jueves, 30 de diciembre de 2021

El Veneno de las Equivalencias Complejas

Permitidme empezar este escrito con un mínimo de teoría. Va a ser muy poco, lo prometo.

“Una equivalencia compleja se produce cuando dos experiencias diferentes y sin conexión ninguna se unen para establecerla, de manera que creemos que esa relación es verdad, aunque no podamos estar seguros.”

Un ejemplo para esclarecer esta definición: “Si no me llama, no me quiere”. Establecer un circuito neuronal con ese pensamiento, del cual no se puede estar seguro, provoca una distorsión de la realidad que puede producir distintas respuestas. En este caso, enfado, represalias, ira, celos y cualquier cosa que se os ocurra porque esa persona no me ha llamado y por tanto no me quiere.

Cuando aprendí lo que era una equivalencia compleja mi mundo cambió radicalmente porque comencé a darme cuenta (hice muchas listas) de la cantidad de veces que las utilizaba inconscientemente. Cuando eres capaz de quitar el filtro que le pones a tu realidad y te dedicas a tratar de entenderla de verdad (dejando de suponer de lo que no se estás seguro), muchas de nuestras enajenaciones no vuelven a producirse.

Y podrás decir en este punto “Qué exageración, al final no se presupone tanto.” Te lanzo algunos ejemplos cotidianos así a bote pronto: “Pone en duda lo que ha dicho el partido A, entonces es del partido B”, “Habla muy bien de su relación, seguro que tiene problemas que no quiere contar”, “Yo he hecho esto por él, me lo debería devolver”, “No se ha acordado de mi cumpleaños, no le importo nada”, “No han dicho nada de la comida, no les ha gustado”, “Dice que la monarquía es útil, es monárquico”, Y así podría seguir hasta el infinito, bueno una más que me resulta curiosa por haberme pasado hace poco: “Dice que la libertad debe contrapesarse con la igualdad, es comunista”, “Dice que la igualdad debe contrapesarse con la libertad, es facha”. Sí, ante el mismo estímulo la realidad es diferente según quien lo perciba, lo que demuestra que LO REAL no existe. La realidad es la bola del trilero y el propio trilero eres tú (bueno, tu cerebro).

Las suposiciones nos envenenan cada día. Y entiendo que es difícil reconocer que te tomas ese veneno todos los días, muchas veces, la cultura popular así lo proclama. Con su blanco y en botella leche todas las suposiciones quedan legitimadas, pero por muy certera que pueda parecer una suposición, si no puedes estar 100% seguro, deséchala o al menos ponla en cuarentena, por una sencilla razón: Ser capaces de mantener el espíritu crítico.

El espíritu crítico mantiene tus oídos y mente abierta, receptiva, en estado de aprender algo que no sabes, reduce tu nivel de estrés porque ya no hace falta tener razón puesto que no te interesa tener razón sino descubrir todos los prismas de la realidad, permite negociar, permite trabajar en equipo, en definitiva, es la clave de la convivencia. Es lo opuesto a la crispación y los extremismos. Es el antídoto al veneno. Cuando utilizas una equivalencia compleja estás cortando de raíz toda posibilidad de entendimiento en el ámbito que sea, incluso contigo mismo.

Lo complicado del espíritu crítico es que es un poco engañoso, porque actúa como una pescadilla que se muerde la cola. Para ser consciente de la falta de espíritu crítico se debe utilizar el espíritu crítico. Pasa un poco como con el sistema político, que, para hacer limpieza, son ellos los que tienen que dar el primer paso. Y para dar ese primer paso hay que ser muy valiente puesto que debes enfrentarte a quién has sido hasta ahora, a todo lo que has creído hasta ahora a pies juntillas (TODO), y ponerlo en duda, mirarlo desde la perspectiva contraria a la que lo has hecho siempre, pero no vale con un “Sí sí, si yo lo entiendo” de 5 segundos, vale contarse verdad y reconocer que no existen certezas sobre casi nada y que todos los caminos conducen a la hipocresía de una forma u otra.

¿Esto significa que todo nuestro sistema de creencias hay que tirarlo a la basura?, por supuesto que no, necesitamos constantes para poder vivir la vida, es imposible estar en paz en una incertidumbre infinita (aunque así sea en realidad). Ese autoengaño es bueno para nosotros. Lo único que yo propongo aquí es el ser conscientes (pero de verdad) de ese autoengaño para poder afrontar conversaciones (importantes y menos importantes) desde la concordia y no desde el y tú más, y yo la tengo más larga, y yo tenía razón y tú no, y yo gano y tú pierdes.

Espero que el Valor que se necesita para ello siga existiendo y no sea solo una palabra romántica más del siglo pasado como Honor, Respeto o Fidelidad que se están diluyendo en la condición humana como un lingote de oro en la forja de la crispación.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Cuestión de Confianza

 

Cuando se enumeran las múltiples cosas que mueven el mundo se suelen poner en primer lugar estas dos: El Dinero y El Amor. Si lo representamos cómo un árbol genealógico es indudable que El Dinero y El Amor estarían en un nivel muy alto de las ramas de ese árbol, pero no en el nodo raíz. Si tuviéramos que elegir un padre único de todo ese árbol, algo necesario para que todo fluya en cualquier ámbito vital, y entendiendo El Tiempo como el contexto que envuelve ese árbol, esa raíz sería La Confianza.

Todas, y digo todas, las acciones que llevamos a cabo en nuestro día a día, tanto las conscientes (pocas), como las inconscientes (muchísimas), las podemos realizar porque estamos confiados en el resultado. Hablo desde la más atómica de las acciones, por ejemplo, al comer no dudamos de que nuestro aparato digestivo vaya a hacer su magia y nos nutra de forma natural como solo él sabe hacer, o al dar un paso confiamos en que el suelo no sea blando o líquido, a acciones más complejas, como poner el dinero en el banco y confiamos en que esté ahí cuando preguntemos por él.

Confiamos en nuestros familiares cuando pedimos ayuda, en nuestros vecinos cuando son cívicos, en nuestros amigos cuando quedamos con ellos y vienen, pero también confiamos en el repartidor de Uber que nos trae la comida, incluso en el cocinero que la cocina y la procedencia de los productos que la componen, es más, confiamos que haya una comisión de sanidad detrás que nos protege, o sellos de garantía de calidad. Confiamos en que va a salir agua caliente cuando abrimos el grifo, que el horno va a funcionar siempre, que la lavadora va a dejar la ropa limpia, que el teléfono va a conectar con el otro cuando le llamemos, que el coche va a arrancar… Absolutamente todo es un acto de fe, al que nos hemos acostumbrado tanto que ya damos por hecho, transformándose en confianza inconsciente.

Pero es bueno darse cuenta de lo frágil que es esa confianza. Un sello de calidad puede ser simplemente cuatro amigos que se juntan y empiezan a decir que los productos con su sello son mejores, el resto es marketing y contactos. Estamos cansados de verlo en certificaciones privadas de todo tipo, másteres que regalan, certificaciones alimentarias que luego venden caballo, etc. ¿Quién certifica al certificador? Pues nos gusta confiar en que hay un ente público inviolable que se encarga de que estas empresas sean serias. Confiamos en ello. Fragilidad.

