miércoles, 31 de mayo de 2017

Perder o Ganar

Era el cumpleaños más triste de su vida, a fin de cuentas había pasado un montón de horas, que le parecieron infinitas, en el tanatorio, recibiendo el pésame de todo el mundo, dando abrazos y estrechando manos una y otra vez de forma mecánica. Lo había hecho de una manera tan ausente que ni se acordaba de cuantos habían ido, qué le habían dicho o incluso cómo había regresado a casa. Suponía que alguien la habría traído.

La necesidad de estar tranquila y sola en casa por fin era la única sensación real que podía recordar que deseaba. Cuando cerró la puerta se sintió aliviada pero duró poco. Había un paquete en medio de la alfombra de la entrada. Era fino, cuadrado y no muy grande. El papel que lo envolvía estaba cuidadosamente adornado y se leía un precioso “felicidades mi amor” escrito con colores y purpurina. No le hizo falta pensar. Ese toque de infantil romanticismo sólo podía ser de él.

Y ahí estaba, llorando desconsolada en la mesa del comedor, sentada en la silla de él, sujetando entre sus manos el regalo póstumo que su marido le había hecho cuando todavía estaba vivo. Lo abrió. Era un portarretratos muy sencillo, de madera clara y liso, con los bordes ligeramente redondeados. Él la conocía tan bien, sabía que le gustaba que las cosas importantes resaltaran y que nada tomara protagonismo indebido. Esa nada era el portarretratos y lo importante era la foto. Era una imagen tomada en sus últimas vacaciones en el Caribe, estaban radiantes, morenos, sonrientes, con un mojito en las manos y los ojos brillantes. En una palabra, felices. Se puso a llorar. Cerró los ojos.

Recordó cuando se conocieron. Ella iba de escapada con dos amigas a hacer senderismo. A mitad de camino un aguacero las obligó a detenerse en un escondido motel de mala muerte. El chico que lo regentaba sin embargo era un encanto. Hablaba poco pero tenía una  mirada que transmitía paz. Era la típica persona que te obliga a sonreír con solo mirarle. Las acomodó en seguida.

Eran las once de la noche y estaban hambrientas pero el chico les indicó que en el motel no había comida de ningún tipo y menos a esas horas. La falta de previsión les había jugado una mala pasada. Se conjuraron para aguantar el hambre hasta la mañana siguiente.

A la una alguien tocó a la puerta. La animosa conversación que estaban teniendo se paró de pronto. La voz del chico se oyó tímida al otro lado de la puerta y le dejaron pasar. Estaba empapado de pies a cabeza. Se disculpó por las horas y les tendió unas bolsas con algo de comida rápida. Las chicas no salían de su asombro. El pueblo más cercano estaba a cinco kilómetros de distancia y este motel estaba literalmente en medio de la nada. Le iban a dar las gracias cuando sacó la otra mano de detrás de la espalda con tres flores amarillas. Eran parecidas a las margaritas pero más grandes.  Una de ellas además tenía preciosas salpicaduras azules en los pétalos amarillos. El chico dijo que era un detalle por las molestias de esperar la cena y dejó bien claro que la flor más bonita era para ella. Se enamoró al instante.

También recordó aquel día que se tuvo que salir al jardín a gritar con fuerza para liberar la tensión antes de estrangular a sus hijos. Había comprado un mueble de los que se montan solos y le había sido imposible hacerlo. Ella sola, sin entender las instrucciones y sin ser una manitas tenía que hacerse cargo además del horroroso comportamiento de los niños ese día. Cuando llegó él la tranquilizó y le dijo que esperara media hora para entrar en casa.

