viernes, 28 de diciembre de 2018

Funambulistas

El primer paso es el más difícil. Sólo los pies, el cuerpo y el nuevo contrapeso. 

Debajo la cornisa. Al frente el cable y la niebla. Los dedos de los pies lo acarician, suave al principio, con fuerza progresiva después. Lo envuelven con contundencia, sujetan todo el peso del cuerpo por un segundo eterno. La respiración, como un metrónomo, marca el ritmo de los movimientos. Precisión, confianza y decisión. Todo el peso de un cuerpo sobre un cable, equilibrado por dos extremos de una barra, y debajo el vacío. 

Un cable como guía, como sendero recto, invariable, hacia la nada. Un paso en falso, desviado aunque sea unos milímetros, el desenlace fatal. El cable es lo correcto, la piedra Roseta, el camino de la rectitud. ¿Y la barra? Las manos la sujetan, le otorgan ínfimas y decisivas variaciones de peso a un lado o al otro. Se rigen por la concentración, la percepción y el criterio. Ciegos los tres ante los soplidos del viento. Y en algún punto, después de un largo trecho recorrido o apenas unos pasos, lo mismo da ya: la caída. 

Y al caer, el horror, la agonía, el cambio. Perdido el cable, el norte, la línea indicadora del bien y el mal, solo hay miedo. El vacío lo engulle todo sólo para volver a otra situación en otra cornisa, con otro recio cable perdiéndose en la nebulosa infinidad de la vista. Todo parece igual, pero es distinto. Ahora la barra es más gruesa o más larga, ha distribuido la carga. 

Y así como pequeños funambulistas buscando la caída final nos abrimos paso a través de la incertidumbre. Siempre con un viento descontrolado, siempre con un cable que creemos correcto, siempre con una barra que amoldar con la experiencia y un cuerpo ejecutor de cada paso. Siempre con miedo.

El primer paso es el más difícil. Sólo los pies, el cuerpo y el nuevo contrapeso.

viernes, 20 de julio de 2018

Akuna Wiguna

Listos para la acción

Todo gran momento nace con una idea. Somos lo que creamos y creamos lo que creemos. Mis padres creían en un viaje familiar, todos juntos, compartiendo, disfrutando y siendo participes de la fortaleza que un entorno familiar de los de antes atesora. Nació con aquellos dos robles, que luego fueron cinco y que ahora son once. Un lío vamos: dos adolescentes, un niño, una casi mayor de edad, cinco personas en su mediana edad, tres hermanos, y dos santos que no sabían, o sí, que estaban a punto de ganarse el cielo en las siguientes 240 horas, y dos jóvenes setenteros promotores de la aventura.

Pon de acuerdo a todos para los días de vacaciones, calcula tiempos y espacios para ir todos juntos, a ver como llegamos al inicio con esos achaques; ¿se nos olvidará algo?, ¿cada uno tiene sus pertenencias controladas?; ojo con los horarios; ¿habéis estudiado los destinos?; que cada uno haga lo que le apetezca ¿no?, sí, pero juntos; como no lleguemos al barco se van sin nosotros; ¿tenéis todos las tarjetas? ¡¡¡LAS TARJETAS!!! ¿Las tenéis todos? ¿las qué?, ¡¡LAS TARJETAS!!

Mil cosas que podían ir mal machacadas, desechadas y vapuleadas por las ganas de pasarlo bien, el amor que rezuma mi familia allá donde va y el cachondeo inmaduro propio de los 80’s que nos acompaña como un Sancho Panza tan útil como inocente.

Y así desde Torrelodones a Tarragona pasando por Venecia, Bari Katakolon, Mykonos, Saranda y Dubrovnik se gestó el mejor viaje familiar de la historia. Todo ha tenido cabida en esta peculiar aventura: un  misterioso señor de Burgos, un barquito de quince plantas y tropecientos mil metros de eslora, las noches del Zebra Bar y sus polcas, el Castañón de Katakolon y su ya mítico grito al más puro estilo Hodor: ¡¡Open the doors!!, una mujer paseando su albornoz y gafas de sol por el teatro a lo estrella de cine, la playita de Mykonos y el supercrep de nutella, las sudadas del gimnasio para compensar las pizzas, los masajitos y el SPA, el Partenón, el Estadio Olímpico y el caloret de Atenas, los gitanos del Torremolinos Albano: SARANDANGA!! nos vamo a comer…, las mañanas y tardes luchando contra los zombies en The Walking Buffet,  las vistazas de Dubrovnik, las torrijas de Mari Carmen y la “Pompería” que llevábamos encima,  el campanile la catedral y las góndolas de Venecia, el copito piscinero, La Stampida, El Baco, El shambala y el Tren de la Espina, las lágrimas y olores extraños de algunas faldas y, por supuesto, PAN ,PAN, PAN, Akuna Wiguna, Don’t worry… Wiguna o ¿has visto las mantequillas? Pero, si no queda Wiguna.

En resumen, diez días muy intensos, con mucho que ver, mucho que vivir y mucho que reír que nos han dejado momentos y experiencias inolvidables que ya están en nuestro saco vital de recuerdos.
 