Pero es que la confianza no sólo es frágil, es volátil o mejor dicho ficticia. No existe si no que es una sensación. Actualmente se puede decir que confiamos en el sistema global que tenemos montado, político, económico, empresarial, judicial, fuerzas de seguridad, etc., pero es solo una sensación, que, lamentablemente cada vez es menor. Es posible que en los años 90 los políticos fueran mucho más corruptos que ahora y los medios de comunicación aún más zafios y mezquinos, pero la sensación de confianza era mayor. No importa cuál sea la realidad, lo importante es la percepción que se tiene de la misma. Y es que esa es la clave del “engaño” social en el que vivimos, hacernos percibir que estamos bien independientemente de lo mal que estemos. Si alguien se tiene que pegar la hostia ya se la pegará por sorpresa. Y pongo engaño entre comillas porque es gracias a ese engaño que podemos prosperar, porque en la economía no importa la realidad que haya sino el nivel de confianza para que el capital fluya.

¿Qué ocurre hoy en día, bueno, qué ocurre de un tiempo a esta parte? Que la sobreinformación ha sepultado los pilares que sujetaban ese engaño. Ahora todo se pone en duda, hay fakenews y fakenews de las fakenews, todo el mundo sabe de todo y las conspiraciones campan a sus anchas porque vapulean en número a las reacciones lógicas, y se vende como transparencia, lo que ocurres es que no estamos pudiendo ver con tanta luz, cómo dijo aquel. Lo único que se está consiguiendo es minar la confianza en todos los estratos sociales posibles. Los políticos, los más expuestos, ya no tienen ninguna credibilidad, digan verdades o mentiras, ya da igual, estamos en plena inercia descendente. Cada vez se confía menos en las entidades financieras, de los medios de comunicación no se salva ninguno al que no se le vea descaradamente el plumero de la intención partidista de sus “noticias”, títulos que se obtienen pagando, escándalos farmacéuticos, decisiones, cuanto menos controvertidas, sobre asuntos pandémicos, sentencias judiciales que te llevan a rezar para que nunca te encuentres con la justicia, que solo es ciega con aquel dispuesto a cumplirla. Lo cierto es que hoy se tiene esa sensación de confianza en muy poquitas cosas y la falta de confianza hace que afloren pensamientos peligrosos tales como si merece la pena pagar impuestos, comprarse un arma por si la policía me ataca más que me defiende o vigilar al vecino por si sus ideas me ponen en peligro.

Y todo esto que escribo no es un juicio, no quiero decir que antes estábamos mejor o peor, es una fase más del ciclo de la humanidad que siempre se repite. Es más, un augurio a futuro, porque a lo largo de la historia cuando no ha habido confianza lo que ha habido son desgracias puesto que las sociedades solo pueden funcionar en base a dos pilares, o al miedo o a la confianza. Y cada vez se percibe más miedo, miedo a perder el empleado, a no poder comprar una casa, miedo al Covid, miedo a la justicia, miedo a que se devalúe el dinero en el banco, a que te okupen la casa, miedo a que le hagan bullying a tus hijos, miedo a no poner hijas en la anterior frase, miedo, miedo y miedo, real o imaginado, lo mismo da, si se percibe cómo tal se actuará en consecuencia.

Y si no es hacia el miedo hacia dónde queremos navegar más nos vale empezar a generar algo más de confianza para revertir la inercia de una rueda que ya está girando en el sentido de la decadencia. La pregunta es ¿Es posible generar confianza en el mundo actual de la sobreinformación?

miércoles, 12 de mayo de 2021

Libertad vs Igualdad. La Sinusoide.

 


El mundo es una competición infinita con infinitos contendientes. Cada situación que vivimos puede ser descompuesta en fuerzas opuestas que tiran una de otra impidiéndonos tener todo lo que queremos o deseamos, pero también favoreciendo a que no nos quedemos sin absolutamente nada. Una eterna búsqueda particular del equilibrio que hace que todo funcione o, mejor dicho, que siga su curso.

Esas fuerzas opuestas a menudo se representan en términos fáciles de entender cómo individuos (El Bien y El Mal, EL Yin y El Yan, El Sol y La Luna, Blanco o Negro, Útil o Inútil, Ganador o Perdedor), aunque tremendamente complicados de definir como sociedad, dada su absoluta carga subjetiva dependiente de cada uno. Sin embargo, esas representaciones maniqueas se han utilizado históricamente por diversos entes para manipular a las masas. No solo hablo de las religiones, los gobiernos o las grandes corporaciones, sino a los núcleos familiares, tribus de amigos o relaciones amorosas. Y no hablo de manipulación en el sentido peyorativo. Solo con pasar un segundo en este mundo ya estamos siendo manipulados y estamos manipulando. La vida es manipulación. La cuestión es ser consciente de ella y de su intención.

Y ahí es donde nace la idea de escribir esta disertación: ¿Y de las manipulaciones de las que no somos conscientes? (las mejores, por cierto) ¿Qué hay de los opuestos que ni siquiera sabemos que son opuestos? ¿Existe algo así?

Por eso quiero presentaros a La Libertad con el calzón azul en la esquina derecha del cuadrilátero y a La Igualdad con el calzón rojo en la esquina izquierda.

Espera. La libertad y la igualdad no son opuestas son complementarias. Son dos de los pilares más importantes en los que se sustenta nuestro moderno sistema sociopolítico y cultural.

NO. Nuestro moderno sistema sociopolítico se sustenta en el equilibrio entre estas dos fuerzas opuestas. Es decir, cuando el político de turno o el vendedor de lo que sea dice que su producto camina en pos de la libertad y la igualdad, simplemente miente. Es imposible. No puede ser de noche y de día a la vez en el mismo espacio-tiempo. No se puede ser el mejor y el peor en una competición. No se puede ser víctima y verdugo en el mismo acto atómico.

La libertad llevada al extremo es la ley de la selva. Todo individuo es libre de hacer lo que quiera. Está solo limitado por sus circunstancias físicas, intelectuales, geográficas, ambientales, climáticas, etc. Pero es libre. Son estas circunstancias las que definen si la vida a la que lleva esa libertad será cruel o benévola. Tanto uno que nace en el desierto cómo uno que nace cerca de en un río es libre de ponerse a cultivar, así como el que está en el desierto es libre de robar comida al del río y el del río es libre de defenderse. Es un mundo en el que todo vale y en el que el peso de la responsabilidad de cada uno, lo que puede hacer cada uno por mejorar su existencia, es la clave. Pero según va pasando el tiempo, en este mundo de libertad plena, el que logra asentarse, es el que más tiene y el que más tiene más gana. Alimentando una espiral de superioridad tan firme como infinita. La libertad es algo natural, son las circunstancias las que ponen los límites.

