bobo. 

Ambos llevaban una corona marcada en la espalda. Les siguió con su mirada enarcando las cejas y les perdió la pista al meterse en la multitud que el viejo había denominado como “El Ring”. Se acercó a la algarabía. Era demasiado bajito para ver nada, así que se fue abriendo paso a duras penas entre el gentío de sacos, sin saber muy bien adonde se dirigía. Había demasiada gente, sus piernas empezaron a perder contacto con el suelo y entre empujones, como si una enorme ola le llevase, acabó con la cara apretada contra una especie de cuerda gorda de plástico. Se agarró a esa cuerda para estabilizarse y cuando miró hacia arriba unas gotas brillantes le cayeron en la cara al mismo tiempo que el lugar explotaba en vítores. 

Había acabado en la primera fila justo debajo de los dos contendientes. Miró hacia arriba. Allí dos sueños enormes se golpeaban sin piedad. A cada golpe que propinaban todas las bolas de su interior se iluminaban intensamente para, un segundo después, perder intensidad de nuevo. Ambos combatientes se movían con rapidez, tratando de acorralar al rival en las cuerdas propinando lluvias de golpes sobre el contrario. Ambos llevaban una enorme marca de ceño fruncido a la espalda, una con barba y otra con bigote. Parecía que el de la marca del ceño fruncido con bigote iba perdiendo y Sueño descubrió que por cada golpe que recibía, su adversario ganaba en intensidad y él la perdía. Como si con cada puñetazo le robara la energía. En una esquina de “El Ring” un montón de sueño hacían cola, todos con algo fruncido a la espalda. 

Se estaba agobiando y le resultaba muy violento ver dos sueños destrozarse a golpes, así que decidió volver por dónde había venido. Cogió otra de esas olas, esta vez en sentido contrario, y en pocos minutos estaba fuera del alboroto. 

Se paró un momento, puso los brazos en jarra y respiró profundamente. Mientras observaba los andenes abarrotados y los trenes que iban y venían, notó una punzada en el estómago. A través de la tela del saco podía ver algunas bolas titilar y apagarse. Tuvo la urgencia de ponerse en marcha, pero no sabía hacia qué o hacia dónde. Entonces sus piernas de regaliz le hicieron dar un giro de doscientos setenta grados enredándose entre ellas y haciéndole trastabillar. Mantuvo el equilibrio y su cuerpo salió disparado a la carrera sin poder controlarlo. 

Pronto se le unieron otros sacos que corrían hacia él y al llegar a su altura giraban para orientarse en su misma dirección. Un puesto callejero se les iba acercando poco a poco. Iba a chocar contra él. No podía parar. Sus piernecillas no reaccionaban a sus deseos. Iban a colisionar. Antes de ponerse las manos en los ojos cruzó su mirada con la del tendero de gesto impasible, cómo si no le importara que aquella maratón improvisada se llevara su chiringuito por delante. 

Todos frenaron en seco a la vez en perfecta sincronización. 

—¡Buah! Vaya viajecito. No me acostumbro a esto de los instintos y eso que llevo aquí tres meses ya. Un poco de muslo por favor. 

El que hablaba era un saco ajado, no muy grande y casi sin brillo, aunque de aspecto jovial y risueño. A la espalda, una baraja de cartas tatuada. El tendero gruñó. Sacó algo de debajo del mostrador, lo puso encima de la mesa, afiló el cuchillo con maestría y dio un par de tajos rápidos y precisos. Luego le entregó un paquetito blanco que fue devorado ávidamente. Las bolas de su cuerpo, poco a poco, a cada bocado, empezaban a brillar de nuevo. 

—Date prisa, si se acaba tendrás que esperar al siguiente instinto. 

La voz salía de debajo del mostrador. Sueño se agachó un poco para ver mejor y allí estaba tumbada, detrás de una vitrina de cristal, una Esperanza. No era la que le había traído a la estación, pero era casi igual. Le faltaba la pierna derecha. El tendero iba cortando partes de su cuerpo a cada pedido. Parecía que a ella no le dolía. El cuchillo entraba suave en su carne y hacía un corte limpio, como si cortara una nube. 

—Parece que eres nuevo muchacho —. La expresión del tendero se había relajado y lo miraba con cierta candidez. Le ofrecía un paquetito blanco mientras desatendía al resto de peticionarios que empezaban a subir la voz —Cógelo, date prisa. La próxima vez me lo tendrás que pedir tú —dijo endureciendo el rostro de nuevo. 