Cuando pasaron los treinta minutos abrió la puerta y al asomarse al salón habían construido un fuerte y unas cabañas indias con las piezas del mueble, se habían disfrazado con cuatro trapos de indios y vaqueros y estaban contando historias alrededor de la fogata del campamento. La invitaron a entrar. Los niños se levantaron y le pidieron perdón por portarse mal y le dijeron que entendían todo lo que hacía por ellos (palabras textuales de su marido pensó). Una vez que hicieron las paces ella también les acompañó en la fogata y él contó la historia del corazón. Les dijo a los niños que el corazón es como una bomba que no sabes cuándo va a estallar pero que cuando lo haga saldrán disparados tantos fuegos artificiales y colores como momentos felices se hayan vivido y hecho vivir a los demás. Que la felicidad se acumulaba en esa bomba.

No podía parar de llorar pero se sentía mejor. Algo en su interior transformaba progresivamente la tristeza, en forma de nostalgia, en alegría y orgullo.

Finalmente recordó una situación de unos pocos días atrás. Ella se levantó temprano y se asomó a la ventana. Se sentía vieja y gorda y fea. Se visualizaba con esos pelos de recién levantada, la bata, las ganas de hacer nada y se daba asco. Él se acercó por detrás. Lo que menos necesitaba eran consejitos. Pero él la conocía tan bien. La abrazo levemente para no quitarle espacio y le dijo “Sé que ahora no me vas a hacer caso pero esto es para luego. Te sientas como te sientas y creas lo que creas de ti misma ahora sólo quiero que sepas que yo te sigo queriendo como el día del motel y que eres el motor de mi vida desde entonces”. Esa misma tarde la nube había desaparecido.

Abrió los ojos un poco, a penas una ranura. Las lágrimas sólo permitían ver la foto como un borrón, una ilusión que se desvanece poco a poco. Los cerró de nuevo. Sintió como todo su cuerpo se relajaba, como poco a poco perdía consciencia de cada uno de sus músculos desde la planta del pié hasta el cuello. Pensó que no había sido una ilusión, que su vida había sido maravillosa al lado de su marido. Sonrió. Escuchó el último tic tac de su corazón y sintió el último estallido de bienestar. Había sido el cumpleaños más feliz de su vida.


El forense no supo decir a la policía lo que había encontrado en el cuerpo de aquella mujer al realizar la autopsia. No era fácil explicar que el cuerpo estaba intacto, con todos sus niveles bioquímicos correctos, pero que todos los órganos internos estaban salpicados de colores vivos, todas las venas y arterias brillaban a la luz del fluorescente y que los  huesos se habían deformado para crear figuras irreconocibles pero hermosas. Y por supuesto lo más extraño, qué el corazón se había esfumado.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Ajuste de cuentas

Esta entrada es un ejercicio que tenía que hacer para conseguir un registro diferente al normal. Elegí un registro bajo y al final quedó una historia chula. Ahí va.

Lo vas a flipar con la historia que tengo yo para contar. Pasó todo en el barrio, a penas en dos manzanas de nuestro enorme barrio de negratas. Tengo una vecina que se llama Lisy, es la típica tía que le gusta a todos los tíos, ya sabes a que me refiero,  es una de esas que tiene como un, como se dice, AURA alrededor. No es que tenga muchas curvas pero está buena, ya me entiendes tío, pasa y te la quedas mirando cómo bobo. Y además es jodidamente lista hasta el punto de que fue la única de todos los que vivimos en ese barrio de mierda que aprovechó las clases estatales para algo más que trapichear, hacerse notar y pelearse.

Ella pensaría que podría salir de allí. Vaya mierda. Es por culpa de los profesores y los viejos que nos meten en la cabeza eso del progreso. Estudia, avanza, haz algo con tu vida. Mierda tío, todos sabemos que eso no funciona en el barrio. Pero ella se lo creyó, o así lo veo yo.

La cuestión es que acabó siendo la novia de Lester. Otro tío listo pero sobretodo peligroso. Yo le conozco desde pequeño y al principio la verdad es que no imponía tanto pero se ha ido curtiendo el cabrón, hasta convertirse en lo que es ahora. Ya sabes lo que dicen: “Al final nunca te conviertes en algo simplemente sale lo que realmente eres”. Joder tío, si conocieras a Lester, antes era el chaval que todos queríamos tener cerca, como un líder o algo así y ahora es, bueno… No me mires así joder, me refiero que ahora es el puto amo, el rey. Todo lo controla y todo pasa por sus manos. Nadie tiene pelotas, ni siquiera la pasma, a tocarle mucho los huevos. Se ha ganado la reputación de sádico vengativo a pulso.

