miércoles, 29 de noviembre de 2017

En la Trinchera

No podía creer la suerte que había tenido. Había reaccionado de la misma manera que había sucedido todo. Muy deprisa. Los rusos les habían sorprendido en plena noche entrando en la trinchera. No sabían si había sido un golpe de suerte, un acierto del servicio de inteligencia o un órdago arriesgado que salió bien. Nunca lo sabrían.

El ataque llegó en un momento en el que el regimiento estaba mermado. Las misteriosas bajas sufridas a lo largo de las últimas semanas los tenían en cuadro. Desaparecían soldados de guardia o salían de reconocimiento y no volvían. Los esfuerzos de los mandos por encontrar una explicación se reducían cada vez más por la merma de efectivos. Y ahora llegaban los rusos.

El soldado JF. Jeremy del 17º pelotón de infantería del ejército alemán aún tenía esperanzas. El asalto había durado apenas siete minutos durante los cuales sólo había habido un par de ráfagas de disparos en defensa ejecutados torpemente por los soldados de guardia, contra cincuenta Tokarevs en ataque que habían entrado en la trinchera como un cuchillo en la mantequilla. El frente, la retaguardia, ambos flancos, todos los túneles y la sala de mando ocupadas en un abrir y cerrar de ojos. Sin piedad y sin hacer prisioneros.

Lo que salvó a JF, además de su cobardía, fueron las circunstancias. Estaba en la segunda línea de un improvisado batallón de ocho soldados recién levantados del catre. El destino quiso que estuvieran en el punto más alejado del inicio del ataque por lo que fueron los que tuvieron más tiempo de prepararse. Y los últimos en morir. Se encontraban en el límite de la trinchera. La espalda tocando la arena y las manos temblorosas sujetando armas sin cargar. La primera ráfaga acabó con dos de los soldados justo delante suyo. Un segundo después la segunda mató al de su izquierda e hirió en la pierna al de su derecha que cayó gritando. Fue durante el tercer segundo, por instinto, sin saber realmente porqué, cuando JF tomó la decisión de tirarse al suelo y ocultarse debajo de los cadáveres de sus compañeros. Pretender hacerse el muerto durante un ataque así carecía de sentido pero en ese momento parecía una forma de ganar al menos unos segundos de vida. Otro par de ráfagas acabaron con el resto que cayeron también sobre él. Los rusos se acercaron y acabaron con la agonía del soldado herido instalándole dos balas en el cráneo.

JF con los ojos cerrados oyó una voz que sonaba a mando y los rusos se alejaron a toda prisa por uno de los pasillos de la trinchera sin tener tiempo de rematarles. Estaba en estado de shock. Petrificado. Semi tumbado, semi sentado en la húmeda pared de la trinchera, con tres soldados debajo de él y otros cuatro parcialmente encima. Aprovechó que en ese momento estaba sólo con sus difuntos colegas para acomodarse mínimamente. Aún no se atrevía a abrir los ojos así que sus oídos eran sus mayores aliados. Ya no se oían disparos y los tonos elevados de las órdenes habían dado paso a la tranquilidad del despliegue. Logró controlarse un poco. Muy poco. Lo justo para poder pensar.

En el punto dónde se encontraba había dos ametralladoras MG08 a unos cuatro metros cada una. Una a cada lado. Los rusos no tardarían en ocupar esos puestos con sendos vigías. El miedo le había revuelto el estómago y el susto bloqueado todo su organismo. Había contenido sus esfínteres hasta ese momento  pero era mejor vaciarlos ahora que aún estaban calientes los cuerpos y no levantar sospechas.

Varias voces rusas se acercaron. Después de unos minutos de conversación ininteligible percibió como los dos soldados se apostaban en sendas ametralladoras. Estaban tan cerca que a veces hablaban algo entre ellos. Incluso se lanzaban cosas ¿tabaco? Abrió los ojos por un momento. Entre el amasijo de brazos y cabezas que le cubría pudo ver lo cerca que estaban. Un tercer vigía pasó justo delante golpeando la bota de unos de sus excompañeros. Cerró los ojos rápido. Fue consciente entonces de la imposibilidad de cualquier plan de escape, de que tarde o temprano le descubrirían y tuvo ganas de entregarse.