Pero lo que me lleva a escribir esta entrada no son las vacaciones en sí. Lo que me lleva a escribir esta entrada es que ha sido un viaje en FAMILIA, así con mayúsculas. Esta frase parece que no tiene mucho punch, pero la aclaro. Cuando éramos cinco la unidad familiar formaba parte de nuestras vidas, no se cuestionaba, ni siquiera se pasaba por la cabeza que en algún momento pudiera ser de otra forma o transformarse en otra cosa. Era cómo si juntos escribiéramos un libro cortito y perfecto, pongamos el Hobbit, detallado y descrito con maestría, con una historia que se escribía sola, con letra firme y personajes marcados. 

Hace más de quince años mis hermanas se casaron y se fueron a vivir a Murcia, dónde han crecido mis sobrinos. El Hobbit se acababa de convertir en El Señor de los Anillos. Sólo estaban puestas las pastas. Imponentes y bellas, con ribetes dorados y columnas colosales que enmarcaban el título. Pero por dentro sólo había un montón de páginas en blanco listas para ser escritas con nuevas historias y aventuras. Pero ese libro nació con un hándicap: Desde hace más de quince años los encuentros con mis hermanas y sobrinos han sido, en el mejor de los casos, de cinco veces al año. Podían haber sido más, aunque también podían haber sido menos, esa no es la cuestión. 

La cuestión es que hemos mantenido la unidad familiar con esa limitación entre veranos y navidades y ese gran libro se ha ido rellenando con capítulos sueltos. El libro estaba, los protagonistas estaban, las historias estaban, pero al mirar en la estantería el Hobbit, cortito y completo, dejaba entrever una falta en el Señor de los Anillos. Un hilo conductor que uniera todo, que le diera un sentido épico de unidad, donde el amor, la fraternidad, la comprensión y el altruismo se enarbolaran con sus altos pendones en la cima de las picas que nos hemos traído al finalizar el viaje. Y es lo que ha sido para mí este viaje. Un proceso de conocimiento de mi propia familia, de profundización necesaria que me permite dar más valor, si cabe, a lo que tengo, y darme cuenta que siempre lo he tenido.

Como familia podemos tener nuestros defectos. La combinación de nuestras personalidades es como un complejo compuesto químico con propiedades asombrosas obtenido como resultado de la más complicada de las alquimias. Y el resultado es de un equilibrio tal, que nos permite mantener los grados de sentido del humor, bienestar y felicidad en un estándar tan alto que solo me queda decir con orgullo: Viva mi familia y cada uno de sus miembros.

Mamá y Papá si este era vuestro objetivo que sepáis que lo habéis logrado y superado con creces.

Cojo estas dos por poner alguna de las miles que tenemos :)


miércoles, 25 de abril de 2018

Mi Primer Maratón

Me he tirado al suelo para estirar mientras espero a mi familia en Banco de España. Vendrán con las pancartas en ristre. Yo sigo a lo mío. Doy buena cuenta de la exigua bolsa del Alcampo que nos han dado al llegar, un croissant industrial, una barrita de cereales con chocolate y una botellita de agua de las pequeñas. Algo pobre para un Maratón, pero bueno. Trato de estirar. Si estiro el tibial se me sube el gemelo y si estiro el gemelo se me sube el tibial. Me tiro así un rato, al estilo chiquito, hasta que los tibiales empiezan a responder y ya puedo estirar más tranquilamente todo el cuerpo. 

Hace apenas 10 minutos estaba entrando dándolo todo en meta a un ritmo de 5:00 minutos el kilómetro con las gafas llenas de lágrimas, los brazos en alto, los gemelos en la nuca y una camiseta que decía “Encar, ¿Quieres Casarte Conmigo?” 

Un minuto antes mis amigos de Chile Yordanka, Jesús y Carmen aparecían por sorpresa y gritaban mi nombre desde las vallas de llegada a meta. Esos gritos fueron el último punch de gasolina que mis piernas necesitaban para correr solas, mi cabeza para olvidarse de como voy a acabar y mi alma de llenarse por completo. No puedo ser más feliz. 

Un kilómetro antes dos amigos aparecen en escena Rosario y Moncho. No los esperaba. Me dicen que no queda nada, que me visualice entrando en meta. Se ponen a correr a mi lado, “te acompañamos hasta donde podamos” me dicen. Verlos correr me da fuerza, aunque me quedan muy pocas. Sólo pienso en llegar a mi objetivo: Encar y mi familia. Esperan trescientos metros más arriba, donde habíamos quedado, enfrente del Thyssen. Antes de girar la curva ya veo una pancarta con la bandera de España en la que se lee un enorme TOÑO. Mis ojos siguen el palo mientras mis piernas agonizan a cada paso. Es mi madre. Doblo la esquina todos gritan. Quiero ir hacia ellos, pero me ciño al plan. Me doy la vuelta. Todos se callan. Me quito la camiseta del Coaching. El público del otro lado lee el mensaje aplauden, silban y chillan. Me doy la vuelta y se la enseño. “Encar ¿Quieres casarte conmigo?” Todos gritan eufóricos. Yo avanzo hacia Encarni llorando oculto tras las gafas. Dos te quiero escapan de los sollozos y nos fundimos en un abrazo eterno de 30 segundos. Todo ha salido bien. Todos, mis padres, hermanas y sobrinos nos jalean exultantes. Flipan. No puedo ser más feliz. 