Sueño cogió el paquete y le dio un último vistazo a la Esperanza de la vitrina. Solo le quedaba la cabeza y parte del hombre derecho, pero mantenía su sonrisa impertérrita. 

Se alejó a paso lento del puesto mientras abría el paquete y daba unos primeros bocados dubitativos. Aquello estaba buenísimo y notaba como las bolas de su interior volvían a brillar con fuerza y volvía a tener ganas de hacer cualquier cosa. 

Buscó un lugar tranquilo donde disfrutar de aquella sensación y encontró unas escaleras vacías. Se sentó. Le quedaba el último bocado. Cerró los ojos para disfrutarlo al máximo y escuchó un sollozo. Provenía del hueco de la escalera. 

Se asomó y vio un saco enorme, de los más grandes que había visto. Era completamente negro. No había en él ni una pizca de luz. Estaba de espaldas y Sueño pudo ver su marca: El Hombre de Vitruvio. Estaba sentado con la cabeza entre las piernas, llorando desconsoladamente. 

—Hola —dijo Sueño. 

—Déjame en paz – replicó el enorme saco con voz grave y girándose un poco hacia la escalera. 

—¿Quieres un poco? – Sueño extendió lo que iba a ser su último bocado hacia el saco. Éste le miró con desconfianza. 

—No he tenido un instinto de brillo desde hace mucho. Y aunque lo tuviera no podría tomarme el sustento de otro sueño. Si lo tocara se desintegraría en mis manos antes de poder llevármelo a la boca. Cómetelo tú. No lo desperdicies conmigo. 

—Vaya —Sueño hizo una pausa antes de preguntar —¿Puedo hacer algo por ti? Te veo tan triste. 

—Soy una causa perdida. Yo calculo que en menos de un mes acabaré en “El Olvido”. Es lo que hacemos los sueños, o acabamos subidos a uno de esos trenes o acabamos olvidados, esperando a ser recordados. 

—Pero he visto a muchos sacos oscuros subir a los trenes… no te desesperes. 

—No tiene nada que ver la falta de brillo con ser olvidado, aunque a veces van de la mano. Muchos sueños vacíos de felicidad se suben diariamente al tren —comenzó a sacar su enorme cuerpo del hueco de la escalera —. De hecho, son mayoría. Se le llama Los Farsantes porque son sueños NO sueño —se incorporó y miró a Sueño desde las alturas —. Gracias por la conversación pequeño. Siempre ayuda que alguien te preste atención. Espero que cojas el tren pronto y que lo hagas con esa cantidad de luz que llevas dentro. Eres un buen sueño —se dio la vuelta y comenzó a andar pesadamente. 

—Adiós. Buena suerte. —Gritó Sueño con la mano levantada. 

El gigante se giró y con una sonrisa vaga le dijo: «No llegues tarde a tus instintos» 

Se llevó a la boca su último bocado de Esperanza observando al gigante perderse entre las galerías de la estación. Quería sentir pena por él, pero no podía. Sencillamente no notaba ninguna emoción salvo la de sentirse vivo. Su cuerpo brillaba con intensidad por dentro así que se dirigió al andén más cercano. Pero no lo percibía como uno de esos instintos, se dirigía al andén voluntariamente. Por curiosidad. 

El andén estaba abarrotado de sacos, de todos los tamaños y brillos, jóvenes y viejos, golpeados y con buen aspecto, cada uno con su marca a la espalda: un cerdito de peluche, una avioneta, una casa de madera, una nube, una bici, un diploma, un anillo. Abundaban los fajos de billetes que llevaban, sobre todo, los farsantes. Pero sobre todo había corazones, de distintas formas, tamaños y colores, algunos con algo escrito ininteligible dentro. 

Según recorría el andén pudo ver una línea roja a un par de metro de la vía. No había nadie después de esa línea roja así que se acercó a ella. ¿Podría cruzarla? Alargó su delgado dedo gordo del pie para tocar el otro lado de la línea, pero se detuvo al oír que una sirena ensordecedora hacía enmudecer a todos los que estaban en el andén para, un segundo después, salir disparados a coger el tren que ya se atisbaba en la distancia. 

El larguísimo gusano metálico llegó en menos de dos segundos y la marabunta de gente se precipitó sobre las puertas. Sueño era empujado para todos lados, pero no podía atravesar la línea roja. Una pared invisible se lo impedía por lo que estuvo a punto de morir aplastado con tanto empujón. 

