El carruaje volaba por el camino embarrado. Lo cascos de los
caballos sonaban poderosos una y otra vez con ese ritmo que sólo la convicción
de querer llegar a algún sitio puede producir. La impaciencia me obligó a
asomar la cabeza por el ventanuco del coche. Las gotas de lluvia repiqueteaban
en mi cara y el viento me había robado el sombrero pero daba igual. Miraba al
frente con decisión convencido de que esa hilera de sauces que caían como
sombras tenebrosas sobre nosotros, estrechando aún más el túnel de barro por el
que no deslizábamos, se acabaría en algún momento.
Gritar ya no tenía sentido. El cochero no me oía y no quería
distraerle. Estaba superando mis expectativas dada la misión imposible de
conectar la estación de Yorkdale con la Mansión de Rupert Ecclestone en tan
poco tiempo y bajo esa tempestad. La zanahoria en forma de bola de monedas de
oro había obrado la magia.
A pesar de los esfuerzos llegaba tarde. Los caballeros nunca
llegan tarde y menos a un duelo. Tampoco me preocupaba demasiado que el
botarate de Ecclestone me tuviera que esperar. Incluso me agradaba imaginármelo
impaciente, soltando queja tras queja a su séquito de acólitos mastodónticos
que asentirían sin entender ni una sola de sus palabras.
Al fin llegábamos. El cochero tomó la última curva y salió a
la imponente explanada que separaba la arboleda de la mansión. Allí estaba
Ecclestone. Como era previsible se encontraba rodeado de cinco hombres grandes,
todos engabardinados y con la punta de la espada asomando por el bajo de la
pernera izquierda, y uno achaparrado que sujetaba un paraguas enorme en el
centro que sólo cubría a su amo.
El carruaje se detuvo con una relinchar de caballos mezcla
de alivio y cansancio. Abrí la puerta lentamente. Apoyé una bota en el barro y
acto seguido descendí con un movimiento de capa que hiciera visible mi estoque.
Le lancé al cochero la bolsa prometida acompañada de un "gracias
amigo" mientras me dirigía a mi oponente.
"Que sorpresa. Pensaba que por fin tu enorme cobardía
había vencido tu enclenque orgullo."
"¿De verdad que nos has encontrado ningún adjetivo
mejor? ¿Enclenque? Quería comprobar hasta qué punto tenías ganas de verme.
¿Podemos empezar de una vez y acabar con esto?"
Un relámpago atravesó el cielo en el instante de acabar mi
última palabra acompañado por su inseparable trueno ensordecedor que aplastó el
corazón de todos los allí presentes.
Ecclestone se llevó la mano al pomo. Aún no podía ver qué
espada había elegido. No me preocupaba tanto eso como las posibles armas de
fuego que pudieran llevar los matones. La lluvia complicaba la visibilidad pero
era una ventaja para mi dada mi inferioridad numérica. Tenía que ser rápido.
Resbalar por el suelo con barrido al matón de la izquierda, cubrirme con él
mientras clavo mi daga en su hígado esperando la primera ráfaga de disparos,
lanzar la daga al cuello del matón más a la izquierda de Ecclestone, correr
hacia él, saltar por encima, envolver la capa en la pistola del matón a la
derecha de Ecclestone, arrebatársela mientras le arrastro al suelo y le rompo
el cuello con la rodilla utilizando el segundo disparo para matar al de mas a
mi derecha. Finalmente desarmar, por duodécima vez al inútil de Rupert con mi
estoque. Y si algo falla… improvisar.
El brillo de la luna en la punta metálica del paraguas dio
el pistoletazo de salida. Arranqué antes de que reaccionaran los matones. Lo
veía todo a cámara lenta mientras avanzaba. Como, de un fuerte manotazo,
levantaban sus gabardinas y dejaban a la vista su arsenal. No me había
equivocado. ¿O quizás sí? El hombrecillo del paraguas lo estaba cerrando de un
modo extraño y no iba a cámara lenta. Se movía tan rápido como yo. Caí al
suelo. No vi venir la punta del paraguas que se acababa de clavar en mi muslo.
"Serán solo 40 segundos de dolor. Luego perderás el
conocimiento" Pronunció un voz tan dulce que no pegaba para nada en aquella escena.
La tormenta trajo otro fogonazo que iluminó la escena. Una
figura negra con capucha había aparecido acercándose por la espalda a
Ecclestone. Se movía grácilmente por el terreno embarrado. Dudo si se estaría
manchando los bajos de su siniestro atuendo.
Se quitó la capucha y la belleza y la maldad inundaron el
lugar y mi alma. Era ella. Otra vez.
"Me ha costado encontrarte Leslie. Quien iba a pensar
que estarías en esta dimensión y picarías en enfrentarte otra vez a este
botarate". El pobre Rupert no pudo ni girarse. Cuando la frase llegó a su
cerebro sus desconcertados ojos ya me miraban desde un charco en el suelo.
Selena clavó sus oscuros ojos en mí y yo me dormí.
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