Unos kilómetros antes saliendo de la casa de campo tengo que parar por primera vez. Manu, Dani y Towi se me vienen a la mente. “Es usted una Alcaparradora”, “Ñetito, tú puedes con todo”,“Hasta la mierda baja”, frases como balón de oxígeno aunque estoy muy cansado. Los ánimos de Encar en lago han cumplido su función unos kilómetros, pero estoy vacío. Puede que fuera capaz de seguir, pero tengo que asegurarme llegar entero al museo. No será la única parada. Los calambres quieren asomarse y ya están avisando. El Reflex de la organización es como agua, los geles nunca me han ayudado, y los plátanos llegan tarde. Perdido el objetivo de tiempo sólo pienso en la sorpresa. No puedo fracasar con la sorpresa. Aprovecho una parada de autobús para coger la segunda camiseta enrollada en el portadorsales (ha aguantado) y me la ponga debajo de la del Coaching. Pierdo la braga del Trirosas en algún sitio y me acuerdo de mis compis de Máster. También están ahí conmigo. Pienso en mi meta. Pienso en Encarni. Retomo la carrera. Sufro, pero soy feliz. 

Una hora antes ya llevo la mitad del maratón. Ni me he enterado. Voy fresco y manteniendo el ritmo según la planificación. También he cumplido con el plan de hidratación. Me preparo para bajar Preciados. Que bonito. El carril estrecho y la gente muy encima animando. Me recuerda a las etapas del tour donde el público se vuelca con los ciclistas como Contador, pero esta vez somos corredores y esta vez no es Contador, soy yo. Una mujer personaliza su apoyo, “¡Vamos Antonio!” Y me mira con los puños cerrados. Le doy las gracias. Soy feliz. 

Kilómetro 17. Toca disfrutar. Ya nos hemos separado del resto de corredores de la media maratón. Se puede respirar y correr tranquilo con espacio. Voy a tope de moral después de ver a Encar en Serrano. Ha corrido conmigo unos cien metros apoyándome, con la cara llena de emoción por mí. Como la quiero. Ahora estará camino de Lago. Me centro en la pisada, la respiración y mis sensaciones. Todo en orden. Charlo con alguno de mis compañeros. Es una prueba individual, pero de alguna manera todos estamos juntos en estos. 

Antes en la salida. Esto ya se mueve. Últimos besos lanzados desde la distancia de las dos vallas de la organización que nos separan. “¡Mucha suerte!, ¡Tranquilo!, ¡Has entrenado bien!” Muchas gracias mi amor. Ojalá llegue hasta el final. La que te espera. No se ha percatado de la segunda camiseta en el portadorsales. Ocultarla primero con la sudadera y luego evitando que me mire la espalda ha surtido efecto. El plan sigue su curso. Respiro profundamente y cruzo la línea de salida pulsando el botón de inicio en mi reloj. Me encanta la sensación de soledad al empezar una carrera y se me viene a la mente la frase de mi amigo Luisen, finisher de un Ironman: “Ahora es cuando”. Allá voy Luisen. 

La noche de antes. Sólo espero que el tracking vaya bien y que estén todos juntos en el 41,5 delante del Thyssen. Espero que haya espacio suficiente para quitarme la camiseta y que la vean bien. Nada puede fallar salvo que no sea capaz de acabar. Eso no va a pasar. Repaso el recorrido una y otra vez y o veo dónde puedo desfallecer. Tan sólo el famoso muro y esos 12KM desde el 30 al 42 que serán novedad para mi cuerpo me pueden pasar factura. Me cuesta creer que podrán conmigo. Estoy muy confiado, sin embargo, no puedo dormir. Espero que el apaño de la camiseta enrollada en el portadorsales funcione y no sé de cuenta. Además, no puedo llevarla puesta por el calor así que tendrá que aguantar ahí sujeta por lo menos hasta la última vez que la vea en Lago, KM 29. Si no tendré que improvisar. Me acuerdo de Manu, de Dani y de Towi, los tres querían correr conmigo los últimos 10 kilómetros para apoyarme. Hubiera sido buena idea dejarles a ellos la camiseta, pero no. Este plan es sólo mío, nadie podía estar al tanto, y el reto de acabar también. 

Seis meses antes lo decido. Es hora de avanzar. Lo nuestro es demasiado bueno para no cuidarlo y hacer que crezca. El Maratón puede ser un buen momento. Imagino llegar a meta con los brazos en alto, con una camiseta con un mensaje tipo ¿Quieres casarte con este maratoniano? O algo así. Veo a toda mi familia y a ella en la línea de meta, como en las películas, abrazándome a mi llegada. Claro que todo esto será imposible porque en la meta no dejan entrar a nadie. Tendrá que ser antes. En algún punto del recorrido. No será tan épico, pero servirá. 

