Se despertó sobresaltado. Tras unos instantes se desperezó mínimamente ya que su débil cuerpo era perezoso de mover cada músculo. Cuando su vista se aclaró un poco miró hacia la derecha y vio el jarrón, que almacenaba las flores que le había regalado su madre, caído en la mesilla derramando el vital agua que las permitía no morir sobre la fría moqueta de aquella habitación de hospital que tanto había llegado a odiar.
Y como cada día respiraba hondo, miraba hacia arriba y fijaba su vista en aquella manchita negra que algún insecto, quizá una araña o un mosquito, había dejado allí para el resto de los días. Se centraba en ella y recordaba su vida desde pequeño hasta aquel fatídico 4 de Abril cuando perdió el conocimiento por primera vez. "Será sólo un mareo" le decían sus más allegados. Pero su familia, a pesar de las palabras de tranquilidad, no podía evitar las caras de preocupación al acordarse de su abuelo.
Esto de la genética es una jodienda. ¿Tan cruel puede llegar a ser Dios que no sólo se lo hace pasar mal una familia sino a toda su descendencia entrando en un círculo vicioso de dolor, desesperación e impotencia por los siglos de los siglos que, salvo algún plan superior que nadie entiende, es absolutamente injusto?. Daba igual, hacía tiempo que había dejado de creer en Dios para sólo creer en sí mismo.
Cada célula sana de su cuerpo había sido llamada a filas. Al principio como si de un país conformista y acomodado que había olvidado sus principios se tratase, muy pocas habían acudido a la llamada. Pero según la cosa se fue poniendo fea y el dolor se hacía más insoportable su cerebro obligó a cada una de ellas a defender lo suyo, a defender su cuerpo, a defender su vida. Como en los juegos de ordenador a los que solía jugar, su ejército debía hacerse con la bandera del otro que se escondía en el campamento enemigo. Al principio de todo le solía contar esto al médico exultante de optimismo “Y me ejercito le arrebatará la bandera a mis células malas y me pondré bueno”. El médico asentía y sonreía.
No había sido fácil. Infinidad de veces se sentía agotado con ganas de dejarlo todo. A la mierda!!! la batalla está perdida, que me traigan la morfina, que me conquisten sea cual sea el fin de todo esto. Pero tenía agallas. Siempre había sido fuerte. Aún recordaba cuando los típicos matones del colegio intentaron quitarle un día el bocadillo. Cuando empezaron a zarandearle les dijo que tenía soriasis y que era muy contagiosa pero que si querían llevase el bocata que se lo llevaran. Los matones le miraron con repulsión y le dieron un par de empojones pero su bocadillo seguía en su mochila.
En cáncer era mucho más fuerte que aquellos matones. Y no bastó con una mentirijilla para acabar con él. De hecho nada bastaría para acabar con él pero no aflojaría. Mientras hay vida...hay esperanza.
Con esa frase acababa siempre su reflexión. 6 meses de hospital le habían enseñado a calcular los horarios con precisión suiza. Dejaba de mirar la manchita justo cuando entraba su enfermera. Ese día tocaba revisión con el médico especialista. Eso significaba básicamente tres cosas:
1- Estadísticas. Numero de plaquetas, leucocitos, et...
2- Tratamiento a seguir. Más quimio.
3- Palabras de ánimo. Siempre bien recibidas pero con el paso del tiempo cada vez más difíciles de creer. Pero el se aferraba a ellas como si fueran lo único que le quedaba en el mundo. En parte así era.
La enfermera lo levantó como siempre con cuidado después de darle los bueno días con un buen humor que se agradecía. Lo subió a la silla y lo llevó por aquellos pasillos ajenos a los que era imposible acostumbrarse. Cuando las habitaciones de un pasillo de hospital están tan hechas a la muerte, la percepción de la vida es tan distinta que es imposible describirla. Hay que sentirla. Es como 200 manos intentando cerrar un grifo que gotea. Cualquier fuerza que se aplique es insuficiente y las gotas que caen a ninguna parte más que al olvido, son la vida de cada una de esas personas. Nadie se plantea nunca acostumbrarse a la desesperación que plantea el estarse muriendo y saberlo pero al final, no sólo debes, sino que puede hacerse.
El médico le recibió con una amplia sonrisa. Siempre la tenía pero ese día era distinta. Su madre estaba allí como siempre, pero no estaba sentada como acurrucada en aquel sillón verde botella tan deprimente. Estaba de pie al lado del médico enfrente mío como si necesitara verme la cara. Porqué querría verme mi madre la cara tan decrépita que me había dejado esta maldita enfermedad? querría quizá verme la cara por última vez? Me iban a dar la noticia definitiva? Iba a morir esta semana? Al menos todo acabaría. No. No y No. Que más da lo que me dijeran, mi ejército aún libraba su batalla en mi interior. Y no me rendiría.