La igualdad llevada al extremo es la ley de la estandarización. Nadie puede hacer nada que provoque, aunque sea ligeramente, una desigualdad en el prójimo. Es decir, nadie puede hacer nada. Literalmente. Todo lo que implique hacer algo nos alejaría del corsé de la igualdad extrema y nos acercaría un poquito a la Libertad. En igualdad extrema no hay competitividad, no hay desarrollo, no hay logros, no hay sueños. La igualdad es un invento humano, es artificial, son las leyes humanas las que ponen los límites.

En resumidas cuentas, por naturaleza somos provistos de libertad plena y como seres humanos la encorsetamos con la igualdad para conseguir el mayor número de personas posible disfrutando de un estado de bienestar.

Llegados a este punto del artículo muchos pensaréis que el equilibrio es el estado ideal ante este tipo de situaciones. Tan ideal como inalcanzable. El equilibrio es tan subjetivo que somos incapaces de encontrarlo como grupo, por eso nos hemos pasado toda la historia navegando entre lo negativo y lo positivo de un eje de las equis que separa ambos conceptos. No somos capaces de detenernos, no al menos durante un largo periodo de tiempo, en el eje. Andamos sobrepasándolo una y otra vez en un movimiento sinusoidal infinito, y lo que es aún más importante, imparable. (Adjunto imagen por si no me explicado bien).

Ya que la gráfica sinusoidal es inevitable, mantengamos al menos las fluctuaciones lo más cerca del eje. Esto ya está pasando en los países que llamamos desarrollados, y aunque la lucha entre fuerzas continua, la distancia entre ciclos es corta. Pero si imaginamos esa sinusoide holísticamente, ahora que vivimos en un mundo cada vez más globalizado, todavía no estamos ni cerca del eje y queda mucho trabajo por hacer a nivel mundial en términos de igualdad. Al igual que si extrapolamos la sinusoide a nuestra relación con el planeta dónde la Libertad Humana está arrasando con el resto de organismos que no tiene leyes igualatorias.

Parece que lo que cuento aquí es de Perogrullo, pero veo muy pocos minutos en medios de comunicación dedicados a informar de estas cosas en las que no se vilipendie la diferencia entre igualdad y libertad a la caza del voto, bien metiendo todo en el mismo saco de medidas marketinianas, o bien diciendo que mediante el crecimiento de una se consigue la otra: La libertad salvaje lleva a la superioridad de pocos sobre muchos y la igualdad salvaje lleva a la nada de todos. Es por esto que, hasta ahora, los sistemas liberales han triunfado sobre los igualitarios: Mejor unos pocos que ninguno.  

Dada nuestra incapacidad natural de mantener el equilibrio, al menos intentemos, como individuos, ser conscientes de que hay menos sufrimiento general cuanto más cerca del eje fluctúe la sinusoide. Alejándonos así de una polarización, tan necesaria para volver al centro, como peligrosa si crece en intensidad y duración y acaba yéndosenos de las manos.

viernes, 23 de abril de 2021

La Superliga como espejo social

 

Cada época histórica ha sido habitada por un grupo de personas con sus valores, motivaciones, inquietudes, curiosidades, reglas morales, etc. Todas estas características crean una cultura colectiva que es particular de ese grupo, pueblo, país, continente, que cambia imperturbablemente con el paso de cada segundo, hasta que de pronto, un buen día, comparas el momento actual con otro hace 20 años y los cambios son notables en una, varias o todas esas características. Una locomotora no puede pretender que el vagón cafetería tire del tren, al igual que el vagón cafetería no puede pretender que la locomotora dé servicio de catering a los pasajeros. Una sociedad de locomotoras creará, por necesidad, un vagón cafetería para entretenerse y una sociedad de vagones cafetería creará, por necesidad, una locomotora para no quedarse parados.

El problema es pensar que lo de antes era mejor que lo de ahora y viceversa. Entender y adaptarse al cambio superando las “deshonras” que eso suponga a lo que creemos correcto es la clave de la supervivencia, de cualquier cosa.

El fútbol llegó a su clímax a principios de los 90 y a su ocaso a finales de los 2000. Lo que es conocido como fútbol moderno es un bodrio que mueve mucho dinero por la inercia de aquellos años y el brutal marketing imperante entonces y desde entonces. Pero cuando el producto es malo, el mejor marketing puede milagrosamente enmascararlo un tiempo, pero no puede evitar su salida del mercado. La cantidad de partidos ha aumentado; la cantidad de jugadores ha aumentado; todo se ha globalizado, lo que conlleva una pérdida de identidad en los aficionados; la cantidad de torneos ha aumentado; las canteras ya no sacan oro sino latón, aunque en mayor cantidad; pero, sin embargo, para ver un gol de vaselina, una jugada al primer toque o simplemente un regate, tienen que pasar, literalmente, meses. Todo esto hace que el fútbol vaya perdiendo interés. Un chaval que haya nacido en el año 2010, por ejemplo, disfrutará mucho más viendo un vídeo de Youtube recopilatorio de Beckham o Zidane que siguiendo todo el año a “su” equipo.

Los medios, extremistas como les toca ser, buscan culpables, pero es que no hay uno solo. Es todo un conjunto de cambios culturales lo que ha provocado la situación actual, que por otro lado es completamente normal.

La Superliga, no es más que la búsqueda desesperada de un nuevo modelo futbolístico que trata de, con más o menos éxito, satisfacer la demanda de un nuevo modelo social. El público objetivo cada vez aguanta menos sentado delante de algo sin que pasen demasiadas cosas. Necesitan inmediatez y grandes emociones porque es lo que han mamado desde que nacieron. La motivación para practicar un deporte es cada vez menor, el sacrificio durante su práctica es menor, la espera que hace que la recompensa sepa mejor apenas existe. Y esto no es ni bueno ni malo, es simplemente otra forma de vivir la vida ya que las características culturales de la sociedad han cambiado. Cuando se aburran de las emociones inmediatas volverán a buscar emociones trabajadas, y así hasta el infinito en un eterno retorno.

De cualquier manera, hay cosas que no cambian, ideas o concepto globales que son siempre los mismos motores del ser humano. Uno de esos motores es la curiosidad, lo que hace que algo te llame la atención. Y es ahí dónde el fútbol tiene que trabajar independientemente del formato. Ahora ves un partido de fútbol y no ves hacer nada fuera de lo normal, nada que te sorprenda o digas “madre mía que barbaridad”, salvo excepciones como Messi. Todo es apretar físicamente hasta que el balón acaba en la portería contraria como si de un concurso de soga-tira se tratara. Cuanto más hay de algo menos calidad tiene. Esa máxima es a la que se agarra Florentino para justificar la Superliga. Menos clubes, menos partidos, más concentración de talento. Pero de lo que se olvida Florentino es precisamente de que ese talento ya no existe, por mucho que lo concentres. En los años 2000 veías cualquier mundial y todas las selecciones tenían un once potente o algún jugador excepcional, ahora apenas llegas a hacer un equipo de aquellos juntando los 11 mejores de hoy en cada puesto.