Hasta que diez segundos después sólo quedaba él en el andén. Estaba detrás de la línea sentado en el suelo exhausto por el magreo recibido. Se incorporó, se sacudió el polvo del cuerpo con unas cuantas palmadas aquí y allá y puso los brazos en jarra. 

—¡Eh, Aquí! 

Trató de localizar la voz que le llamaba. Oteó todo el andén con la mano en la frente y encontró, sólo en un banco, un saco de aproximadamente su tamaño saludándole con la mano. Saltaba para llamar su atención y a cada salto se le movían graciosamente las coletas coronadas con dos lazos azules. 

—Te has quedado sin tren ¿eh? —carcajeó —. Hasta hoy era la única que se quedaba como un pasmarote sentada en el banco con dos palmos de narices. Pero al verte ahí todo polvoriento y apaleado me he partido de risa —siguió carcajeando. 

Tenía una voz punzante, extremadamente aguda, casi desagradable, pero combinada con los gestos de su cara y las pequeñas tachuelas color miel esparcidas por sus mejillas resultaba entrañable. 

Sueño llegó a su altura y se sentó en el banco junto a ella. 

—¡Puf! Menudo masaje. ¿Tanta gracia te hace ver al prójimo pisoteado por una estampida de sueños enfervorecidos? 

—Sí, la verdad. 

—Bueno —sonrió Sueño —. Supongo que tiene su gracia. 

Les siguió un silencio acompañado de ambas cabezas con la mirada fija en la vía del tren que se perdía en un infinito plagado de nubes blancas y algodonosas. 

—Me llamo Sueño. O al menos así me ha bautizado Esperanza. 

—¡JA! Pero tú ¿De dónde has salido? Todos nos llamamos Sueño aquí. Yo también soy Sueño. 

—Ah… Bueno, encantado, entonces. 

—Y esa Esperanza de la que hablas no es tuya. Son almas libres —añadió mirando al cielo. Cuando procesó el saludo continuó ya mirando a Sueño —Igualmente. Bienvenido a mi banco. Pero te lo advierto, tómate esto como una visita. Si vas a estar aquí todos los días búscate otro banco porque este es mío. 

—¿No tenemos nombre, ni esperanza propia, pero sí tenemos banco asignado? —La pícara cara de Sueño no le hizo demasiada gracia la chica —¡Caray! Tranquila. Era una broma. —Sueño observó que su risueño rostro se volvía triste. Y después de una pausa añadió —: ¿Cuánto tiempo llevas en El Andén? 

La chica tardó en contestar y se hizo un silencio plomizo que Sueño pensó que sería el fin de aquella conversación, pero dijo: 

—Cuarenta años. Todos los días desde hace cuarenta años siento el instinto de venir al banco y coger el próximo tren, pero nunca es tan fuerte como para llevarme. No es La Llamada ¿sabes? —Los ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró —Yo solía ser un gran sueño ¿sabes? Uno de los grandes, gigante y muy brillante. Pero mírame ahora… 

—¡Ey, aún brillas! 

—Sí, aún brillo, pero mira lo canija que soy ahora. 

—Al menos no has acabado en “El Olvido”, así que trata de no llegar tarde a tus instintos. ¿No es eso lo que se suele decir por aquí? 

—Sí —dijo volviendo a sonreír —. Aprendes rápido. Nunca sabes… Espera. 

El Andén comenzó a temblar. Se había llenado mientras hablaban y no se habían dado ni cuenta. 

—Espera… —repitió. 

El tren se acercaba a toda velocidad y los sueños se apiñaban en la línea esperando su turno para entrar. 

—Algo es distinto… Puedo sentirlo. 

El tren abrió sus puertas y el andén se vació en pocos segundos. La chica miró a Sueño, arrugó sus tachuelas en una mueca mezcla alegría, ilusión y sorpresa. Le apretó levemente la mano. 

—Adiós —y gritando mientras corría añadió —: Te puedes quedar con el banco. 

Y salió disparada, prácticamente sin tocar el suelo, hacia una de las puertas del último vagón. Sueño pudo ver en su espalda un oso de peluche. Pensó por un momento en ella. Tanto tiempo para cumplir ese sueño. Y rápidamente pensó en él. ¿Qué llevaría marcado en la espalda? ¿Tendría que esperar cuarenta años? ¿Cómo podría vivir sin conocer su propósito? 