No se rindió y durante las siguientes horas su cabeza se entretuvo en pensar. Habría cambio de turno. Igual tendría unos segundo de soledad que podía aprovechar para salir por el agujero de la trinchera encima de su cabeza. Podría moverse un centímetro cada hora para liberarse poco a poco del peso de sus compañeros y facilitar un movimiento rápido. Además en algún momento tendrían que enterrar o quemar los cadáveres y puede que fuera su oportunidad para escapar.

Eran todos callejones sin salida. Y cuando se cansó de frustrarse comenzó a notarlo. Lo peor no era el frío que le producía la humedad de la trinchera o la sensación térmica de cinco grados bajo cero del ambiente. Lo peor era el entumecimiento de las extremidades y el no poder mover un músculo. Cualquier movimiento podía hacer caer uno de los cuerpos o mover aunque fuera unos granos de arena de la pared y sus alrededores alertando a los guardias. Tampoco podía hacer ruido ya que los vigías lo detectarían. Además siempre estaban ahí.

Como había sospechado había cambios de turno pero esos rusos eran eficientes y organizados. JF aprovechaba los pequeños y cortos alborotos para pestañear, mover las manos y los pies un ápice o rascarse muy levemente la espalda con la pared o un compañero. Pero lo más importante era soplarse el pómulo derecho. Ese pómulo era la única parte de su cuerpo que alcanzaba la nieve, que caía implacable. Notaba cómo posaba cada copo con delicadeza sobre su piel. Sin poder tocarse. Sin poder agitar la cabeza. Sólo al son del reloj de la naturaleza copo a copo su mejilla se iba congelando. Y así pasaban las horas, los minutos y los segundos. Y su cabeza se iba a su pueblo natal, dónde la nieve era una bendición y no te congelaba la mejilla sin que pudieras moverte, donde compartía comidas copiosas con sus padres y hermanos y aventuras con sus amigos. Aquel pueblo donde un buen día ser un niño estaba prohibido y defender a la patria era lo único que importaba. Recordó el abrazo de su madre al partir a filas. La calidez del espacio entre su oreja y el hombro donde desde niño le había encantado poner su nariz helada después de un día en la montaña. Y con la adolescencia cada vez lo había hecho menos y ahora se arrepentía y se acordaba de aquella última despedida. Las lágrimas de sus hermanos y la mirada orgullosa de su padre. La imagen la podía controlar a su antojo, como si fuera en un pequeño avión de juguete. Subía, bajaba, se metía por las calles del pueblo, veía escenas congeladas de su infancia cuando jugaba con los Shell o tonteaba con Rachel cerca del molino y sus carnosos labios. Y así pasaban las horas, los minutos y los segundos. Utilizando de catalizador el dolor de una mejilla cubierta por la nieve para soñar o volver a sufrir.

Después del tercer cambio de turno ocurrió algo. Por un momento hubo una algarabía inusual. Agudizó el oído para ver si era capaz de entender lo que pasaba pero no hizo falta. Notó un alivio repentino ya que los rusos habían levantado uno de los cuerpos que estaba encima de él. Ya empezaban. No tenía sentido que no hubieran recogido los cadáveres antes. Su plan de escapar una vez en la fosa volvió a su mente pero se desvaneció de nuevo cuando retornó a la fatídica rutina. La charla entrecortada de los vigías, la nieve en la cara, el cuerpo entumecido, el frío y la esporádica evasión mental.

La escena se repetía cada cierto tiempo. Venían. Se llevaban uno de los cuerpos y dejaban el resto allí. En algún momento le tocaría a JF. Cuántos menos cuerpos le cubrían más a la intemperie estaba. La sed comenzaba a acuciarle. Lo gracioso de la situación es que tenía media cantimplora llena. Deseaba echarle mano. Abrirla poco a poco con dos dedos y en un cambio de turno llevársela a la boca. Sabía que era imposible pero era una terrible pescadilla que se muerde la cola, notar la lengua seca, pensar en la cantimplora, saber que es imposible, notar la lengua seca… Un bucle psicótico difícil de parar.