Bueno al grano. Que han estado toda la vida juntos. Lisy siempre estudiando y luchando contracorriente para salir algún día de aquí y Lester convirtiéndose en el puto Vito Corleone negro. Y aquí viene lo mejor. Resulta que a una manzana de la casa de Lisy vive, bueno vivía Marvin. El tío más raro que he visto en mi vida, pero raro a tope, me entiendes, un friki, que aparenta 100 años, que viste como un jodido vagabundo y que vive sólo con su madre. Casi nunca sale de casa, lo que se dice es que la madre está muy mal y él la cuida o algo así. Era el payaso del barrio, joder tío, podría escribir un puto libro sólo recordando putadas que le hacíamos. Lisy era la única que le defendía de vez en cuando.  Incluso de mayores seguía siendo la única que le hablaba. Nadie lo entendía, era un puto marginado, muy raro. Un Loser, me entiendes, no pertenecía al barrio, bueno, ni a ningún sitio.
Lester tampoco lo entendía y a menudo discutía con Lisy. Siempre discutían o por Marvin o por el tema de los niños. Lisy quería tener y Lester ni en pintura. ¿Quién quiere traer un mocoso a este mundo? Decía siempre. En fin, que se zurraban en plena calle tío. Yo los veía desde la ventana de mi cuarto. La discusión siempre acababa con Lisy mandando a la mierda a Lester y Lester marchándose con los puños cerrados y mordiéndose el labio.

Lester nunca tocó a Marvin, incluso lo protegía. Un puto pringado con seguridad máxima, ¿tú lo entiendes? Joder tío yo no pero te aseguro que no hay ni una rata en las alcantarillas de esas calles que no sepa las ganas que le tiene Lester a Marvin. Cuanto más le defendía Lisy más ganas le tenía. Es un rollo raro como la historia aquella del emperador ¿no? Buah no me acuerdo, en fin, que es como si Dios envidiara al patito feo o algo así.  Me entiendes ¿no?

Pues aquí viene lo bueno. Resulta que un día Lester abrió la puerta de la casa de Marvin de una patada. Dicen que una vez dentro, sin decir ni una palabra, cogió a Marvin por la mandíbula y se la separó hasta partírsela y darle la vuelta sobre la cabeza y después, una vez en el suelo, le pateo el cráneo hasta hacerlo puré. Y todo delante de su madre. ¿Puedes creerlo tío? Toda la ira de años explosionaba en un solo minuto. Joder macho. Como dios manda. Sí señor.

Minutos después apareció Lisy y al ver a Lester ensangrentado y oír a la madre de Marvin gritar dentro de la casa sacó un pistola y le puso a Lester una bala en el pecho y otra en la frente.
Hasta aquí no había nada demasiado anormal que no pasara en el barrio de vez en cuando. Siempre hay ajustes de cuentas. Salvo que esta vez los protagonistas tenían una reputación  y sobre todo… (Risas) perdona que me ría, lo absurdo de la situación.

Resulta que el capullo de Marvin había recibido una herencia o alguna prestación social de su madre, no sé, y le había dejado dinero a Lisy para hacerse un bombo con un tubito de estos de laboratorio. Lisy le dijo a Lester que estaba embarazada y entonces… (Más risas) Lester debió echar sus cuentas y sin mediar palabra se fue a casa de Marvin y se lo cargó (carcajadas). El gilipollas se pensó que Marvin se lo había hecho con Lisy en plan la bella y la bestia o algo así (más risas).

No hemos vuelto a ver a Lisy desde entonces. Estará con la pasma o vete tú a saber.