Sueño no lo sabía, pero en el momento que este cuento reciba su punto y final, él, irremediablemente, iba a sentir el impulso de coger el próximo tren.

lunes, 16 de marzo de 2020

Frágil

Me gusta imaginar la historia del ser humano como un gigante haciendo pompas de jabón. Cuando consigue hacer una lanza su mano enorme para cogerla y tratar de acomodarla entre sus dedos índice y anular sin romperla. 

La sensibilidad y cuidado al mover la mano y la coordinación y equilibrio al usar los dedos determinan si la pompa se rompe o no. Y siempre se rompe. 

Desde la prehistoria, pasando por los primeros imperios, hasta las sociedades más modernas, el gigante no ha dejado de hacer pompas para atraparlas. Tratando de capturar una realidad tan brillante, redonda y perfecta como efímera. Guerras territoriales, conflictos religiosos, enfrentamientos ideológicos, han sido los impulsos nerviosos que hacen de los dedos del gigante una basta herramienta torpe e insensible, incapaz de sujetar la pompa apenas un instante. 

Ya en el siglo XX y hoy en día, en el siglo XXI, la evolución de todas las áreas de conocimiento ha permitido que los dedos del gigante sean más suaves y cuidadosos en sus movimientos, hasta el punto de coger la pompa de jabón y mantenerla estable durante más tiempo que cualquier otro intento anterior. La pompa tiembla, está al límite, la tensión superficial con la piel del gigante se mantiene por los pelos, pero se mantiene. 

Nosotros, el gigante, creamos las pompas, las miramos embobados y orgullosos y queremos cogerlas y preservarlas apegándonos a ellas, y cuando lo conseguimos olvidamos que la pompa es extremadamente frágil y que esa fragilidad no depende en absoluto del gigante, ni de sus manos ni de su sensibilidad. La pompa simplemente es. Y al olvidarlo sembramos el campo de la frustración para recoger los frutos cuando la pompa se rompe. 

La situación que vivimos hoy en día solo nos recuerda la fragilidad e incertidumbre de la pompa en la que habitamos. Planificamos el futuro a largo plazo sobre valores aparentemente seguros como el dinero o las casas, cuando la propiedad privada no es más que un invento escrito en un papel, al igual que esta metáfora, y que en cualquier momento puede cambiar. O nos aferramos a ideas y convicciones que consideramos imperturbables cuando no son más que normas impuestas temporalmente que en cualquier momento pueden cambiar. 

El desapegarse de la pompa, entender en todo momento su fragilidad y no dar nada por sentado, es la única forma de no traumatizarse cuando explota y es la única forma de apreciar su belleza, su transparencia, sus reflejos, cuando aún no ha explotado. 

Este es el segundo día de confinamiento (SuperLight) y ya veo gente con problemas de frustración. No quiero pensar que ocurrirá a partir del décimo. Así que cualquiera que lea esto, y le haya gustado que trate de recordarlo para qué, cuando volvamos a la normalidad y con estos dedos de gigante tan diestros que ahora tenemos sujetemos la siguiente pompa, podamos disfrutar su efímera belleza y entendamos que irremediablemente la vamos a perder para crear otra.

martes, 25 de febrero de 2020

El Cartero

Desde que comenzó a usar la cámara nunca se había considerado un gran fotógrafo. Le daba igual. Lo que más le gustaba de una foto no era el placer de sacarla. Si bien disfrutaba de ese espacio de tiempo finito, en el que se siente cierta presión por la posibilidad de perder un momento único y la recompensa tras superarla, lo que realmente le gustaba era poder apreciar los detalles de una imagen fija, sin las interferencias y distracciones de las prisas. Las gotas de sudor de un campesino, redondas y brillantes, perfectas a lo largo de toda su frente mientras prepara con ambos brazos en alto un nuevo golpe de azada o los dobleces de la gruesa falda regional de una mujer que hace punto sentada a la puerta de su casa, o el pulcro contorno de las uñas de un político mientras su mano se dirige a la multitud después de haber dicho alguna frase contundente durante un discurso. Podía perderse en los detalles de cualquier escena insignificante durante horas mientras la vida pasaba a toda velocidad produciendo más y más escenas que se le escapaban y se perdían, irremediablemente, en el vacío del tiempo. 