¿Por qué de uno en uno? ¿Qué hacían con los cadáveres? Supuso que pronto lo averiguaría. Tenía que estar preparado. Sólo quedaban cinco cuerpos y el suyo era uno de los dos más expuestos. Podía ser el siguiente. Notaba los miembros de sus compañeros duros como estacas que se le clavaban en la espalda. Habían pasado muchas horas, quizás casi dos días, y el frío de aquel maldito paraje  aceleraba el rigor mortis. Si JF era el siguiente tenía que hacer su mejor papel como cadáver. Mezcla de rigidez y relajación para aparentar un peso muerto y representar el grácil efecto que la gravedad ejerce sobre un ser inerte. Y la respiración, lo más difícil con ese frío y esa tensión, mantenerla muy débil, sin sonido, sin vaho.

Volvieron y no hubo suerte. Se llevaron al otro. Sin embargo cuando se iban JF notó que uno de los soldados se había quedado frente a él. Su oído se había vuelto agudo y podía escuchar las botas moviéndose nerviosas en la arena, incluso el chupar de un cigarrillo caladas largas y potentes para expulsar luego el humo con fuerza. Por un momento el silencio y después... calor. Unas manos grandes  comenzaron a cachearle con prisas. Le abrieron el abrigo y la camisa. Hurgaron por este bolsillo y por el otro. Notaba el aliento cálido sobre su cara y cuello. La respiración agitada del ruso daba algo de vida a la piel de su pómulo congelado. La mano alcanzó algo que no debió gustarle en la zona trasera del pantalón de JF porque escupió unas palabras como una expresión de asco. Se levantó maldiciendo. Se oyó un cremallera. La meada de ese soldado que pretendía ser un afrenta póstuma se convirtió en salvación. JF no quería que parara, quería que la vejiga de ese enemigo fuera infinita y que el chorro llegara a todos los rincones de su piel. Contuvo los escalofríos. Volvió a oír la cremallera y el soldado se fue. Ahora que el orín ya se había enfriado contuvo las arcadas. 

Seguro que le había descubierto. El calor de su cuerpo, aunque congelado, sería superior al de sus ex compañeros muertos. Tenía que haberse dado cuenta. Estaba perdido. Ese soldado volvería y lo remataría. Su actuación había sido buena. No se había movido y podría haber pasado por muerto. Pero el calor era imposible de disimular.

Se puso nervioso. Su respiración se aceleró y con ello notó como el vaho salía de su boca. Abrió los ojos. Estaba sólo. Tenía que tranquilizarse. Trató de moverse pero sus músculos no respondían. Ni las manos ni los pies. Se movieron un poco pero no suficiente para la difícil tarea de levantarse, correr, saltar y escapar. Las voces volvían por el pasadizo. Puso todos los esfuerzos en calmarse. Descamisado y con parte del torso al aire hizo esfuerzos por no tiritar de frío, controlar la respiración. Volver a estar muerto.

Un par de manos fuertes lo cogieron de los tobillos y otro de las muñecas. Tuvieron que dar un par de patadas a los cadáveres de sus compañeros que se habían quedado pegados a su espalda. Los soldados rusos se movían con agilidad. Eran fuertes. Intuía por donde le llevaban. Le sacarían por la entrada este de la trinchera. Por allí sólo podían llevarlo al bosque. Se encontraba a unos cien metros y era un buen lugar para una fosa común. También la mejor oportunidad de escapar.

El trayecto se hizo interminable. Los calambres del entumecido cuerpo de JF estuvieron a punto de aparecer en varias ocasiones. Puso todo de su parte para que no ocurriera. El dolor general de su cuerpo, el frío, era indescriptible. Confió en que su cabeza descolgada hacia atrás ocultara las pequeñas muecas de dolor de su rostro. De pronto sintió que lo balanceaban un par de veces y después… el vacío.

Cayó al otro lado de un seto de mediana altura. Su tórax golpeó una piedra del tamaño de un ladrillo provocándole un intenso dolor en las costillas. Ahora sí abrió los ojos confiado. Observó las cabezas de los soldados alejarse por encima del seto. Era libre. Intentó moverse y todo el cuerpo se le acalambró. Los músculos de las piernas y los brazos se retorcían en su interior como columnas barrocas. Gritó en silencio, respiró profundo y consiguió alcanzar la cantimplora. Bebió con avidez el agua congelada que notaba en sus labios cómo el fuego y cuando hubo terminado observó a su alrededor. Había pequeños charcos de sangre por todos lados y pedazos de tela. Se fijó con más detenimiento. Eran uniformes como el suyo. Botas como las suyas. Había pedazos humanos por todos lados. Lo que parecía una mano, un torso sin extremidades o media cabeza. Y el gruñido. No se había percatado hasta entonces. JF giró lentamente la cabeza y los vio. Una manada de tres lobos exageradamente grandes.