Cada día que he salido a correr desde entonces, desde las series más tranquilas, hasta las tiradas largas más duras por las cuestas de la Dehesa de la Villa, con lluvia y viento en contra, pasando por las jornadas de spinning, abdominales y cinta, no he dejado de imaginar el momento de llegar al museo. Las caras de sorpresa al principio y de alegría al final. Los gritos de júbilo y las lágrimas de entusiasmo y alivio. Revivir ese momento una y otra vez ha sido mi gasolina, mi motivación. Todos estos meses he sido feliz. 

Por nosotros Encar.






jueves, 22 de febrero de 2018

Últimos Coletazos

Miraba el amarillo del Whisky como hipnotizado. Las pequeñas ondulaciones del alcohol en contacto con el agua de los hielos siempre me han fascinado. Si quería acelerarlas movía un poco el vaso y le daba un pequeño sorbo. Era un whisky terrorífico pero no podía permitirme más y cumplía la función de nublarme el juicio lo suficiente para sobrevivir unas horas más.

Había llegado a aquel tugurio casi por casualidad. No podía decir que no me dirigiese a esa zona de la ciudad, “El Barrio”, apenas dos calles en L donde se podían encontrar bares dónde las mujeres no se atrevían a entrar y que tenía los días contados por las presiones sociales y policiales. Siempre me dirigía hacia “El Barrio” al salir del trabajo. Me pillaba cerca y no tenía que andar demasiado por la calle. Así minimizo el riesgo. Pero ese día no había sido prudente y en una esquina había chocado con una mujer. Apenas un traspié, un esquivar para seguir cada uno su camino pero nuestros hombros habían chocado levemente. Esperé a que la mujer reaccionara. Hubo un par de segundos de esperanza. Un silencio largo que acabó rompiendo. Comenzó a insultarme. Me lanzó dos: Cerdo, Acosador y un escupitajo. No era ninguna sorpresa pero siempre acechaba el riesgo a la denuncia, así que entré en el primer bar que encontré. Y ahí estaba.

No era muy distinto a los locales que visitaba con más asiduidad. Un espacio pequeño, sin lujos, muebles viejos, luz tenue, con poca clientela, ninguna conversación y un barman con cara de pocos amigos. La misión de aquellos sitios era proporcionar silencio y algo de alcohol y tabaco en un ambiente libre de riesgos. No tenías que preocuparte de si te sentabas demasiado cerca de alguna mujer o de si la rozabas ya fuera queriendo o sin querer. No tenías que preocuparte de qué decir si tenías que dirigirte a ella. Incluso permanecer callado podría suponerte problemas porque la denuncia podía llegar por ignorarla.

No siempre había sido así. Todo se precipitó poco a poco, como un gotero de antibiótico en un enfermo que se olvidan de retirar. Las primeras leyes en defensa de la mujer, aunque injustas con la constitución en la mano, habían dado sus frutos. Apoyadas por los medios de comunicación, la opinión pública y los políticos que veían un fuente de votos creciente, se acabó con la lacra de la violencia machista. Lo malo es que se sentó el precedente para todo tipo de leyes de dudosa ligitimidad que con el paso de los años favorecían a unos ciudadanos sobre otros. Se pasaron con el antibiótico y ahora el virus del despotismo estaba fuera de control.

-         – Perdona ¿Es eso Whisky? Wow.

Un pequeño hombre con la cara sucia me tocaba el codo con dos dedos que sobresalían de unos guantes viejos de lana cortados a la altura de las falanges.

– Déjame en paz.

– Si bebes Whisky tienes que tener al menos dos cosas. Un empleo y unos huevos muy gordos.  – Un ruido de gorrino que quería ser una risa salió de su nariz.

Aunque las  bebidas alcohólicas estaban prohibidas para los hombres ya no se perseguía ese delito de una forma tan exhaustiva. Era uno de los espacios donde ahora daba igual dar un poco de manga ancha.

– Déjame en paz. Por favor.
– No me mires así joder.  ¿Ya  no podemos hablar ni entre nosotros? – Esperó un momento a mi reacción que no llegó. – Menos mal que eso va a cambiar.

No imaginaba como podía cambiar. La diferencia fundamental entre el movimiento feminista y el masculinista es que ellas tenían un propósito. Nosotros nos dirigimos irremediablemente hacia la extinción. El hombrecillo debió de notar mi gesto de desdén.

– ¿No me crees? Ahora tenemos más fuerza. No será como el primer movimiento donde se cometió el error de no medir la respuesta. Ahora tenemos los números. Somos muchos. Qué demonios, ¡somos todos!

– Exacto. Somos todos. Y todos sobramos. Aunque es cierto que tu ejercito de divorciados trasnochados que aún no estén en prisión tendrá una muerte más “honorable” – Agité los dedos en el aire. - Aunque yo prefiero dejar pasar el tiempo sin más.

– ¿Divorciados? Eso era hace años, ahora estamos todos en peligro. Todos. – hizo una pausa. – Vamos. Puedo oler tu espíritu revolucionario a una legua. Necesitamos gente como tú en la lucha.

Por fin me giré para mirar a los ojos del hombrecillo. Le puse la mano en el hombro y apreté ligeramente.

– Es demasiado tarde amigo. Tienen los medios de comunicación, tienen los organismos oficiales, tienen los tribunales y lo más importante no nos necesitan para nada.