Entonces el médico dijo pausadamente con su habitual tono de voz tranquilizador que transmitía tanta credibilidad como un presentador de telediario que te hace creer en una verdad parcial cuando sólo él conoce la verdad absoluta: "Tús guerreras células han conquistado la bandera del cáncer Fernando, ya no hay metastasis."
Los músculos de mi cara tardaron un rato en poder expresar un gesto de felicidad. Hacía tanto tiempo que lo habían olvidado. Miré a mi madre a los ojos cuyo lacrimal no puedo más ejercer de presa y fue desbordado por un Nilo de lágrimas que volvía a llenar sus mejillas de vida, regando su piel ajada por las preocupaciones.
No pudo aguantar más y salió corriendo desde detrás de la mesa del médico para abrazarme y decirme "Gracias por ser tan fuerte, ahora nos toca vivir". Y yo, que me iba haciendo a la idea, la abracé también. Pero al levantarme con tanta fuerza renovada volqué la silla de ruedas que calló estrepitosamente al suelo y entonces....
Se despertó por aquel estrépito. La sonrisa somnolienta de su cara se desvaneció parcialmente cuando se volvió a ver envuelto en esas sábanas que odiaba de perfectas que eran, tan blancas y sin arrugas. Miró su brazo. El goteo seguía ahí. La sonrisa se desvaneció entonces por completo. Otro sueño más de salvación. Pero algo había cambiado ese día.
Miró a su derecha y vio el jarrón, que almacenaba las flores que le había regalado su madre, caído goteando sobre la moqueta de aquel hospital.
Su rostro volvió a iluminarse mientras en su interior sus células guiadas por su determinación y ganas de vivir avanzaban sus filas preparándose para dar el último golpe.
Nuestra mejor arma es la determinación. Nunca hay que rendirse. La vida no es un partido que si no se hace nada se empata. En la vida empezamos perdiendo y si hacemos algo podemos ganar o perder pero quedarse indiferente es irremediablemente una derrota.
Un beso para todos.
Y como cada día respiraba hondo, miraba hacia arriba y fijaba su vista en aquella manchita negra que algún insecto, quizá una araña o un mosquito, había dejado allí para el resto de los días. Se centraba en ella y recordaba su vida desde pequeño hasta aquel fatídico 4 de Abril cuando perdió el conocimiento por primera vez. "Será sólo un mareo" le decían sus más allegados. Pero su familia, a pesar de las palabras de tranquilidad, no podía evitar las caras de preocupación al acordarse de su abuelo.
Esto de la genética es una jodienda. ¿Tan cruel puede llegar a ser Dios que no sólo se lo hace pasar mal una familia sino a toda su descendencia entrando en un círculo vicioso de dolor, desesperación e impotencia por los siglos de los siglos que, salvo algún plan superior que nadie entiende, es absolutamente injusto?. Daba igual, hacía tiempo que había dejado de creer en Dios para sólo creer en sí mismo.
Cada célula sana de su cuerpo había sido llamada a filas. Al principio como si de un país conformista y acomodado que había olvidado sus principios se tratase, muy pocas habían acudido a la llamada. Pero según la cosa se fue poniendo fea y el dolor se hacía más insoportable su cerebro obligó a cada una de ellas a defender lo suyo, a defender su cuerpo, a defender su vida. Como en los juegos de ordenador a los que solía jugar, su ejército debía hacerse con la bandera del otro que se escondía en el campamento enemigo. Al principio de todo le solía contar esto al médico exultante de optimismo “Y me ejercito le arrebatará la bandera a mis células malas y me pondré bueno”. El médico asentía y sonreía.
No había sido fácil. Infinidad de veces se sentía agotado con ganas de dejarlo todo. A la mierda!!! la batalla está perdida, que me traigan la morfina, que me conquisten sea cual sea el fin de todo esto. Pero tenía agallas. Siempre había sido fuerte. Aún recordaba cuando los típicos matones del colegio intentaron quitarle un día el bocadillo. Cuando empezaron a zarandearle les dijo que tenía soriasis y que era muy contagiosa pero que si querían llevase el bocata que se lo llevaran. Los matones le miraron con repulsión y le dieron un par de empojones pero su bocadillo seguía en su mochila.
En cáncer era mucho más fuerte que aquellos matones. Y no bastó con una mentirijilla para acabar con él. De hecho nada bastaría para acabar con él pero no aflojaría. Mientras hay vida...hay esperanza.
Con esa frase acababa siempre su reflexión. 6 meses de hospital le habían enseñado a calcular los horarios con precisión suiza. Dejaba de mirar la manchita justo cuando entraba su enfermera. Ese día tocaba revisión con el médico especialista. Eso significaba básicamente tres cosas:
1- Estadísticas. Numero de plaquetas, leucocitos, et...
2- Tratamiento a seguir. Más quimio.
3- Palabras de ánimo. Siempre bien recibidas pero con el paso del tiempo cada vez más difíciles de creer. Pero el se aferraba a ellas como si fueran lo único que le quedaba en el mundo. En parte así era.