Dos de ellos le miraban fijamente. Respirando agitados, enseñando los dientes y con el hocico retraído. El tercero estaba dando buena cuenta de la última compañía que JF había tenido en la trinchera. Una pequeña parte de su cerebro se sorprendió al comprender que así era como los rusos evitaban las desapariciones. De uno en uno. Muy listos.

Se quedó muy quieto de rodillas, con una mano en el costado dañado, mirando a los ojos al lobo más grande. No tenía armas. La piedra con forma de ladrillo estaba a su alcance. El lobo grande cubrió los pocos metros que les separaban en dos zancadas. Tomó la piedra. Se volteó para maximizar la fuerza del golpe pero no tuvo tiempo.


Volvía a estar tumbado. Sintió un agudo dolor en el cuello. Las mandíbulas del lobo rodeaban su garganta. Entendió al instante que iba a morir. Cuando estás tanto tiempo cerca de la muerte y por fin la encuentras todo el trabajo de aceptación está hecho.  El calor que emanaba del aliento y del tacto del animal era incluso reconfortante. La presión fue aumentando, los colmillos penetraban despacio en sus arterias y rompían su musculatura. Notó la respiración del otro lobo acercando sus fauces a su estómago justo antes del último y fatídico crujido vertebral. Justo antes de viajar sin retornó a su pueblo, con su familia y sus amigos, con Rachel y sus carnosos labios, cálido y tranquilo a luz de un hogar y una buena comida. Justo antes de verse sonreír mientras corría alegremente tras la puesta de sol. Lejos de la trinchera.

jueves, 26 de octubre de 2017

Poder

El frasco de cristal reposaba en el mueble bar y la pistola en el cajón. No recordaba cuanto tiempo llevaba allí. Tenía la sensación de que toda la vida, por lo menos desde que se mudaron al rancho. Era una de esas pequeñas, manejable, con seis balas, según su punto de vista, diminutas. El día que se la entregó el jefe de seguridad se preguntó si esas balas tan pequeñas podrían matar a alguien. Pronto lo comprobaría.

Se acomodó en la silla dando un breve suspiro. Giró sobre el eje con un lento movimiento de pies hasta que dejó de ver el despacho y quedó de frente a la enormidad del rancho. Si las paredes de ese despacho hablaran. Si pudieran juzgar y sentenciar. Miró la escultura de Domiciano del rincón. La había comprado en una subasta por la fuerza que desprendían los ojos, las facciones de su cara, parecía que le mirara y le dijera: te estoy vigilando. No tenía brazos pero imaginó que alzaba el derecho portando un mallete y la izquierda a la altura de la cintura con una espada.

El despacho lo había ubicado en la parte más alta de la casa para asomarse, como en ese momento, y contemplar la belleza de los campos extendiéndose como mantas que calientan la tierra, las vallas de madera confinando a los caballos, los empleados embutidos en sus vestimentas de vaqueros, con el sombrero bien calado, dirigiendo el ganado, obediente y precioso.

Volvió a suspirar. Se dijo que había suspirado más esa última hora que durante el resto de su vida. Una sonrisa quiso asomarse a la comisura de sus labios pero nunca se produjo. La sustituyó por un recuerdo que se asomó con nitidez. Casi podía ver a su padre en la ventana. Le dijo una de esas frases incomprensibles de aviso que una vez que las comprendes ya es demasiado tarde. “En este negocio. Nunca te pares a pensar demasiado”.  En aquel momento no entendió ni las palabras, ni la mirada de su padre, pesarosa. Es más, la había interpretado como equivocada, un desliz chocho del mentor que le había enseñado todo. “Todo por la familia. No te pares a pensar demasiado”. Todo por la familia. Todo lo que haces en la vida por la familia. Porque hay que tener un objetivo que te ayude a superar los momentos difíciles, que te sirva de motivación. Esposa y tres hijos. Se le escapó un La Familia entre dientes que  viajó a través de la ventana a algún lugar lejano, fuera del rancho. Débil pero inexorable.