¿No te parece una historia buenísima, tío?


jueves, 18 de mayo de 2017

El Duelo

El carruaje volaba por el camino embarrado. Lo cascos de los caballos sonaban poderosos una y otra vez con ese ritmo que sólo la convicción de querer llegar a algún sitio puede producir. La impaciencia me obligó a asomar la cabeza por el ventanuco del coche. Las gotas de lluvia repiqueteaban en mi cara y el viento me había robado el sombrero pero daba igual. Miraba al frente con decisión convencido de que esa hilera de sauces que caían como sombras tenebrosas sobre nosotros, estrechando aún más el túnel de barro por el que no deslizábamos, se acabaría en algún momento.

Gritar ya no tenía sentido. El cochero no me oía y no quería distraerle. Estaba superando mis expectativas dada la misión imposible de conectar la estación de Yorkdale con la Mansión de Rupert Ecclestone en tan poco tiempo y bajo esa tempestad. La zanahoria en forma de bola de monedas de oro había obrado la magia.

A pesar de los esfuerzos llegaba tarde. Los caballeros nunca llegan tarde y menos a un duelo. Tampoco me preocupaba demasiado que el botarate de Ecclestone me tuviera que esperar. Incluso me agradaba imaginármelo impaciente, soltando queja tras queja a su séquito de acólitos mastodónticos que asentirían sin entender ni una sola de sus palabras.

Al fin llegábamos. El cochero tomó la última curva y salió a la imponente explanada que separaba la arboleda de la mansión. Allí estaba Ecclestone. Como era previsible se encontraba rodeado de cinco hombres grandes, todos engabardinados y con la punta de la espada asomando por el bajo de la pernera izquierda, y uno achaparrado que sujetaba un paraguas enorme en el centro que sólo cubría a su amo.

El carruaje se detuvo con una relinchar de caballos mezcla de alivio y cansancio. Abrí la puerta lentamente. Apoyé una bota en el barro y acto seguido descendí con un movimiento de capa que hiciera visible mi estoque. Le lancé al cochero la bolsa prometida acompañada de un "gracias amigo" mientras me dirigía a mi oponente.

"Que sorpresa. Pensaba que por fin tu enorme cobardía había vencido tu enclenque orgullo."

"¿De verdad que nos has encontrado ningún adjetivo mejor? ¿Enclenque? Quería comprobar hasta qué punto tenías ganas de verme. ¿Podemos empezar de una vez y acabar con esto?"

Un relámpago atravesó el cielo en el instante de acabar mi última palabra acompañado por su inseparable trueno ensordecedor que aplastó el corazón de todos los allí presentes.

Ecclestone se llevó la mano al pomo. Aún no podía ver qué espada había elegido. No me preocupaba tanto eso como las posibles armas de fuego que pudieran llevar los matones. La lluvia complicaba la visibilidad pero era una ventaja para mi dada mi inferioridad numérica. Tenía que ser rápido. Resbalar por el suelo con barrido al matón de la izquierda, cubrirme con él mientras clavo mi daga en su hígado esperando la primera ráfaga de disparos, lanzar la daga al cuello del matón más a la izquierda de Ecclestone, correr hacia él, saltar por encima, envolver la capa en la pistola del matón a la derecha de Ecclestone, arrebatársela mientras le arrastro al suelo y le rompo el cuello con la rodilla utilizando el segundo disparo para matar al de mas a mi derecha. Finalmente desarmar, por duodécima vez al inútil de Rupert con mi estoque. Y si algo falla… improvisar.

El brillo de la luna en la punta metálica del paraguas dio el pistoletazo de salida. Arranqué antes de que reaccionaran los matones. Lo veía todo a cámara lenta mientras avanzaba. Como, de un fuerte manotazo, levantaban sus gabardinas y dejaban a la vista su arsenal. No me había equivocado. ¿O quizás sí? El hombrecillo del paraguas lo estaba cerrando de un modo extraño y no iba a cámara lenta. Se movía tan rápido como yo. Caí al suelo. No vi venir la punta del paraguas que se acababa de clavar en mi muslo.

"Serán solo 40 segundos de dolor. Luego perderás el conocimiento" Pronunció un voz tan dulce que no pegaba para nada en  aquella escena.