– Eso es mentira y lo sabes. No seas derrotista.  Qué hay del trabajo, somos casi el 50% de la población. Qué hay del sexo, hasta donde yo sé eso no ha cambiado. Por no hablar del… amor.

Quería carcajear ante aquel pobre infeliz pero sólo me salió una pequeña bocanada de aire donde navegaba una risa suave que se alejó lentamente de mi boca y se perdió en el humo del bar.

 ¿Amor amigo? No se puede amar lo que desprecias y no te sirve para nada. En cuanto al sexo y los trabajos de bajo nivel ya tienen a los sumisos. Además muy pronto seremos sustituidos todos por los bots. – Me arrepentí de decir esa última frase según salió de mi boca. – Ahora déjame en paz.

Volví a girarme, apuré mi copa y levanté la mano para pedir otra ronda.

– ¿Cómo?  ¿Bots? Es sólo una leyenda.

Me miró de arriba abajo y debió de ver mi uniforme entre mi abrigo y mis botas porque percibí su excitación.

– ¡Trabajas en…! Ya decía yo que no tenías pinta de puto. Vaya, debes ser de los últimos funcionarios que…

De un rápido movimiento cogí al hombrecillo de la pechera, lo levanté unos centímetros del suelo y lo empujé hacia la pared.

– Si no me dejas en paz vas a tener problemas más graves que arriesgarte a salir a la calle principal a esperar una denuncia. Tú decides. O te vas a aquel rincón del que has salido o te vas a la puta calle.

– EH! No me jodáis. Que ya me cuesta bastante tener alejadas a las maderas como para que les deis una excusa.

Los dos miramos al barman, yo con ojos de agotamiento, el hombrecillo con mirada de pánico. Le solté y volví a mi sitio en la barra. Me bebí de un trago el vaso que ya había sido rellenado lancé un billete de 50 euros y sin esperar a ver la cara de asombro de los cuatro perdedores presentes salí a la calle.

Somos todos. Ser todos no significa ser muchos. El dato del casi 50% estaba más que desfasado. Quedarían el 10%, quizás el 15% contando los escondidos y huidos. El resto en las CA’s, cárceles especiales para agresores que se construyeron durante el boom de detenciones. Misteriosamente no se podían visitar desde hacía un año. Además el plan, como lo llamaba el gobierno, de Reforestación de la Natalidad, llevaba años en ejecución y era vox populi que sólo elegían “reforestar” pares de cromosomas XY. Los partos naturales llevaban siendo carne de documental desde hacía al menos dos décadas.

El aire en las calles de “El Barrio” estaba cargado y sucio. Las alcantarillas humeaban y la porquería se esparcía por todos lados. Levanté la cabeza tras encenderme el último pitillo. Desde ese punto se veía parte de los carteles publicitarios de los edificios más altos del centro. Allí estaban esos cuerpos esculturales de chicos jóvenes con poca ropa entre los anuncios de reclutamiento de la policía y la comida rápida.

Esclavos sexuales de la segunda mitad de siglo. Probablemente la última profesión para hombres antes de la aniquilación total. Los prototipos de sexbots estaban a punto de entrar en producción. Saqué la petaca del abrigo y apuré la ginebra que quedaba. Un buen lingotazo. Bien. La vista ya se me está nublando. Estoy muy cerca de poder recordar fragmentos de mi vida anterior. Hoy toca cómo conocí a Alicia. Comencé a caminar despacio, la barbilla metida en el cuello del abrigo, los hombros bien arriba, las manos en los bolsillos y paso muy lento y dubitativo tratando de mantener el equilibrio.

La conocí en un bar parecido a este antro del que acabo de salir pero cuando hombres y mujeres podían estar juntos sin temor, antes de la crispación. La vi en la barra cogiendo el abrigo para irse. Estaba con unas amigas. Fue un flechazo, si es que eso existe, aunque ella aún no me había visto. Yo entraba. Ella salía. La escena se reproducía a cámara lenta mientras mi cabeza bullía con opciones para decirle algo. Estaba muy cerca, se iba a ir y yo seguiría sólo. Entonces el valor tomó el control. La cogí suavemente del brazo y al girarse con un grácil movimiento de melena me miró con sus enormes ojos, me escrutó un segundo y sonrió. Le dije algo como “Perdona pero tus ojos me indicaban donde estaba la barra y ahora que te vas me he perdido.” Supongo que también sonreí. Le debió hacer gracia y se tomo una copa conmigo. Coger una mujer del brazo hoy en día supone ir directo a la CA.

Había llegado al cruce a duras penas. Normalmente el siguiente recuerdo era de los niños pero hoy la inconsciencia parece que llegará antes. Unas risas y gritos agudos me sacan de la ensoñación. Son sólo un par de gays al otro lado de la calle. De pronto les cambia la tez y salen corriendo. Otro colectivo perseguido, no verás lesbianas en “El Barrio”.

– Quietó ahí. No muevas ni un músculo pedazo de mierda machista.

El motivo de la huida de los gays gira la esquina. Me apoyo en los ladrillos del edificio que me sujeta. Siento lo rugosos que son a través del abrigo mientras levanto la mirada. Una pareja de maderas, un hombre y una mujer, me apuntan con sus táser.
-          Levantaría las manos si no estuviera tan borracho. – Un inicio de carcajada ahogada por una desagradable tos surge de mí.