“Si quieres disturbios molesta a la gente, si quieres una guerra mátalos de hambre”. Otra de las frases de su padre pronunciada en otro momento y con otro ímpetu. Esa sí le había llegado cuando ambos eran más jóvenes. En plena expansión. Cuando no pensaban demasiado. Cuando las personas eran sólo números, peones, de una partida de la que ahora se preguntaba el para qué.

Su imperio se fundamentaba en dos pilares, el anonimato y el poder. El uno les servía para impedir la usurpación, si eres conocido hoy te querrán y mañana te odiarán, los ricos de la lista Forbes, los presidentes del gobierno, los dictadores, los altos cargos internacionales, los actores revolucionarios,  todos los que se creían influyentes de algún modo un día caerían porque a la gente le gusta cambiar pero solo puede cambiar lo que conocen. El otro sirve para que todo sea previsible, un buen negocio no puede permitirse sorpresas desagradables. Nada ocurre por casualidad, siempre hay una explicación lógica, si no la encuentras es que te falta información. El poder consiste en tener  herramientas para que todo pase según lo previsto.

Imágenes de Reuniones de Grupo, así de simple era el nombre, le vinieron a la cabeza. Se juntaban en cualquier sitio tranquilo, generalmente lejos de las ciudades y tirando más a zonas rurales, casas de campo, ranchos, lugares donde nadie les molestara. Entre las cinco familias controlaban el 90% de la producción de cualquier cosa en occidente y con ello el suministro agrícola y ganadero del 70% de los países del mundo. Había sido divertido sentarse  alrededor de un buen asado, después de haber estado cazado un par de horas por la mañana, y decidir que conflictos mundiales serían más de su interés. Ya no se lo parecía.

“No intimes demasiado con la gente. Céntrate en la familia”. El otro día, en una cafetería del pueblo, en el tiempo que se tomaba un capuchino, había escuchado a dos hombres discutir airadamente sobre temas varios, patrios o extranjeros, Israel y Palestina, Korea del Norte, las guerras en África o la pobreza en la India, nacionalismos, derecho humanos, matrimonio gay y libertad de la mujer. Daban palos de ciego con argumentos masticados en los medios de comunicación aderezados con las convicciones de cada uno. Lo que le llamó la atención no fue tanto la vacía conversación, al final estaban desempeñando el rol de un ciudadano medio occidental en la obra teatral que diseñaban en las Reuniones de Grupo, sino la vehemencia con que decían las cosas. Creyéndoselo. Si yo fuera…, si hicieran…, si dejaran que… La gente es tan causa-efectista que resulta casi imposible no despreciarlos. Lo único sensato fue la última frase antes de un sonriente brindis: “Vamos a dejarlo, si total, no sabemos de la misa la mitad”.  Ignorantes pero felices a fin de cuentas. Despreciables pero felices. No pienses demasiado. Tarde.

Si esos hombres supieran que la gran mayoría de los conflictos, pequeños o grandes, están provocados por subidas y bajadas de precio en mercancías clave y que están perfectamente orquestadas para que ocurra una cosa u otra se llevarían las manos a la cabeza en un primer momento pero un rato después ya estarían hablando de nuevo haciéndose los interesantes. Felices.

Esos hombres cuando piensan demasiado se preocupan de que no han arreglado aún la lavadora, o que su jefe les machaca, o que han engañado a su esposa, o que no han ido al baile de sus hijos. Él en ese momento pensaba en las vidas que indirectamente había quitado, los niños que había matado o dejado huérfanos y los refugiados que se habían quedado sin hogar al que volver.  De nada servía equilibrar. Pueblos enteros habían prosperado gracias a sus decisiones,  industrias completas habían nacido gracias a ellos, había puesto fin a varias guerras. Lo había compensado así durante años, siempre que se atisbaba un día de los de pensar demasiado, se autoengañaba. Pero ya no, hoy no.

Hoy tenía los papeles del divorcio encima de la mesa. La familia se desintegraba, se hacía añicos antes sus ojos. Su leitmotiv, como un cristal resquebrajado durante años y reforzado con torpes pedazos de cinta aislante, por fin se partía. Y sus manos sangraban al sujetar cada trozo de cristal, al intentar mantenerlos juntos. Y lloraba en la metáfora y en la realidad.

Vio aparecer el coche por el camino y se enjugó rápidamente la solitaria lágrima que llegaba ya hasta la barbilla. Se dio la vuelta y miró el escritorio. Abrió ligeramente el cajón y esperó. Teléfono. Sí que pasen.