Quizás por eso era tan bueno distribuyendo paquetes en bandejas y poniendo pegatinas con códigos y nombres sin equivocarse ni una sola vez. Y quizás por eso Pete le permitía seguir trabajando allí. Había pasado ocho horas diarias en esa diminuta oficina de correos desde hacía cuarenta años. Hoy era su aniversario de llegada a aquel pueblo y, por supuesto, nadie lo sabía, ni siquiera Pete, cómo nadie sabía casi nada de él. Y esperaba que así siguiera siendo. 

La gente comentaba cosas. Que si era muy raro. Que si tenía algún trastorno. Incluso corrían rumores e historias más inquietantes como que había llegado al pueblo huyendo de la justicia por un atraco que había cometido en Pittsburgh y que el dinero robado superaba los dos millones de dólares y que estaba enterrado en algún lugar cerca del lago. Había distintas versiones, cada cuál más elaborada. Lo cierto era que nadie tenía ni la más remota idea de su historia y su pasado. 

En cualquier caso, la gente comentaba cosas. En general no le molestaban demasiado, pero siempre hay el que se tiene que hacer notar: Bien en forma de sarcasmo “Peter, ¿Cómo podéis trabajar aquí con Bob dale que te pego hablando sin parar?” o bien de forma más directa “Hay que ver Bob, toda la vida aquí y no te he oído decir más que monosílabos”. 

Y Bob nunca decía nada y si hacía algo era asentir y sonreír, ya que era lo que parecía que todo el mundo necesitaba recibir para dejarle en paz. 

De cualquier modo y fuera como fuera su vida era así. Dormía poco, comía menos, trabajaba, sacaba fotos y se quedaba horas mirándolas. 

Sus rutinas le protegían del resto del mundo y el resto del mundo no tenía demasiado interés en atacarle, así que se mantenía un cómodo status quo. A veces, muy pocas, sí se quedaba mirando languidecer el sol entre las nubes, sentado en su vieja mecedora, haciéndola subir y bajar levemente emitiendo un acompasado chirrido que le acompañaba en sus pensamientos. En realidad, le reconfortaba. Puesto que allí, viendo el rojizo atardecer, que prevalece perenne día tras día puntual a su ventana vespertina, viajaba a todo aquello que no había prevalecido y aquel chirrido lo ataba al presente como la cuerda de seguridad ata al montañero. Si se le ocurría navegar demasiado profundo en el océano del pasado la cuerda se tensaba y reemprendía el camino de vuelta. 

Y es que era muy fácil perderse. Revivir los momentos de juventud y vigor en los que nada puede vencerte, ni siquiera tocarte. Momentos en los que el miedo no existe y el peligro es un desconocido, en los que la locura es tu guía y la razón un lastre. Momentos de amor, acción, viveza y diversión… y al final, dolor. Ninguna de las tres estaba ya. Llevaban tiempo sin estar. Y en este pueblo no habían estado nunca. No había nada que lo atara al mundo, salvo los recuerdos. Solo recuerdos cada vez más frágiles, más volátiles. Una vez leyó que los recuerdos no son más que inventos de una realidad que creíamos que era de una manera y que según pasa el tiempo cada vez hay más de invento y menos de realidad. 

Por eso le gustaban las fotos. Porque no engañaban, o al menos no tanto, como la memoria. 

No tenía ni una foto de aquel pasado. Ni una sola de Mary Ann o las niñas, aunque fuera la de un fotógrafo de alguna feria. Ni una foto de una sonrisa o un llanto. No tenía nada más que su memoria que se disipaba como una huella en la orilla de la playa con cada arremetida de las olas. 

Sus manos acariciaron la cámara que aguardaba fiel en su regazo. El último pensamiento que le asaltaba en aquellos momentos mirando al atardecer que tan pocas veces ocurrían era siempre el mismo: Ahora que puedes retratar tu realidad no queda nada que merezca la pena. Si esta cabeza tuya no se hubiera desconectado ahora podrías retratar su belleza, su inocencia, su pureza. La de las tres. Y no tendrías que haberte venido al culo del mundo a esconderte de ti mismo. 

¡Basta! Gritaba de pronto tan fuerte que hacía salir volando a los patos del lago. Llegado a este punto, normalmente se levantaba de un respingo con un último chirrido de la mecedora y aprovechaba los últimos minutos de luz purpúrea para hacer alguna foto al trigo o al campo de camelias que le permitiera olvidar. Pero ese día se fue directamente a la cama, sin cenar. 