Noto un láser que me escanea la cara.

– Es él.

– Sr… Low queda usted detenido por agredir a una mujer esta misma tarde en la avenida de la igualdad.

– ¿La del empujón? Si solo nos hemos chocado – Sabía que no serviría de nada. Será el alcohol. – ¿Cuánto tiempo lleváis buscándome? – Y sin poder ahogar las risas – Si eso ha sido como hace una hora y media. No sé cual de los dos cerebros no suma lo suficiente para que lleguéis a uno.

Ella miró con desprecio a su compañero mientra él sólo dirige la mirada al.

– Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra. No nos obligue a utilizar la fuerza.

La mujer mira al hombre. El hombre niega con la cabeza. Ella me mira. Piensa un segundo. Leo su mente.

– Trabajo en el lab…

El cable del Táser recorre la distancia que nos separa mientras escucho “Qué más da. Hay que acabar con esta escoria de una vez”.

Noto la electricidad de las tres agujas en el muslo y un fogonazo en los ojos. Ni siquiera me da tiempo a sentir la nieve bajo mi cuerpo. Caigo pero no al suelo sino a la inconsciencia.

viernes, 26 de enero de 2018

Caramelo


Le miraba con los ojos muy abiertos. Su sonrisa, entre de reproche y pícara, no podía esconderse en su cara. El cuello del pijama estaba sensualmente dado de sí. Era uno de esos pijamas muy propios, suaves al tacto, que indican que son más cómodos ahora que el día de su estreno hace ya un tiempo. A ella le encantaba llevarlo y a él abrazarla mientras lo llevaba puesto. Esgrimía el cojín blanco como único arma con las dos manos mientras apoyaba ambas rodillas al borde de la cama para tener más capacidad de reacción en caso de algún movimiento sorpresivo. Ni se te ocurra, decía en tono divertido.

Y justo al terminar la frase él saltaba desde el otro lado de la cama, con un cojín en cada mano, y en un uno-dos fugaz, desarmaba su tímida defensa que no era más que soltar un gritito y agachar la cabeza mientras se tapaba la tripa con su cojín que hacía ahora de escudo. Las manos de él navegaban raudas por todo el cuerpo de ella, apretando ahora aquí ahora allá. Los pequeños grititos se sucedían con respiraciones cortas y ahogadas. Y entre respiro y respiro un breve. Para. Para por favor. Que me meo.

Podían estar jugando a ese juego de las cosquillas hasta media hora. Había contraataques, treguas de un minuto o dos, traiciones en forma de dedos que tenían como objetivo las costillas, las rodillas o el cuello. Siempre acababan exhaustos, riendo y muy excitados.

Aquel día la excitación había existido pero no acabaron teniendo sexo. Al día siguiente tenían que madrugar y decidieron mutuamente acostarse. Al tratar de levantarse de la cama él le lanzó un último ataque que no llegó a concretar pero que fue suficiente para que ella se levantara con un ataque de tos. Para ya, ¿vale?, que me da la tos. Mientras decía esto se levantaba la camiseta del pijama y se señalaba unas pequeñas marcas moradas en los costados, los hombros y los brazos por debajo de las axilas. Lo acompañaba siempre de una mirada de “luego dices”. Entre los gritos y esto cualquiera diría que me maltratas. Ambos sonreían, y ella se iba al servicio.

Mientras él se tiraba en la cama, estiraba los brazos y las piernas todo lo que podía, daba una profunda bocanada de aire, exhalaba como si no existiera ningún problema en este mundo o algo que pudiera ir mal y se abrazaba a la almohada de ella hasta que regresaba del baño. Entonces cambiaba la almohada por su cuerpo, menudo, caliente y reconfortante.

Entonces se acariciaban, se miraban, se reían, se hablaban y se dormían. Pero ese día estaba aquella tos y con esa tos aquel caramelo de menta. A pesar de los barrotes, del policía que custodiaba la celda y el enorme hombre peludo que olía a cloaca y que se había sentado a su lado de forma intimidatoria, podía ver las manos de ella desenvolviendo lentamente el papelito blanco de bordes verdes, con algún dibujo de una hoja de menta o similar, con ese ruido tan característico, y como en un rápido movimiento de dedos lo sacaba del envoltorio y se lo metía en la boca.

¿Te vas a acostar con eso en la boca? Sí. Como vamos a leer un rato tú me avisas si me duermo. Vale, vale. Leyeron. Se durmió. La avisó. Sonrieron. Acordaron que no pasaba nada. Se durmieron y a la mañana siguiente la glaciación.

Se despertó. Hacía más frío de lo habitual. Lanzó su mano, como siempre, en busca del vientre de ella. Gélido. ¿Cariño? Destapó el edredón y las sábanas con avidez. Azul. Estaba azul. Le tocó un brazo. Congelado. La habitación congelada. Su cuerpo congelado. Su corazón congelado. Se armó de valor y le cogió la cabeza congelada para verle la cara. Toda su belleza estaba allí pero en azul. Las mejillas azules, los labios, azules oscuros, los ojos de hielo, la lengua azul marino. Se quedó quieto un instante que para él parecieron horas. Saltó de la cama. Todas las emociones posibles le invadieron al mismo tiempo pero el instinto de supervivencia tomó el control. Le tomó el pulso o lo que suponía que era tomar el pulso. Silencio. Buscó torpemente el móvil por toda la habitación, tirando todo tipo de cosas a su paso. Lo encontró en la mesilla. Llamó al 112 y dijo: Me acabo de levantar. Mi novia se ha atragantado con un caramelo de menta mientras dormía. Está muerta. Creo.