El cambio llegará, ya sea en forma de desaparición o de nuevo modelo (y no digo la Superliga), aunque la resistencia sea enorme. Hay mucha gente viviendo del modelo actual y cambiarlo supone un trasvase de poderes y de dinero que los que pierden no están dispuestos a aceptar. Pero mientras el foco esté puesto en el dinero y no en el talento corren el riesgo de perder todos, porque ni siquiera los partidos estelares con grandes clubes que propone Florentino se pueden ver hoy en día por aburridos.

O puede simplemente que el romántico futbolista que vivía en mí se haya ido, quizás, para siempre.

miércoles, 29 de abril de 2020

La Dictadura de la Juventud

Mucho se habla en esta época convulsa de las dictaduras, que si las dictaduras de derechas, que si las dictaduras de izquierdas, que si la dictadura de la corrección política, la dictadura de las minorías, que si fascismo, que si comunismo, la dictadura ecologista, que si el auge del nacionalismo, que si los radicales de aquí y de allá, etcétera, etcétera, etcétera. 

Echando un ojo a la historia y los ciclos sociológicos propios y ajenos, dictaduras ha habido siempre. No hablo solo de política. Las modas son dictaduras, la nutrición, la religión, la educación, los medios de comunicación, los deportes mayoritarios, en definitiva, todo lo que compone nuestro sistema de creencias es, en menor o mayor medida, una dictadura. 

Te invito lector a que un día te dediques solo a escuchar en una discusión con amigos o familia, o en la tele, o los comentarios a pie de página de cualquier medio electrónico, solo de oyente, siendo lo más objetivo posible, totalmente en tercera persona. Alcanzado ese estado cuentes las dictaduras que vas encontrando en la conversación, sobre todo aquellas que tienen la intención de argumentar en contra de otras dictaduras. Igual te hacen falta las dos manos, y los pies. 

Yo aquí daré mi opinión, para aquel que quiera leerla. Después de darle muchas vueltas a cuál puede ser la raíz de la explosión de los radicalismos que estamos viviendo y que han dejado de ser esporádicos para convertirse, poco a poco, en tendencia, la única dictadura que encuentro, la que está en la punta de la pirámide, es la Dictadura de la Juventud. No la dictadura de los jóvenes, sino de la juventud. De lo único que no podemos escapar es del paso del tiempo. Lo que está absolutamente fuera de nuestro control, aunque creamos que lo está, es el cómo se comporten las generaciones venideras. Son un animal vivo que lucha por sobrevivir, aunque para ello deba comerse a la generación anterior. 

Todos hemos sido jóvenes y más o menos nos acordamos de lo que se siente. Una rebeldía entendida como necesidad de cambio. Da igual si para bien o para mal, a la juventud el cuerpo le pide cambio y el que no esté de acuerdo con ese cambio, el NO joven, que se prepare a ser arrastrado por la corriente. 

Desde meter los dedos en el enchufe, hasta el llanto después de esa hostia gótica por no querer escuchar ese “cuidado que te vas a caer”, pasando por todas las decisiones tomadas y cosas hechas previas a un preventivo "No lo hagas". La experimentación, la prueba y el error es inherente a nuestra naturaleza, lo que pasa es que según vamos sumando años el querer tener razón gana a la curiosidad y pretendemos imponer nuestras pruebas y errores, nuestros experimentos y nuestras resoluciones a los que vienen. Es un acto, tan desesperado, porque se nos acaba el tiempo aquí, como inútil, ya que al que viene le da bastante igual lo que tú ya hayas hecho. Lo suyo es mejor. 

“Parece que no aprendemos” Y no es que no aprendamos. Todos los conocimientos técnicos, es decir, objetivos, pasan de generación en generación. Lo que no se aprende es lo subjetivo, o mejor dicho de lo subjetivo, porque lo establecido es malo siempre y lo que estoy por establecer es bueno siempre y no hay regla matemática que diga lo contrario. Aunque lo establecido haya sido cojonudo comparado con el resto de la historia y lo que esté por venir sea horrible. Eso en realidad no importa. El objetivo es cambiarlo. Aparte que cojonudo y horrible son términos 100% subjetivos y siempre dependerá de con qué se compare, quién lo haga, y en qué momento temporal. 

Imagina Lector que hay un gran genocidio ahora en el siglo XXI por una razón poco ética, da igual cuál. Pasa algo que acaba con el 30% de la población mundial o más. Como resultado de la disminución de la superpoblación mundial el planeta remonta ecológicamente y eso hace que dentro de 500 años los humanos aún habiten la tierra. Una Tierra que se hubiera vuelto un lugar inhóspito de haber seguido superpoblada y en crecimiento demográfico eterno. Esos humanos de dentro de 500 años darían el mismo valor a nuestras vidas del siglo XXI, que el que nosotros le damos, por ejemplo, a los esclavos que murieron en las pirámides, es decir, poco o ninguno. Sin embargo, agradecerían o entonarían el “menos mal” o el “gracias a X por…” por el gran genocidio del siglo XXI. A nosotros, protagonista de dicha masacre pues no nos haría tanta de gracia. Y es que las cosas si se ven desde el punto de vista de la homeostasis global nunca están bien o mal, simplemente están o son. En neutro. 

Veo el auge comunista que hay entre los jóvenes de hoy en día después de varios años de supremacía capitalista liberal ¿A qué es debido? Disfrutan de las virtudes de ese sistema, pero le quitan importancia y ponen el foco en los defectos ¿Por qué la generación anterior no lo hacía de forma tan radical? ¿Y la anterior de la anterior? ¿Hasta qué generación tenemos que retroceder para que el foco estuviera en los defectos del comunismo y las virtudes del capitalismo? ¿Qué nos impulsa a cambiar lo establecido? ¿Y en qué momento ocurre? La única respuesta que encuentro es el Cambio en busca de un equilibrio imposible que nos lleva de extremo a extremo como un columpio. Nada es estático y con el paso del tiempo se pudre y decae. Porque toca. Es un impulso, podría decirse animal e irracional. Y cuando se quiere cambiar algo se buscan todas las debilidades del actual sistema podrido, obviando sus virtudes, y se sobrevaloran las virtudes del nuevo sistema sano, obviando sus debilidades, y así una y otra vez como esos cubos de los spas que se van llenando y al llegar a cierto nivel se vuelcan, vaciándose, para poder seguir llenándose. 

Al aplicar una fuerza aparece la contraria con igual intensidad. Ese auge comunista nos ha traído de vuelta el fascismo, que estaba más o menos enterrado, de vuelta al panorama político y con muchas papeletas de tomar cartas en el asunto. Si dibujas una línea recta, marcas en el centro el equilibrio y a la izquierda y derecha pones los extremos y después haces un anillo con esa línea recta verás que la única manera de conseguirlo es cogiendo los extremos y juntándolos. Lo extremos se tocan y cuanto más navegamos hacia uno, sin darnos cuenta más nos acercamos hacia el otro. 