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¡Wendy no seas maleducada! ¡Ven aquí! ¡Rápido! 

Wendy hacía caso omiso a los gritos de su madre. No solo en ese preciso momento, en cualquiera de los momentos de la corta vida de la joven en los que se las había encontrado juntas. Daba igual el lugar, la situación o la hora del día. Su madre siempre le gritaba y Wendy nunca respondía. Ni siquiera la miraba. 

Era una de las tres niñas del pueblo. Tenía aspecto de princesa si la veías de lejos, pelo oscuro recogido en dos trenza enormes y brillantes, ojos claros, tez sonrosada y unos calcetines blancos hasta la rodilla acompañados de zapatos negros de charol que daban lucidez a su anodino vestido azul. Pero si la observabas de cerca estaba algo pasada de peso, las rodillas se le metían un poco para dentro y el bello negro incipiente en sus brazos la obligaba a llevar siempre las manos bien agarradas a la espalda. 

¡Wendy, por favor! 

Finalmente, la madre de Wendy se acercaba a ella con velocidad y la cogía violentamente del brazo para que la siguiera allá dónde aquella mujer decidiera que su hija debía seguirla. El cuerpo de Wendy se giraba debido al empellón, pero desde donde Bob estaba parecía que se girara a cámara lenta. Primero el brazo asido, luego los hombros, la cintura, los pies y por último la cabeza, para romper la penetrante línea imaginaria creada entre los ojos de la joven y los del viejo. 

La escena no era nueva desde que la familia de Wendy se había mudado a la casa del final del camino haría un año. Para llegar a su casa tenían que pasar por la cabaña de Bob, así que pasaban por allí a diario. Generalmente una vez por la mañana y otra por la tarde. Y era por la tarde cuando la pequeña se detenía en la valla de madera y miraba fijamente a Bob y el vaivén de su mecedora. Y él, los días que no se hallaba perdido en sus ensoñaciones y se percataba, la miraba fijamente a ella. 

Esos días Wendy se iba obligada por su madre, pero Bob se quedaba pensando durante horas en el parecido de aquella niña con sus hijas. Ese recuerdo le retorcía algo por dentro, como si unas manos pudieran atravesar su piel y su esternón y le apretaran pulmones, costillas, corazón y todo lo que pillaran a su paso. Y él no podía hacer nada, más que observar aquellas manos imaginaras y sentir todo con brutal lucidez. 

Después de muchos años tenía de nuevo ganas de volver a verlas. Wendy había despertado algo que Bob había conseguido dormir tiempo atrás y creía muerto dentro de él. Volvió a recordar aquel día fatídico y como tuvo que salir corriendo y dejarlas allí, en casa, solas, indefensas. Su esposa en el jardín y las niñas en la mesa de la cocina. Había huido a ese pueblo de mala muerte a olvidarse de todo aquello y esa maldita niña había tirado por tierra el trabajo de años sólo con unos pocos cruces de miradas. Lo que daría por volver a verlas. No podía. Hizo una mueca y empezó a notar que volvía el temblor del labio. Otra vez a lidiar con el dolor, a sentirse cobarde, impotente, un desagraciado. Se levantó con los puños cerrados y los ojos lloroso. Cogió la cámara y dejó que el camino del lago decidiera la hora de volver. 

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Al día siguiente Wendy había dado esquinazo a su madre y se encontraba delante de la puerta con mosquitera de Bob. Él la había visto acercarse por el camino y de rodillas en el salón, llorando y rezando, obligándose a no entablar contacto con aquella chiquilla, esperaba que se marchara antes de que fuera tarde. Era tarde. Wendy abrió la puerta muy despacio con un chirrido eterno que llenó la sala. ¿Señor está usted bien? Bobo miró al cielo entre lágrimas y encontró las borrosas humedades del techo de su casa, luego giró bruscamente la cabeza y con una sonrisa dijo: “Gracias por venir a verme pequeña, ¿puedo sacarte una foto?” 

Mientras la madre de Wendy se dirigía a la comisaría a denunciar la desaparición de su hija un informe metido en un archivador de metal en el sótano de otra comisaría a cientos de kilómetros de allí rezaba que lo más extraño del crimen no eran las enormes incisiones hechas tanto a la mujer del jardín como la niñas de la cocina, sino los dibujos minuciosos encontrados por toda la casa que reproducían con precisión, las expresiones de las víctimas, la posición de sus cuerpos y las vísceras que dejaban ver dichas incisiones.