Era el
cumpleaños más triste de su vida, a fin de cuentas había pasado un montón de
horas, que le parecieron infinitas, en el tanatorio, recibiendo el pésame de
todo el mundo, dando abrazos y estrechando manos una y otra vez de forma mecánica.
Lo había hecho de una manera tan ausente que ni se acordaba de cuantos habían
ido, qué le habían dicho o incluso cómo había regresado a casa. Suponía que
alguien la habría traído.
La necesidad de
estar tranquila y sola en casa por fin era la única sensación real que podía
recordar que deseaba. Cuando cerró la puerta se sintió aliviada pero duró poco.
Había un paquete en medio de la alfombra de la entrada. Era fino, cuadrado y no
muy grande. El papel que lo envolvía estaba cuidadosamente adornado y se leía
un precioso “felicidades mi amor” escrito con colores y purpurina. No le hizo
falta pensar. Ese toque de infantil romanticismo sólo podía ser de él.
Y ahí estaba,
llorando desconsolada en la mesa del comedor, sentada en la silla de él,
sujetando entre sus manos el regalo póstumo que su marido le había hecho cuando
todavía estaba vivo. Lo abrió. Era un portarretratos muy sencillo, de madera
clara y liso, con los bordes ligeramente redondeados. Él la conocía tan bien,
sabía que le gustaba que las cosas importantes resaltaran y que nada tomara
protagonismo indebido. Esa nada era el portarretratos y lo importante era la
foto. Era una imagen tomada en sus últimas vacaciones en el Caribe, estaban
radiantes, morenos, sonrientes, con un mojito en las manos y los ojos
brillantes. En una palabra, felices. Se puso a llorar. Cerró los ojos.
Recordó cuando
se conocieron. Ella iba de escapada con dos amigas a hacer senderismo. A mitad
de camino un aguacero las obligó a detenerse en un escondido motel de mala
muerte. El chico que lo regentaba sin embargo era un encanto. Hablaba poco pero
tenía una mirada que transmitía paz. Era
la típica persona que te obliga a sonreír con solo mirarle. Las acomodó en
seguida.
Eran las once
de la noche y estaban hambrientas pero el chico les indicó que en el motel no
había comida de ningún tipo y menos a esas horas. La falta de previsión les
había jugado una mala pasada. Se conjuraron para aguantar el hambre hasta la
mañana siguiente.
A la una
alguien tocó a la puerta. La animosa conversación que estaban teniendo se paró
de pronto. La voz del chico se oyó tímida al otro lado de la puerta y le
dejaron pasar. Estaba empapado de pies a cabeza. Se disculpó por las horas y
les tendió unas bolsas con algo de comida rápida. Las chicas no salían de su
asombro. El pueblo más cercano estaba a cinco kilómetros de distancia y este
motel estaba literalmente en medio de la nada. Le iban a dar las gracias cuando
sacó la otra mano de detrás de la espalda con tres flores amarillas. Eran
parecidas a las margaritas pero más grandes.
Una de ellas además tenía preciosas salpicaduras azules en los pétalos
amarillos. El chico dijo que era un detalle por las molestias de esperar la
cena y dejó bien claro que la flor más bonita era para ella. Se enamoró al
instante.
También recordó
aquel día que se tuvo que salir al jardín a gritar con fuerza para liberar la
tensión antes de estrangular a sus hijos. Había comprado un mueble de los que
se montan solos y le había sido imposible hacerlo. Ella sola, sin entender las
instrucciones y sin ser una manitas tenía que hacerse cargo además del
horroroso comportamiento de los niños ese día. Cuando llegó él la tranquilizó y
le dijo que esperara media hora para entrar en casa.
Cuando pasaron
los treinta minutos abrió la puerta y al asomarse al salón habían construido un
fuerte y unas cabañas indias con las piezas del mueble, se habían disfrazado
con cuatro trapos de indios y vaqueros y estaban contando historias alrededor
de la fogata del campamento. La invitaron a entrar. Los niños se levantaron y
le pidieron perdón por portarse mal y le dijeron que entendían todo lo que
hacía por ellos (palabras textuales de su marido pensó). Una vez que hicieron
las paces ella también les acompañó en la fogata y él contó la historia del
corazón. Les dijo a los niños que el corazón es como una bomba que no sabes
cuándo va a estallar pero que cuando lo haga saldrán disparados tantos fuegos
artificiales y colores como momentos felices se hayan vivido y hecho vivir a los
demás. Que la felicidad se acumulaba en esa bomba.
No podía parar
de llorar pero se sentía mejor. Algo en su interior transformaba
progresivamente la tristeza, en forma de nostalgia, en alegría y orgullo.
Finalmente
recordó una situación de unos pocos días atrás. Ella se levantó temprano y se
asomó a la ventana. Se sentía vieja y gorda y fea. Se visualizaba con esos
pelos de recién levantada, la bata, las ganas de hacer nada y se daba asco. Él
se acercó por detrás. Lo que menos necesitaba eran consejitos. Pero él la
conocía tan bien. La abrazo levemente para no quitarle espacio y le dijo “Sé
que ahora no me vas a hacer caso pero esto es para luego. Te sientas como te
sientas y creas lo que creas de ti misma ahora sólo quiero que sepas que yo te
sigo queriendo como el día del motel y que eres el motor de mi vida desde
entonces”. Esa misma tarde la nube había desaparecido.
Abrió los ojos
un poco, a penas una ranura. Las lágrimas sólo permitían ver la foto como un
borrón, una ilusión que se desvanece poco a poco. Los cerró de nuevo. Sintió
como todo su cuerpo se relajaba, como poco a poco perdía consciencia de cada
uno de sus músculos desde la planta del pié hasta el cuello. Pensó que no había
sido una ilusión, que su vida había sido maravillosa al lado de su marido.
Sonrió. Escuchó el último tic tac de su corazón y sintió el último estallido de
bienestar. Había sido el cumpleaños más feliz de su vida.
El forense no supo
decir a la policía lo que había encontrado en el cuerpo de aquella mujer al
realizar la autopsia. No era fácil explicar que el cuerpo estaba intacto, con
todos sus niveles bioquímicos correctos, pero que todos los órganos internos
estaban salpicados de colores vivos, todas las venas y arterias brillaban a la
luz del fluorescente y que los huesos se
habían deformado para crear figuras irreconocibles pero hermosas. Y por
supuesto lo más extraño, qué el corazón se había esfumado.