La enfermera lo levantó como siempre con cuidado después de darle los bueno días con un buen humor que se agradecía. Lo subió a la silla y lo llevó por aquellos pasillos ajenos a los que era imposible acostumbrarse. Cuando las habitaciones de un pasillo de hospital están tan hechas a la muerte, la percepción de la vida es tan distinta que es imposible describirla. Hay que sentirla. Es como 200 manos intentando cerrar un grifo que gotea. Cualquier fuerza que se aplique es insuficiente y las gotas que caen a ninguna parte más que al olvido, son la vida de cada una de esas personas. Nadie se plantea nunca acostumbrarse a la desesperación que plantea el estarse muriendo y saberlo pero al final, no sólo debes, sino que puede hacerse.
El médico le recibió con una amplia sonrisa. Siempre la tenía pero ese día era distinta. Su madre estaba allí como siempre, pero no estaba sentada como acurrucada en aquel sillón verde botella tan deprimente. Estaba de pie al lado del médico enfrente mío como si necesitara verme la cara. Porqué querría verme mi madre la cara tan decrépita que me había dejado esta maldita enfermedad? querría quizá verme la cara por última vez? Me iban a dar la noticia definitiva? Iba a morir esta semana? Al menos todo acabaría. No. No y No. Que más da lo que me dijeran, mi ejército aún libraba su batalla en mi interior. Y no me rendiría.
Entonces el médico dijo pausadamente con su habitual tono de voz tranquilizador que transmitía tanta credibilidad como un presentador de telediario que te hace creer en una verdad parcial cuando sólo él conoce la verdad absoluta: "Tús guerreras células han conquistado la bandera del cáncer Fernando, ya no hay metastasis."
Los músculos de mi cara tardaron un rato en poder expresar un gesto de felicidad. Hacía tanto tiempo que lo habían olvidado. Miré a mi madre a los ojos cuyo lacrimal no puedo más ejercer de presa y fue desbordado por un Nilo de lágrimas que volvía a llenar sus mejillas de vida, regando su piel ajada por las preocupaciones.
No pudo aguantar más y salió corriendo desde detrás de la mesa del médico para abrazarme y decirme "Gracias por ser tan fuerte, ahora nos toca vivir". Y yo, que me iba haciendo a la idea, la abracé también. Pero al levantarme con tanta fuerza renovada volqué la silla de ruedas que calló estrepitosamente al suelo y entonces....
Se despertó por aquel estrépito. La sonrisa somnolienta de su cara se desvaneció parcialmente cuando se volvió a ver envuelto en esas sábanas que odiaba de perfectas que eran, tan blancas y sin arrugas. Miró su brazo. El goteo seguía ahí. La sonrisa se desvaneció entonces por completo. Otro sueño más de salvación. Pero algo había cambiado ese día.
Miró a su derecha y vio el jarrón, que almacenaba las flores que le había regalado su madre, caído goteando sobre la moqueta de aquel hospital.
Su rostro volvió a iluminarse mientras en su interior sus células guiadas por su determinación y ganas de vivir avanzaban sus filas preparándose para dar el último golpe.
Nuestra mejor arma es la determinación. Nunca hay que rendirse. La vida no es un partido que si no se hace nada se empata. En la vida empezamos perdiendo y si hacemos algo podemos ganar o perder pero quedarse indiferente es irremediablemente una derrota.
Un beso para todos.
Dicen que una lectura es enriquecedora cuando un escalofrío recorre tu cuerpo al leerlo. Toño de nuevo lo has logrado!
ResponderEliminarUn beso crack!
Tonetti
Difícil encajar una jugada tan dura, pero hay que intentar no rendirse, estar siempre pendiente y no bajar la guardia; al menos no hay que dar nunca nada por perdido por pequeña que sea la esperanza.
ResponderEliminarVisión triste tratada de forma muy optimista.
Como ya sabes: "Atrévete a empezar. Todo largo camino empieza con un primer paso." Bsts.
Qué duro es hacer frente a una realidad así, sabiendo el sufrimiento que ello conlleva.
ResponderEliminarQué impotencia ver que te "ha tocado la china" y no entiendes nada.
Pero qué admirable es ver la lucha que se desencadena, uniendo fuerzas de donde aparentemente no las hay, contra esa maldita lacra.
Difícil encontrar palabras de ánimo para quien le toque de cerca, pero para quien no tira la toalla, siempre las hay. Y a ellos: "Chapeau".
Triste, pero bonito tema que has escrito.
Un beso.
Me ha encantado, vamos que incluso me emocione, mucha fuerza en esa decripción y perfecta recreación del suceso.
ResponderEliminarmuchos besos, pp
Solo una palabra ¡¡BRAVO!!. No tengo palabras para expresarte el orgullo y la satisfacción que siento al leer tus escritos y ver lo bien amueblada que tienes la cabeza. Sigue escribiendo y animo que el Pulitzer está más cerca.
ResponderEliminarTe quiero, mm