Y es que volviendo otra vez la vista atrás en la historia, parece que la gente nos cansamos de la paz al igual que nos cansamos de la guerra, queriendo salir de una para meternos en otra por puro desconocimiento y curiosidad, con una sola incógnita: ¿Cuándo? Porque los dedos en el enchufe se acaban metiendo. Y que ocurra no está, ni bien, ni mal, es simplemente natural. El Eterno Retorno del que hablaba Nietchze. 

El universo, en el que se incluye nuestro mundo, es holístico, es decir, ocurren millones de acontecimientos que ni conocemos, ni entendemos, ni, por supuesto, controlamos, sin embargo, escucho constantemente discusiones sobre lo que está bien y lo que está mal, lo que hay que hacer y lo que no, si hay que evitar que esto ocurra o que aquello perdure, que si no hubiera sido por menganito o zutanito. Opiniones y acciones que son gotas de agua que se pierden en un océano de acontecimientos, cuyas olas oscilan con cierta frecuencia y en las que las opiniones y acciones individuales son insignificantes. Menganito o Zutanito son solo el catalizador, el detonante, la chispa adecuada que se produce en una reacción en un momento determinado, pero para que esa rección surja, para que esa bomba explote, debe haber una masa crítica que no se consigue de la noche a la mañana. 

Imagina de nuevo Lector (no te o pediré más) uno de esos adornos de bolas de metal que cuando los pones en marcha y la última bola golpea a la penúltima se propaga hasta llegar al otro extremo y vuelve a empezar. 

Pasamos incesantemente del equilibrio de la bola central a los extremos y viceversa. Nos empeñamos en detener las bolas en el punto que nos interesa, pero ellas siguen su curso sin que podamos hacer nada para evitarlo. Parece una predicción en contra el libre albedrío, pero es todo lo contrario. Es la definición de libre albedrío. Cualquier elección que hagas como individuo te aleja de un punto y te acerca a otro, es decir, te pone en una dirección. Si se extrapola a la masa social ese movimiento en una determinada dirección se convierte en tendencia (o en inercia), al igual que en la física clásica cuanto mayor es la masa mayor la cantidad de movimiento. 

La dictadura de la juventud es el régimen al que estamos sometidos cada día, cada año, cada siglo, nos guste o no. Es la única dictadura que perdura en el tiempo (de momento, con permiso de la futura inmortalidad) y que anula cualquier intento de comprender los cambios macrosociales que se producen en nuestra corta existencia. Esta falta de control, de incertidumbre y de incomprensión nos llevan a un estado de crítica, sufrimiento y crispación continuos que hace un flaco favor a nuestra felicidad. 

Por terminar constructivamente. Ante estas circunstancias, la mejor forma de ser coherente y vivir en paz, según mi opinión, es vivir al máximo según tus valores y sistema de creencias sobre aquello que puedas controlar, tu pequeño círculo de actuación. Todo lo demás son, simplemente, circunstancias. La humanidad cometerá los mismos errores y volverá a solucionarlos una y otra vez, porque con cada paso dentro del error nos acercaremos a la siguiente solución y con cada paso en la solución nos acercaremos al siguiente error, en un ciclo oscilatorio infinito ¿Por qué crisparse tanto entonces? 

Si estás pintando un cuadro sobre un lienzo blanco, perfectamente liso, y de pronto hay un terremoto al que sobrevives con el pincel en la mano, pero el atril ha desaparecido y delante de ti solo ves una pared de hormigón llena de rugosidades, la única opción que te queda es: Seguir Pintando.

lunes, 30 de marzo de 2020

El Andén


Abrió los ojos por primera vez en su vida. Se miró con vivacidad los brazos, el cuerpo y las piernas. Se tocó una mano con la otra, recorrió sus brazos con los dedos y finalmente se palpó la cara. Era una especie de saco de patatas regordete desde la cintura hasta el cuello y su cabeza otro saco de patatas, más pequeño, con dos ojos que al tacto parecían botones y una ranura en la rugosa tela que hacía de boca. Sus extremidades no eran más que un cuarteto de rayas negras, como de regaliz, que se movían grácilmente al andar, lo que estaba haciendo en ese momento sin querer. A través de las costuras de su cuerpo se filtraba una luz muy brillante y hermosa, pura, que se movía con el vaivén de sus pasos. Sentía que su cuerpo, el saco, estaba lleno de bolas y eran estas las que emitían la luz al chocar unas con otras. Trató de mover la cintura de un lado a otro y acelerar el paso para comprobar como funcionaban aquellas bolas que formaban su interior, pero, de pronto, una mano firme y suave le cogió de la suya.

—Buenos días Sueño —dijo sonriendo el propietario de la mano —. Soy Esperanza y voy a acompañarte en este viaje – hizo una breve pausa —¿Desconcertado? 

—Un poco – articuló Sueño con voz temblorosa tocándose el agujero de su cara dónde esperaba encontrar unos labios que no estaban. 

—Es normal, no todo el mundo nace de repente y se pone a andar ¿verdad? —La sonrisa de Esperanza seguía ahí, intacta. 

—¿Qué son esas bolas brillantes que noto en mi interior? ¿Qué es este lugar? ¿Quién eres tú? ¿Adónde vamos? 

—Ey, ey, ey, para un poco. Lo irás descubriendo. Lo importante ahora es: ¿Cómo te sientes? 

—Me siento extraño, pero, en realidad, me siento muy bien, con fuerzas para conseguir cualquier cosa —Su voz había dejado de temblar. El tono le sorprendió, era agudo, infantil y lleno de vida. Volvió a tocarse los inexistentes labios como si no creyera que pudiera articular palabra y se dio cuenta que no tenía ni un solo diente, por no tener no tenía ni paladar. 

—Como te metas la mano más adentro que te vas a atragantar, Sueño – rio aquella desconocida que parecía conocerle de toda la vida. Luego añadió —: ¿Ves aquella puerta al frente? Ahí es dónde nos dirigimos. 

El cuerpo de Esperanza era alto, delgado, completamente blanco y extremadamente grácil. Sus pasos eran lentos pero su zancada enorme y a Sueño le costaba seguirla con sus piernecitas de regaliz. Menos mal que le sujetaba con fuerza la mano y cuando estaba a punto de perder el paso, un ligero tirón le volvía a poner en marcha. 

El desconcierto de Sueño iba en aumento, pero a ese ritmo no podía preguntar nada. Después de unos metros se tranquilizó y entonces pudo mirar a su alrededor. Un montón de Esperanzas muy parecidas a la suya llevaban de la mano a un montón de sacos de patatas parecidos a él. Todos brillaban dibujando un bonito espectáculo estelar, pero en vez de en el cielo en un enorme desierto de grandes dunas azotadas por el viento. Había infinidad de puertas a la que se dirigían todos aquellos seres y eso le recordó que él también debía entrar por una de ellas. Al mirar al frente comprobó que esa puerta enorme ya se estaba abriendo. Un cartel encima del dintel rezaba con letras barrocas “El Andén”. 

—¿Preparado? Vamos. —Le dijo Esperanza mientras cruzaban la puerta. 

