jueves, 18 de mayo de 2017

El Duelo

El carruaje volaba por el camino embarrado. Lo cascos de los caballos sonaban poderosos una y otra vez con ese ritmo que sólo la convicción de querer llegar a algún sitio puede producir. La impaciencia me obligó a asomar la cabeza por el ventanuco del coche. Las gotas de lluvia repiqueteaban en mi cara y el viento me había robado el sombrero pero daba igual. Miraba al frente con decisión convencido de que esa hilera de sauces que caían como sombras tenebrosas sobre nosotros, estrechando aún más el túnel de barro por el que no deslizábamos, se acabaría en algún momento.

Gritar ya no tenía sentido. El cochero no me oía y no quería distraerle. Estaba superando mis expectativas dada la misión imposible de conectar la estación de Yorkdale con la Mansión de Rupert Ecclestone en tan poco tiempo y bajo esa tempestad. La zanahoria en forma de bola de monedas de oro había obrado la magia.

A pesar de los esfuerzos llegaba tarde. Los caballeros nunca llegan tarde y menos a un duelo. Tampoco me preocupaba demasiado que el botarate de Ecclestone me tuviera que esperar. Incluso me agradaba imaginármelo impaciente, soltando queja tras queja a su séquito de acólitos mastodónticos que asentirían sin entender ni una sola de sus palabras.

Al fin llegábamos. El cochero tomó la última curva y salió a la imponente explanada que separaba la arboleda de la mansión. Allí estaba Ecclestone. Como era previsible se encontraba rodeado de cinco hombres grandes, todos engabardinados y con la punta de la espada asomando por el bajo de la pernera izquierda, y uno achaparrado que sujetaba un paraguas enorme en el centro que sólo cubría a su amo.

El carruaje se detuvo con una relinchar de caballos mezcla de alivio y cansancio. Abrí la puerta lentamente. Apoyé una bota en el barro y acto seguido descendí con un movimiento de capa que hiciera visible mi estoque. Le lancé al cochero la bolsa prometida acompañada de un "gracias amigo" mientras me dirigía a mi oponente.

"Que sorpresa. Pensaba que por fin tu enorme cobardía había vencido tu enclenque orgullo."

"¿De verdad que nos has encontrado ningún adjetivo mejor? ¿Enclenque? Quería comprobar hasta qué punto tenías ganas de verme. ¿Podemos empezar de una vez y acabar con esto?"

Un relámpago atravesó el cielo en el instante de acabar mi última palabra acompañado por su inseparable trueno ensordecedor que aplastó el corazón de todos los allí presentes.

Ecclestone se llevó la mano al pomo. Aún no podía ver qué espada había elegido. No me preocupaba tanto eso como las posibles armas de fuego que pudieran llevar los matones. La lluvia complicaba la visibilidad pero era una ventaja para mi dada mi inferioridad numérica. Tenía que ser rápido. Resbalar por el suelo con barrido al matón de la izquierda, cubrirme con él mientras clavo mi daga en su hígado esperando la primera ráfaga de disparos, lanzar la daga al cuello del matón más a la izquierda de Ecclestone, correr hacia él, saltar por encima, envolver la capa en la pistola del matón a la derecha de Ecclestone, arrebatársela mientras le arrastro al suelo y le rompo el cuello con la rodilla utilizando el segundo disparo para matar al de mas a mi derecha. Finalmente desarmar, por duodécima vez al inútil de Rupert con mi estoque. Y si algo falla… improvisar.

El brillo de la luna en la punta metálica del paraguas dio el pistoletazo de salida. Arranqué antes de que reaccionaran los matones. Lo veía todo a cámara lenta mientras avanzaba. Como, de un fuerte manotazo, levantaban sus gabardinas y dejaban a la vista su arsenal. No me había equivocado. ¿O quizás sí? El hombrecillo del paraguas lo estaba cerrando de un modo extraño y no iba a cámara lenta. Se movía tan rápido como yo. Caí al suelo. No vi venir la punta del paraguas que se acababa de clavar en mi muslo.

"Serán solo 40 segundos de dolor. Luego perderás el conocimiento" Pronunció un voz tan dulce que no pegaba para nada en  aquella escena.

La tormenta trajo otro fogonazo que iluminó la escena. Una figura negra con capucha había aparecido acercándose por la espalda a Ecclestone. Se movía grácilmente por el terreno embarrado. Dudo si se estaría manchando los bajos de su siniestro atuendo.

Se quitó la capucha y la belleza y la maldad inundaron el lugar y mi alma. Era ella. Otra vez.

"Me ha costado encontrarte Leslie. Quien iba a pensar que estarías en esta dimensión y picarías en enfrentarte otra vez a este botarate". El pobre Rupert no pudo ni girarse. Cuando la frase llegó a su cerebro sus desconcertados ojos ya me miraban desde un charco en el suelo.


Selena clavó sus oscuros ojos en mí y yo me dormí.

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