¿Cómo podía haber dicho esas palabras así, sin tartamudear, sin llorar, en ese tono tan… profesional? Estaba nerviosísimo, a punto de estallar de la impotencia, la pena y el dolor y sin embargo mantuvo la calma, quizás por el deber de salvarla. Se hacía estas preguntas ahora. Casi seis horas después. De las cuales no se acordaba de nada salvo fogonazos después de aquella llamada.

Sabía que se había derrumbado en la puerta de la entrada. Que había llorado. Recordaba vagamente a los del 112 entrando en casa a toda prisa, atendiendo a su novia, mientras le interrogaban sin éxito. Luego la policía llegando y volviendo al interrogatorio. También sin éxito. No era capaz de pronunciar palabra. Solo podía ver la cara de su novia sonriendo con picardía y cómo se iba superponiendo la cara azul y la lengua azul marino que se comía su sonrisa. Una y otra vez la misma imagen. El último fogonazo era el de una de las asistentes del 112 saliendo del piso y mirándole con cara de asco y desprecio.

No sabía cuando salió del shock. Si al leerle sus derechos, ¿se los habían leído?, al meterlo en el coche de policía esposado, al introducirlo en la celda o cuando el gordo se le había sentado al lado, le había acercado su enorme papada sudorosa a la cara y le había susurrando: “La escoria como tú aquí dura poco. Estás muerto. Lo sabes ¿no?”.

Le entró la risa. Al principio tímida, luego fue in crescendo hasta convertirse en carcajada. Se levantó y miró al hombre gordo. Su cara, acostumbrada a las situaciones amenazantes, era de sorpresa. Nada descoloca más que un tío que no tiene ni media ostia, al que acabas de amenazar y se está partiendo de risa. En resumen, nada descoloca más que un demente.

Le iba a decir al gordo que no tenía ni puta idea de lo que hablaba pero no le dio tiempo. Sólo escuchó el Cállate más duro que había oído nunca, vio por el rabillo del ojo al policía fuera de la celda llevarse la mano a la porra y un puño del tamaño de una maceta volar hacia su mandíbula.

Ya está despierto escuchó a través de la puerta. Ya puede entrar. Un hombre aparente, bien trajeado, abrió la puerta con rapidez y la cerró igual de rápido. Le miró. Desde la silla a la que estaba esposado no le salió otra cosa que un gesto con la cabeza. Dolor. Tenía la sensación de estar metido en un microondas a máxima potencia. Le dolía la cara en general y la boca en particular. Palpó con la lengua con suma delicadeza cada centímetro de cavidad bucal a la que llegaba. Allí no estaba todo lo que tenía que estar. Empezó a contar los dientes que echaba en falta pero el hombre trajeado le interrumpió.

Tus padres me han contratado. Soy tu abogado. No hables con nadie nada más que conmigo de aquí en adelante. ¿Entendido?

Le miró sin comprender del todo.

Siento decirte esto así pero no tenemos mucho tiempo. Tú novia ha muerto y eres el principal y único sospechoso.

¿Sospechoso?

La han encontrado llena de marcas por todo el cuerpo, en especial en los brazos y cuello. Asesinato. Tenemos que preparar tu defensa.

¿Asesinato? ¿Mi defensa? No hay nada que defender. Se ha ahogado con un puto caramelo. Eso es todo.

¿Un caramelo? Por dios. Reitero que no le digas nada a nadie. No había ningún caramelo en la escena.

¿Cómo? Seguía sin pensar con claridad pero al menos el shock estaba dando paso a la ansiedad. Tengo que salir de aquí.

Mira chico. Voy a serte muy sincero. A mí no me importa lo que hayas hecho. Para mí eres inocente y voy a tratar de demostrarlo pero no va a ser fácil. Fuera de esta comisaría hay cinco medios de comunicación poniendo una diana en tu espalda y medio centenar de mujeres que quieren lincharte. Dicen algo de un Tweet que pusiste sobre la carrera de la mujer y la prohibición de la participación masculina.  Así que no. No vas a salir de aquí. Y cuando consiga sacarte más vale que te vayas lejos y en silencio.

¿Qué me vaya lejos?¿A donde? Yo no he hecho nada. La ansiedad daba paso a la ira. Y mi novia… está muerta. La ira a la tristeza ¿Creen que lo hice? ¿Está todo el mundo loco? La tristeza a la negación.  Nos queríamos joder. Nosotros…nos…queríamos. Y la negación a la depresión.

No digas nada de eso a nadie. Déjamelo a mí. Ni el amor ni las personas significan nada cuando se trata de un buen titular al que sacar rentabilidad. Y ahora eres EL TITULAR chaval. Mucha gente vive de ti en estos momentos. Reza porque la opinión pública no desestabilice el trabajo de la justicia. Volveré en unas horas a verte.