Los botones de sueño estuvieron a punto de salirse de su costura al descubrir lo que había al otro lado. No sabía dónde mirar ni por dónde empezar. La boca se le abrió tanto que creía que iba a rasgarla. Una estación de tren gigantesca se erigía ante él con una infinidad de trenes tan largos que no se podía ver el final y que salían constantemente. Legaban a toda velocidad, frenaban en seco, recogían a todos lo que había en el andén esperando y volvía a salir a toda velocidad para que un segundo después hubiera ya otro tren esperando. 

Esperanza los detuvo en un mostrador mientras hablaba por un interfono con alguien. Sueño seguía boquiabierto observando aquel jaleo. Miles de sacos de patatas viajeros se movían por la estación dirigiéndose a algún andén, haciendo filas que no se sabía dónde terminaban o simplemente se sentaban en los numerosos bancos de espera. 

—Bueno, pequeño, a partir de aquí estás sólo. Puedes hacerme una pregunta. 

—¿Sólo una? 

—Sólo una —Dijo Esperanza con expresión complaciente. 

Sueño miró al alboroto de la estación, volvió a mirar a Esperanza y le preguntó: 

—¿Qué son las bolas que noto en mi interior? 

—Esas bolas representan la felicidad que puedes llegar a dar. Cuanto mayor sea, más brillarán y más activo te sentirás. 

—Y cómo hago para manten… 

—¡Chsss!, solo una pregunta ¿recuerdas? Ahora tengo que irme. Adiós pequeño Sueño. Mucha suerte —Le soltó la mano, le dedicó una última sonrisa, se dio la vuelta y se fue con el resto de Esperanzas por un pequeño y oscuro callejón. 

—¿Y cómo voy a saber que tren tengo que coger? 

Se sentía solo y muy perdido, pero lleno de energía así que se puso en marcha. Decidió dar una vuelta por la estación y preguntar a otros sacos de patatas como él. 

Había sacos de todos los tamaños desde inmensamente grandes a diminutos, mucho más pequeños que él, y de todas las edades. Empezó a recorrer los bancos más alejados del andén y observó a cada ocupante. Se dio cuenta de que el brillo variaba sin razón en los sacos más grandes, incluso en los medianos, pero prácticamente todos los pequeños eran muy brillantes. Se encontró con alguno completamente apagado, con la cara triste y la tela del saco ajada y flojucha, no como la suya, tersa y regordeta. 

—¡Cuidado! 

De tanto observar había dejado de mirar por dónde iba y había estado a punto de pisar a un diminuto saco super brillante que llevaba un bastón y un sombrero y le miraba amenazante con una espesas y acusadoras cejas blancas a juego con un bigote tan fruncido como su ceño. 

—Mira por dónde vas muchacho. Somos demasiado importantes como para acabar pisoteados los unos por los otros. Para eso ya están los animales de “El Ring”. 

Y señaló con el bastón hacia una muchedumbre enfervorizada que estaba a unos metros de allí. 

—Perdón señor. No era mi intención. Soy nuevo aquí y estaba tratando de familiarizarme con el entorno. 

—Ya veo, ya. 

—Tengo un montón de preguntas y nadie… 

—Preguntas, ¡JA!, eres un Sueño muchacho, no debes hacerte preguntas. Solo preocúpate de no llegar tarde a tus instintos. 

—¿Mis… instintos…? 

—Apuesto a que al despertar ya estabas andando sin saber por qué, ¿Me equivoco? Claro que no me equivoco, muchacho, eso es un instinto. Tendrás unos cuantos mientras estés aquí, así que estate atento y no llegues tarde. Esas bolas te lo agradecerán —señaló el cuerpo de Sueño con el bastón —. Sobre todo, si oyes “La Llamada”. —Y al pronunciar esas dos palabras, alzó las manos al cielo como si de un slogan de Hollywood se tratase. Soltó una carcajada, que se hizo tan increíblemente lenta como larga, para luego volver a fruncir el ceño —Eso me recuerda que tengo que irme. No vuelvas a cruzarte en mi camino. —Apartó la pierna de Sueño de un bastonazo y salió disparado hacia algún lugar. 

—¡Auch! Pero señor… ¿Qué es eso de …la llamada? Gracias… supongo. 

El viejo llevaba una paloma tatuada a la espalda, como un motero, lo que le llamó la atención. Miró a su alrededor y todos los sacos llevaban algún símbolo marcado. Una pipa, un coche, una balanza, una ola de mar. ¿Sería la marca de las patatas del saco? Se preguntó, ¿al igual que marcan a las reses en el trasero? No tenía ningún sentido. 

Trató de girar el cuello para ver su símbolo. Primero para la derecha, luego para la izquierda. No había manera. Dos sueños que viajaban en moto pasaron muy cerca suyo y casi le hicieron caer. Le gritaron burlones: 

—Cabeza hueca. Las marcas propias no pueden verse. Deja de dar vueltas que pareces bobo. 

Ambos llevaban una corona marcada en la espalda. Les siguió con su mirada enarcando las cejas y les perdió la pista al meterse en la multitud que el viejo había denominado como “El Ring”. Se acercó a la algarabía. Era demasiado bajito para ver nada, así que se fue abriendo paso a duras penas entre el gentío de sacos, sin saber muy bien adonde se dirigía. Había demasiada gente, sus piernas empezaron a perder contacto con el suelo y entre empujones, como si una enorme ola le llevase, acabó con la cara apretada contra una especie de cuerda gorda de plástico. Se agarró a esa cuerda para estabilizarse y cuando miró hacia arriba unas gotas brillantes le cayeron en la cara al mismo tiempo que el lugar explotaba en vítores. 

Había acabado en la primera fila justo debajo de los dos contendientes. Miró hacia arriba. Allí dos sueños enormes se golpeaban sin piedad. A cada golpe que propinaban todas las bolas de su interior se iluminaban intensamente para, un segundo después, perder intensidad de nuevo. Ambos combatientes se movían con rapidez, tratando de acorralar al rival en las cuerdas propinando lluvias de golpes sobre el contrario. Ambos llevaban una enorme marca de ceño fruncido a la espalda, una con barba y otra con bigote. Parecía que el de la marca del ceño fruncido con bigote iba perdiendo y Sueño descubrió que por cada golpe que recibía, su adversario ganaba en intensidad y él la perdía. Como si con cada puñetazo le robara la energía. En una esquina de “El Ring” un montón de sueño hacían cola, todos con algo fruncido a la espalda. 

Se estaba agobiando y le resultaba muy violento ver dos sueños destrozarse a golpes, así que decidió volver por dónde había venido. Cogió otra de esas olas, esta vez en sentido contrario, y en pocos minutos estaba fuera del alboroto. 

Se paró un momento, puso los brazos en jarra y respiró profundamente. Mientras observaba los andenes abarrotados y los trenes que iban y venían, notó una punzada en el estómago. A través de la tela del saco podía ver algunas bolas titilar y apagarse. Tuvo la urgencia de ponerse en marcha, pero no sabía hacia qué o hacia dónde. Entonces sus piernas de regaliz le hicieron dar un giro de doscientos setenta grados enredándose entre ellas y haciéndole trastabillar. Mantuvo el equilibrio y su cuerpo salió disparado a la carrera sin poder controlarlo. 