Oyó los pasos en la escalera y un segundo después se abrió la puerta. Allí estaban los cuatro. Una Reunión de Grupo más. Entre palabras de camaradería, algún chiste y las preguntas de a qué se debía esa reunión algo repentina se contestó con evasivas ofreciéndoles una copa del mejor whisky escocés, como hacía siempre. Una vez sentados todos delante del escritorio, proclamó que tenía algo importante que decirles pero antes brindaron sonrientes, como los hombres del bar, y pensó que como ellos no sabían de la misa la mitad de lo que les iba a ocurrir a continuación. El veneno actuó casi de inmediato. Cuatro de los cinco hombres más poderosos del planeta trataron de gritar, de hablar, no lo consiguieron. Sus tráqueas se habían cerrado en unos interminables y grotescos segundos antes de espumear brevemente por la boca y caer inertes sobre sus sofás. En ese momento sacó la pistola del cajón y en un rápido movimiento disparó un de sus diminutas balas a su sien derecha.


Cayó sobre el escritorio. Un hilo de sangre salía de su cabeza y empapaba, lento pero imparable, los papeles del divorcio con la firma de su esposa y su nombre al otro lado. Sin firma. La sangre nunca alcanzaría los papeles situados en el lado opuesto. Los del seguro.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

PAN

Miraba el mantel cada vez que podía. Le costaba levantar la vista. El mantel, la servilleta, el suelo, cualquier punto era mejor que ver a la cita que se acababa de sentar enfrente suyo. Dudaba que la silla fuera a soportar su peso pero lo hizo, no sin antes emitir un incómodo crujido. “Hola”, “Hola”. Estos dos saludos y sus fugaces sonrisas fueron lo único que se cruzó entre ellos en al menos unos interminables 40 segundos.

Percibió por el rabillo del ojo como un regordete brazo izquierdo se dirigió hacia la servilleta. Los pliegues de la muñeca y el codo eran tan perfectos que parecía que llevaran costuras. Y cada uno de los deditos era como una pequeña tira de tres longanizas atadas a conciencia. “¿Y a qué te ded…” empezó a decir ella pero el camarero apareció amablemente con una sonrisa enrome y con una bandeja de pan. ¡PAN!. Con el hambre que tenía. Comenzaron a sudarle las manos y el ya conocido escalofrío le recorrió la espalda. Aguanta, recuerda la terapia. Qué bien olía. Quería comerse la bandeja entera pero seguro que la gorda se la iba a quitar.  No lo permitiría. Aguanta que te lo estás imaginando. Encima había tres tipos, uno como de pueblo, uno de aceite y otro de centeno. Extendió una mano veloz a por el de pueblo. Ah! Quema, por gocho. Sonrió tontamente pero no miró a la gorda que de momento no había movido ficha. Estás haciendo el ridículo, aguanta. Entonces un brazo de camisa blanca y chaqueta negra posó con suavidad un bol con mantequilla y queso de untar con un solo cuchillo. El olfato le traicionó. Cogió el cuchillo con avidez y uno de los trozos de pan calientes, daba igual quemarse, partió un generoso trozo de mantequilla y lo esparció ligeramente sobre el pan sin esperar a cubrir toda la superficie. Cerró los ojos y mordió. Mordió y degustó y paladeó y saboreó. “Tranquilo que no te lo voy a quitar” oyó que decía su oronda cita. Sintió vergüenza, la camufló de rabia y miró al frente por fin.

No podía creer lo que vio. La cara de la gorda era una hogaza enorme y cada rasgo dentro de ella, los ojos, la nariz, los labios, eran pedazos de diferentes panes. “¿Tengo monos en la cara?” Dijo arqueando los colines de las cejas. Se fijó en el resto del cuerpo y también estaba hecho de pan. Los pechos que sobresalían del exagerado y hortera escote del vestido eran dos panes gallegos enormes que terminaban en panes de leche a modo de pezón. La sorpresa debió de reflejarse en su cara porque la gorda se subió el vestido y dijo “Qué descarado”. Tanto el vestido como las longanizas también estaban hechos de pan. La mesa, las servilletas, las paredes del restaurante, el camarero, todo era pan. ¡Y qué bien olían!