La tormenta trajo otro fogonazo que iluminó la escena. Una figura negra con capucha había aparecido acercándose por la espalda a Ecclestone. Se movía grácilmente por el terreno embarrado. Dudo si se estaría manchando los bajos de su siniestro atuendo.

Se quitó la capucha y la belleza y la maldad inundaron el lugar y mi alma. Era ella. Otra vez.

"Me ha costado encontrarte Leslie. Quien iba a pensar que estarías en esta dimensión y picarías en enfrentarte otra vez a este botarate". El pobre Rupert no pudo ni girarse. Cuando la frase llegó a su cerebro sus desconcertados ojos ya me miraban desde un charco en el suelo.


Selena clavó sus oscuros ojos en mí y yo me dormí.

lunes, 8 de mayo de 2017

El Búnker

Día 2

He encontrado esta libreta vieja y un minúsculo lápiz casi consumido dentro de ella. Ni me acordaba que estaban aquí. No sé si servirá de algo pero escribiré para matar el tiempo.

Llevamos dos días en esta cárcel, al menos eso indica el reloj en lo alto de la puerta. ¿Quién iba a decir que me encarcelarían en mi propio búnker nuclear? Pero aquí estamos. Bluffy y yo.  Bluffy es mi perro, mi compañero inseparable. El pobre está aún más desorientado que yo pero parece que con estar conmigo le es suficiente. Apenas ladra y no se queja mucho comparado conmigo.

De momento tenemos agua y comida suficiente para aguantar unos días. Aunque debería haber más. Sí Diana, ya lo sé. Parece que soy capaz de oír tú “Te lo dije”. En fin.

Tengo esperanzas de que nos saquen de aquí. No hay que perder la fe. El ejército ha rescatado a varias personas de situaciones similares en la zona desde que empezó la guerra y los saqueadores ya se habrán ido. El botón está pulsado. Esperaremos.

Día 3

Hoy es un día feliz. Había una caja con varios juegos escondida al fondo de la estantería. Lo peor de estar bajo tierra, además de la sensación de claustrofobia, es el aburrimiento. Los minutos pasan como horas.

La mayoría de los juegos son de varios jugadores pero hay un ajedrez electrónico y tiene pilas. Con el perro puedo hablar sin sentirme un gilipollas pero jugar al parchís con él ya me parece demasiado.

No recuerdo haber puesto esa caja ahí. Lo haría Diana. Nunca he prestado atención a este refugio nuclear. Ahora me doy cuenta. Era ella la que se preocupaba más, tanto del abastecimiento, como de cosas tan simples como este detalle de los juegos. Era de cajón.

Ojalá ella estuviera aquí conmigo. Ojalá no la hubiera llevado nunca a esa absurda fiesta. No habría conocido al estúpido Darrell. Me gustaría ver a Darrell en esta situación. A ver cómo su corbatita, sus dientes blancos y su mirada prepotente le iban ayudar aquí. Hijo de puta. Me podías haber clavado un hacha en la espalda cuando recogíamos leña juntos. Hubiera sido menos doloroso.

Ni siquiera sé si siguen juntos. Tres años dan para mucho.

Al menos tengo a Bluffy. No tuvo cojones a llevárselo.  Hora tras hora noto su calor acurrucado como está entre mis piernas. Trata de devolverme las caricias con su patita y me mira sin exigirme una respuesta a las preguntas “¿Qué está pasando?" "¿Cómo vas a sacarme de aquí?” Más bien su mirada es un “Pase lo que pase aquí me tienes”.

Me reconforta a pesar de que el reloj se ha parado. No sé ni cuándo pero ya no se mueve.

Día I

Malditos saqueadores. Nunca pensé que me pasaría a mí. Que llegarían hasta mi casa. Ahora me arrepiento de ser tan confiado. Soy un desastre, Diana tenía razón. Ella era precavida incluso en la época de paz. Recuerdo nuestras discusiones, cada vez más habituales, ella me sugería que prestara más atención, que me cuidara un poco y que abasteciera el refugio. Y yo contestaba que cada uno es como es y que de momento no me había ido tan mal. Ahora parece cristalino el ver que no me había ido mal gracias a ella. Gracias a todo lo que hacía por mí y yo no valoraba.