Pronto se le unieron otros sacos que corrían hacia él y al llegar a su altura giraban para orientarse en su misma dirección. Un puesto callejero se les iba acercando poco a poco. Iba a chocar contra él. No podía parar. Sus piernecillas no reaccionaban a sus deseos. Iban a colisionar. Antes de ponerse las manos en los ojos cruzó su mirada con la del tendero de gesto impasible, cómo si no le importara que aquella maratón improvisada se llevara su chiringuito por delante. 

Todos frenaron en seco a la vez en perfecta sincronización. 

—¡Buah! Vaya viajecito. No me acostumbro a esto de los instintos y eso que llevo aquí tres meses ya. Un poco de muslo por favor. 

El que hablaba era un saco ajado, no muy grande y casi sin brillo, aunque de aspecto jovial y risueño. A la espalda, una baraja de cartas tatuada. El tendero gruñó. Sacó algo de debajo del mostrador, lo puso encima de la mesa, afiló el cuchillo con maestría y dio un par de tajos rápidos y precisos. Luego le entregó un paquetito blanco que fue devorado ávidamente. Las bolas de su cuerpo, poco a poco, a cada bocado, empezaban a brillar de nuevo. 

—Date prisa, si se acaba tendrás que esperar al siguiente instinto. 

La voz salía de debajo del mostrador. Sueño se agachó un poco para ver mejor y allí estaba tumbada, detrás de una vitrina de cristal, una Esperanza. No era la que le había traído a la estación, pero era casi igual. Le faltaba la pierna derecha. El tendero iba cortando partes de su cuerpo a cada pedido. Parecía que a ella no le dolía. El cuchillo entraba suave en su carne y hacía un corte limpio, como si cortara una nube. 

—Parece que eres nuevo muchacho —. La expresión del tendero se había relajado y lo miraba con cierta candidez. Le ofrecía un paquetito blanco mientras desatendía al resto de peticionarios que empezaban a subir la voz —Cógelo, date prisa. La próxima vez me lo tendrás que pedir tú —dijo endureciendo el rostro de nuevo. 

Sueño cogió el paquete y le dio un último vistazo a la Esperanza de la vitrina. Solo le quedaba la cabeza y parte del hombre derecho, pero mantenía su sonrisa impertérrita. 

Se alejó a paso lento del puesto mientras abría el paquete y daba unos primeros bocados dubitativos. Aquello estaba buenísimo y notaba como las bolas de su interior volvían a brillar con fuerza y volvía a tener ganas de hacer cualquier cosa. 

Buscó un lugar tranquilo donde disfrutar de aquella sensación y encontró unas escaleras vacías. Se sentó. Le quedaba el último bocado. Cerró los ojos para disfrutarlo al máximo y escuchó un sollozo. Provenía del hueco de la escalera. 

Se asomó y vio un saco enorme, de los más grandes que había visto. Era completamente negro. No había en él ni una pizca de luz. Estaba de espaldas y Sueño pudo ver su marca: El Hombre de Vitruvio. Estaba sentado con la cabeza entre las piernas, llorando desconsoladamente. 

—Hola —dijo Sueño. 

—Déjame en paz – replicó el enorme saco con voz grave y girándose un poco hacia la escalera. 

—¿Quieres un poco? – Sueño extendió lo que iba a ser su último bocado hacia el saco. Éste le miró con desconfianza. 

—No he tenido un instinto de brillo desde hace mucho. Y aunque lo tuviera no podría tomarme el sustento de otro sueño. Si lo tocara se desintegraría en mis manos antes de poder llevármelo a la boca. Cómetelo tú. No lo desperdicies conmigo. 

—Vaya —Sueño hizo una pausa antes de preguntar —¿Puedo hacer algo por ti? Te veo tan triste. 

—Soy una causa perdida. Yo calculo que en menos de un mes acabaré en “El Olvido”. Es lo que hacemos los sueños, o acabamos subidos a uno de esos trenes o acabamos olvidados, esperando a ser recordados. 

—Pero he visto a muchos sacos oscuros subir a los trenes… no te desesperes. 

—No tiene nada que ver la falta de brillo con ser olvidado, aunque a veces van de la mano. Muchos sueños vacíos de felicidad se suben diariamente al tren —comenzó a sacar su enorme cuerpo del hueco de la escalera —. De hecho, son mayoría. Se le llama Los Farsantes porque son sueños NO sueño —se incorporó y miró a Sueño desde las alturas —. Gracias por la conversación pequeño. Siempre ayuda que alguien te preste atención. Espero que cojas el tren pronto y que lo hagas con esa cantidad de luz que llevas dentro. Eres un buen sueño —se dio la vuelta y comenzó a andar pesadamente. 

—Adiós. Buena suerte. —Gritó Sueño con la mano levantada. 

El gigante se giró y con una sonrisa vaga le dijo: «No llegues tarde a tus instintos» 

Se llevó a la boca su último bocado de Esperanza observando al gigante perderse entre las galerías de la estación. Quería sentir pena por él, pero no podía. Sencillamente no notaba ninguna emoción salvo la de sentirse vivo. Su cuerpo brillaba con intensidad por dentro así que se dirigió al andén más cercano. Pero no lo percibía como uno de esos instintos, se dirigía al andén voluntariamente. Por curiosidad. 

El andén estaba abarrotado de sacos, de todos los tamaños y brillos, jóvenes y viejos, golpeados y con buen aspecto, cada uno con su marca a la espalda: un cerdito de peluche, una avioneta, una casa de madera, una nube, una bici, un diploma, un anillo. Abundaban los fajos de billetes que llevaban, sobre todo, los farsantes. Pero sobre todo había corazones, de distintas formas, tamaños y colores, algunos con algo escrito ininteligible dentro. 

Según recorría el andén pudo ver una línea roja a un par de metro de la vía. No había nadie después de esa línea roja así que se acercó a ella. ¿Podría cruzarla? Alargó su delgado dedo gordo del pie para tocar el otro lado de la línea, pero se detuvo al oír que una sirena ensordecedora hacía enmudecer a todos los que estaban en el andén para, un segundo después, salir disparados a coger el tren que ya se atisbaba en la distancia. 

El larguísimo gusano metálico llegó en menos de dos segundos y la marabunta de gente se precipitó sobre las puertas. Sueño era empujado para todos lados, pero no podía atravesar la línea roja. Una pared invisible se lo impedía por lo que estuvo a punto de morir aplastado con tanto empujón. 

Hasta que diez segundos después sólo quedaba él en el andén. Estaba detrás de la línea sentado en el suelo exhausto por el magreo recibido. Se incorporó, se sacudió el polvo del cuerpo con unas cuantas palmadas aquí y allá y puso los brazos en jarra. 

—¡Eh, Aquí! 