Se levantó y cuando abría la puerta le dijo entre lágrimas. Quiero ver a mis padres.

Son cargos de asesinato y malos tratos. Violencia de género. Tendrás que esperar la orden del juez para que establezca el régimen de visitas y ya te adelanto que tal y como está la cosa ahí fuera no vamos a conseguir muchas facilidades. Y se fue cerrando la puerta.

Allí se quedó. Esposado a esa silla oxidada. Con al menos tres dientes menos. La cabeza y la mejilla a punto de explotarle. Acusado de asesinar a la persona que más quería en el mundo. Sin poder hablar con nadie de confianza. Y todo en menos de un día. No puede recordar cuanto tiempo estuvo llorando hasta tranquilizarse. Pero cuando lo hizo, cerró los ojos. Y vio su sonrisa, pícara, su sugerente escote, su cojín blanco esgrimido como arma o escudo, y sus ojos enormes mirándole. Todo a cámara lenta. Esfumándose.

jueves, 18 de enero de 2018

Relatos de 100 palabras (Cadenas SER)

Vuelvo de navidades con ganas de publicar más historias. Voy a empezar con estos relatos de 100 palabras que a mí me parecen la leche y que la Cadena SER y su programa Relatos en Cadena pasó de ellos :) Al menos así los pongo en algún sitio. La primera frase viene impuesta por el programa.


Título: Actitud
La ciudad del amor se alzaba ante nosotros al fin. La leyenda de una ciudad erigida por los justos después de la gran depresión era cierta. David tenía razón. Prácticamente me había arrastrado hasta allí, siempre optimista, soportando mis quejas escépticas. Y allí estábamos mirando embobados la gruesa puerta de madera y a sus dos enormes guardias de mirada hosca. Su voz paralizó cada uno de mis músculos "No puedes pasar". La cara de los guardias era la mía propia. "David, soy yo, los guardias de la puerta son yo". "¿Qué guardias? ¿Qué puerta?" David, sonriendo, dio un paso adelante, luego otro y desapareció.

Título: Sin Querer
Desde el día que murió las calles no son transitables, el aire huele a crispación férrea y el fuego vuelve a ser lo más importante, como en los albores. Desde aquel día mirar al vecino, antes amigo, es una actividad sólo pretendida para proferir una amenaza. Tensamos la goma hasta que el odio infectó la civilización del virus de la desconfianza. Cronos pestañea y da la vuelta al reloj de arena mientras nosotros, embobados por la falacia de la seguridad eterna, aún no sabemos que ha muerto. Seguimos creyendo que el nuestro vive y además es el que vale.

Título: Impotente
La casa ha empezado a llenarse de hormigas. La basura que me rodea es el menor de mis problemas. Son 14 horas y 22 minutos sentado en este sofá con el único movimiento nervioso de mi pie derecho y mis manos subiendo y bajando de mi cabeza a mi cara. Delante un lápiz y un folio en blanco. Dos hormigas lo cruzan. Soy consciente del bucle en el que se encuentra mi cerebro. Nadie vendrá en mi ayuda. Me encargué de ello al inicio, al notar su ausencia. Tampoco podrían. Una de las hormigas se aleja de la otra y desaparece. Miro al techo. Quiero que vuelva.

Título: Traición
Otra vez. El agudo chirriar del cierre a lo lejos me saca del letargo. Hace poco me despertaba pero ya no duermo. Ya vienen. Acurruco mi diminuto cuerpo en el rincón más oscuro de la celda. Ella se acerca y me roe las uñas de los pies como siempre. La testigo que me ha oído hacer añicos mis ideales para salvar este despojo de huesos y piel que soy ahora. No funcionó. Siguen viniendo sin explicación. La puerta se abre y, al desvanecerse el fogonazo de luz, veo una enorme silueta porra en mano. Me dejo llevar. Soy culpable.

Título: Confort incómodo
Vuelve a pedirme que le empuje. Esta mañana, en el parque, no quería ni acercarse al columpio y ahora, doce horas después, vuelve a pedirme que le empuje. Esa rueda enorme colgando encadenada a un tubo oxidado de metal, ojos abiertos, pánico, la expresividad brutal de la inocencia infantil. Y sin más, vence su miedo, algo hace clic en su cabeza y doce horas después, doce horas sin parar de columpiarse, vuelve a decirme que le empuje. Y yo le empujo, con la vista en la montaña, perdida, veo la oficina, veo el atasco, veo el sofá. Mi rueda, mi cadena y mi tubo. Quietos.

Título: Ex
No pudo seguir adelante sin ella. Él la había matado sí, pero también la había querido y necesitado. Le había ayudado a salir de aquel agujero en el que se crió donde el amor se confundía con la sumisión. Ella como una guerrera se enfrentó a todo y a todos y se lo llevó consigo a una nueva vida. A empezar de cero. Y también fue ella la que le permitió conservar lo que era suyo, ganado con su esfuerzo. Y ahora la había matado. Las pastillas y los psicólogos la habían borrado. Ya no quedaba ni un ápice de violencia en él.

Espero que alguno os haya gustado.

Un beso para todos.