Bluffy, tú no me juzgas. Gracias.

Día B

Hoy se ha oído un estruendo fuera. Ha temblado hasta el búnker. Las luces han parpadeado un segundo. Ha debido ser una minibomba. Todavía tengo que agradecer a los saqueadores que me metieran aquí. Tengo ganas de reír a carcajadas por ello. Creo que estoy perdiendo el juicio. Mierda de guerra, mierda de saqueadores, mierda de Darrell, mierda de Diana y mierda de comida y agua que se acaban. Voy a morir aquí. El ejército no vendrá.

Casi no me queda lápiz y no volveré a ver el sol.

Día L

El ajedrez ya no existe, lo he estrellado contra la pared. Se le acabó la batería como parece que se le está acabando a las putas luces de este sitio. He estado a oscuras unos dos minutos antes de que volvieran a encenderse. Me ha dado un ataque de ansiedad, es como morir eternamente sin la paz del último estertor. No podía respirar pero mi cuerpo aún tenía oxígeno. Necesito salir de aquí.

Hace un segundo, al volver la luz, he tirado los pocos víveres que quedan al suelo mientras gritaba desesperado. Hasta he pateado al pobre Bluffy. Al menos el ruido de las latas al caer ha sido algo distinto a la monotonía silenciosa que vivo segundo a segundo.

Quiero salir de aquí. Necesito salir de esta tumba en vida. Si es que aún estoy vivo. Tengo que estarlo.

Deja de ladrar joder.

Día P

Quiero salir. Quiero salir. Quiero Salir. Quiero Salir. Los apagones son más frecuentes y largos.
Bluffy no para de ladrar. He conseguido acurrucarlo en mi regazo para tranquilizarlo. Lo he abrazado con fuerza  y se ha callado. Sus ojos miran al infinito. Al menos ya no ladra. Este sitio ha consumido su alma como la del minúsculo lápiz que tengo en la mano derecha.

Aún me gusta acariciarlo. A él le tranquiliza. Se ha quedado quieto. Está tan tranquilo que ni jadea. Mi perrito bueno.

Puto lápiz. Putos calambres en la mano. Putas luces. Sálvame Diana.

Día C

Hoy me he comido a Bluffy. El hambre encuentra para mí los pocos momentos de lucidez que me quedan. Resulta que el animal llevaba muerto ni se sabe cuánto. No era consciente. Su pelo seguía siendo suave y, a pesar de la rigidez de su cuerpo, abrazarlo me reconfortaba.

Tenía hambre. Ya no hay latas y queda poco agua.

Lo estoy viendo ahora mismo abierto por la mitad, justo enfrente, se ven sus vísceras y sus tendones desparramados por el suelo del búnker. Yace sobre un charco sanguinolento. ¿Qué dominios me pasa? Hasta he visto a Diana riñéndome mientras mordía una de sus patas traseras. "No lo hagas, es tú perro por dios". "Cállate zorra. No me des lecciones de moral." mandándola a tomar por culo con la mano llena de sangre "¿Es peor comerse a tu mejor amigo o que se lo folle tu mujer?" Qué pensamiento más gracioso.

Voy a morir.

Día E

Oigo ruidos arriba. Están lejos pero los oigo… No! No están lejos. Están cerca. Ya vienen. Van a sacarme ¿O ya no los oigo? Sí, son ellos. ¿Tú los oyes Bluffy? Me gusta que hayas dejado de ladrar y me gusta sentirte aquí, presente, tan quieto, atento a cualquier sonido. Son Diana y Darrell. Ya vienen… aún nos quieren.

Día D


No ha venido nadie. Sólo me queda esperar mi muerte. Lo merezco en el fondo. Sólo me queda esperar a la que las luc