Trató de localizar la voz que le llamaba. Oteó todo el andén con la mano en la frente y encontró, sólo en un banco, un saco de aproximadamente su tamaño saludándole con la mano. Saltaba para llamar su atención y a cada salto se le movían graciosamente las coletas coronadas con dos lazos azules. 

—Te has quedado sin tren ¿eh? —carcajeó —. Hasta hoy era la única que se quedaba como un pasmarote sentada en el banco con dos palmos de narices. Pero al verte ahí todo polvoriento y apaleado me he partido de risa —siguió carcajeando. 

Tenía una voz punzante, extremadamente aguda, casi desagradable, pero combinada con los gestos de su cara y las pequeñas tachuelas color miel esparcidas por sus mejillas resultaba entrañable. 

Sueño llegó a su altura y se sentó en el banco junto a ella. 

—¡Puf! Menudo masaje. ¿Tanta gracia te hace ver al prójimo pisoteado por una estampida de sueños enfervorecidos? 

—Sí, la verdad. 

—Bueno —sonrió Sueño —. Supongo que tiene su gracia. 

Les siguió un silencio acompañado de ambas cabezas con la mirada fija en la vía del tren que se perdía en un infinito plagado de nubes blancas y algodonosas. 

—Me llamo Sueño. O al menos así me ha bautizado Esperanza. 

—¡JA! Pero tú ¿De dónde has salido? Todos nos llamamos Sueño aquí. Yo también soy Sueño. 

—Ah… Bueno, encantado, entonces. 

—Y esa Esperanza de la que hablas no es tuya. Son almas libres —añadió mirando al cielo. Cuando procesó el saludo continuó ya mirando a Sueño —Igualmente. Bienvenido a mi banco. Pero te lo advierto, tómate esto como una visita. Si vas a estar aquí todos los días búscate otro banco porque este es mío. 

—¿No tenemos nombre, ni esperanza propia, pero sí tenemos banco asignado? —La pícara cara de Sueño no le hizo demasiada gracia la chica —¡Caray! Tranquila. Era una broma. —Sueño observó que su risueño rostro se volvía triste. Y después de una pausa añadió —: ¿Cuánto tiempo llevas en El Andén? 

La chica tardó en contestar y se hizo un silencio plomizo que Sueño pensó que sería el fin de aquella conversación, pero dijo: 

—Cuarenta años. Todos los días desde hace cuarenta años siento el instinto de venir al banco y coger el próximo tren, pero nunca es tan fuerte como para llevarme. No es La Llamada ¿sabes? —Los ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró —Yo solía ser un gran sueño ¿sabes? Uno de los grandes, gigante y muy brillante. Pero mírame ahora… 

—¡Ey, aún brillas! 

—Sí, aún brillo, pero mira lo canija que soy ahora. 

—Al menos no has acabado en “El Olvido”, así que trata de no llegar tarde a tus instintos. ¿No es eso lo que se suele decir por aquí? 

—Sí —dijo volviendo a sonreír —. Aprendes rápido. Nunca sabes… Espera. 

El Andén comenzó a temblar. Se había llenado mientras hablaban y no se habían dado ni cuenta. 

—Espera… —repitió. 

El tren se acercaba a toda velocidad y los sueños se apiñaban en la línea esperando su turno para entrar. 

—Algo es distinto… Puedo sentirlo. 

El tren abrió sus puertas y el andén se vació en pocos segundos. La chica miró a Sueño, arrugó sus tachuelas en una mueca mezcla alegría, ilusión y sorpresa. Le apretó levemente la mano. 

—Adiós —y gritando mientras corría añadió —: Te puedes quedar con el banco. 

Y salió disparada, prácticamente sin tocar el suelo, hacia una de las puertas del último vagón. Sueño pudo ver en su espalda un oso de peluche. Pensó por un momento en ella. Tanto tiempo para cumplir ese sueño. Y rápidamente pensó en él. ¿Qué llevaría marcado en la espalda? ¿Tendría que esperar cuarenta años? ¿Cómo podría vivir sin conocer su propósito? 

Sueño no lo sabía, pero en el momento que este cuento reciba su punto y final, él, irremediablemente, iba a sentir el impulso de coger el próximo tren.

lunes, 16 de marzo de 2020

Frágil

Me gusta imaginar la historia del ser humano como un gigante haciendo pompas de jabón. Cuando consigue hacer una lanza su mano enorme para cogerla y tratar de acomodarla entre sus dedos índice y anular sin romperla. 

La sensibilidad y cuidado al mover la mano y la coordinación y equilibrio al usar los dedos determinan si la pompa se rompe o no. Y siempre se rompe. 

Desde la prehistoria, pasando por los primeros imperios, hasta las sociedades más modernas, el gigante no ha dejado de hacer pompas para atraparlas. Tratando de capturar una realidad tan brillante, redonda y perfecta como efímera. Guerras territoriales, conflictos religiosos, enfrentamientos ideológicos, han sido los impulsos nerviosos que hacen de los dedos del gigante una basta herramienta torpe e insensible, incapaz de sujetar la pompa apenas un instante. 

Ya en el siglo XX y hoy en día, en el siglo XXI, la evolución de todas las áreas de conocimiento ha permitido que los dedos del gigante sean más suaves y cuidadosos en sus movimientos, hasta el punto de coger la pompa de jabón y mantenerla estable durante más tiempo que cualquier otro intento anterior. La pompa tiembla, está al límite, la tensión superficial con la piel del gigante se mantiene por los pelos, pero se mantiene. 

Nosotros, el gigante, creamos las pompas, las miramos embobados y orgullosos y queremos cogerlas y preservarlas apegándonos a ellas, y cuando lo conseguimos olvidamos que la pompa es extremadamente frágil y que esa fragilidad no depende en absoluto del gigante, ni de sus manos ni de su sensibilidad. La pompa simplemente es. Y al olvidarlo sembramos el campo de la frustración para recoger los frutos cuando la pompa se rompe. 

La situación que vivimos hoy en día solo nos recuerda la fragilidad e incertidumbre de la pompa en la que habitamos. Planificamos el futuro a largo plazo sobre valores aparentemente seguros como el dinero o las casas, cuando la propiedad privada no es más que un invento escrito en un papel, al igual que esta metáfora, y que en cualquier momento puede cambiar. O nos aferramos a ideas y convicciones que consideramos imperturbables cuando no son más que normas impuestas temporalmente que en cualquier momento pueden cambiar. 

El desapegarse de la pompa, entender en todo momento su fragilidad y no dar nada por sentado, es la única forma de no traumatizarse cuando explota y es la única forma de apreciar su belleza, su transparencia, sus reflejos, cuando aún no ha explotado. 

Este es el segundo día de confinamiento (SuperLight) y ya veo gente con problemas de frustración. No quiero pensar que ocurrirá a partir del décimo. Así que cualquiera que lea esto, y le haya gustado que trate de recordarlo para qué, cuando volvamos a la normalidad y con estos dedos de gigante tan diestros que ahora tenemos sujetemos la siguiente pompa, podamos disfrutar su efímera belleza y entendamos que irremediablemente la vamos a perder para crear otra.