Se levantó asustado sin decir una palabra. La rapidez estuvo a punto de hacerle caer pero se sujetó al respaldo de la silla que se rompió con un crujido delicioso. El trozo de respaldo que se había quedado en su mano humeaba y mostraba el interior migoso de una baguette recién hecha. No pudo resistirlo y se llevó la silla a la boca. Hummm. Delicioso. Una voz masculina “¿Pero qué hace usted?” En ese momento echó a correr. Oyó un lejano “¿Es que no te gusto?”.

Empujó con fuerza la puerta del restaurante que chocó contra la pared de la calle pero en lugar de un estruendo se oyó un crujido acompañado de un aroma embriagador. Hummm. Pan. Cogió un pedazo de puerta del suelo y se lo comió casi sin masticar. “Deténgase”. Corrió lo más rápido que pudo hacia su casa que estaba a dos manzanas. Toda la calle estaba hecha de pan. Cada uno de sus pasos crujía en el bollo de la acera. Las farolas, las papeleras, incluso la basura olían bien. Finalmente llegó a casa con la boca llena, masticando con voracidad y tragando como un pavo después de mordisquear por aquí y por allá todo el mobiliario urbano. Introdujo la llave en la cerradura después de comerse las del coche y al girar…

Se despertó sudando. Maldita adicción. No había tenido un sueño así desde que empezara la terapia. Menudo síndrome de abstinencia. ¿Pero no lo había pasado ya? Hay cosas que nunca se olvidan. Bebió agua y se dirigió a la cocina. Revisó la panera. Vacía. La bolsa del pan tras la puerta. Vacía. Puso la mano en el pomo de la puerta de la alacena, respiró profundamente, y abrió. Ni rastro de pan ni nada que se le parezca. Se tranquilizó. Sólo un mal sueño. Al cerrar la alacena se fijó.

Su mano. Cada falange era un pequeño colín y los dedos un grupo de tres perfectamente articulado. Siguió mirando. El ante brazo media pistola, el brazo una chapata. Y su cuerpo un enorme pan de pueblo. Las piernas dos focaccias en los muslos y por pantorrillas dos brioches. Los molletes y el flautín también andaban por allí. Sintió un pánico extremo pero sin saber porque se fue diluyendo. Se tocó, se crujió, se olió, y finalmente se mordió. Empezó por el brazo izquierdo. Los colines, la pistola, la chapata y después con el otro brazo se fue pellizcando el pan de pueblo. Se sentó en el suelo de la cocina con atención puesta en el festín, en el atracón de pan que se estaba dando. Estaba todo tan rico y calentito. Mordisquear los colines poco a poco pero de forma veloz. Notar la miga esponjosa en el cielo del paladar mientras la saliva la reblandece. El sonido crujiente de la corteza recorriendo toda la mandíbula. Hasta le cogió el gusto a comerse los molletes y luego el flautín. Cuando se quiso dar cuenta tenía el brazo operativo metido en la boca. El cuerpo ya había sido devorado.

Al terminar con el brazo sólo le restaba la cabeza. Comenzó a mordisquear los jugosos labios de pan de leche pero llegó un momento que no pudo llevarse nada más a la boca. Se quedó quieto, sin poder moverse, consumido por sí mismo. Una cabeza inmóvil en medio de la cocina.


La puerta se abrió. “¿Hay alguien?” El portero había informado de que hacía muchos días que no le veía. El casero dio el aviso de que no había recibido el alquiler de los últimos dos meses. Tenía a los dos subidos a la chepa expectantes. Ningún vecino había informado al agente de mal olor ni nada por el estilo. Más bien todo lo contrario. La verdad es que la vivienda olía bien. “¿Hola?” Se adentró poco a poco flanqueado por el casero y el portero. “Parece que no hay nadie”.  Se relajaron y revisaron el piso. El portero llamó su atención. “Mirad” miraban dentro de la cocina. “¿Alguien tiene hambre?” El casero y el agente lo miraron con cara de desaprobación. “Pero si está en el suelo”. “Ya” replicó el portero doblando el espinazo para recogerlo. “Pero mira lo bien que huele”.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Pensamientos al Sol

No hacía ni veinte segundos que su hija la había dejado en el banco y el sol ya estaba quitándole la congestión de los huesos. Al principio se había enfadado porque la dejaran allí como un trasto viejo, con la esperanza de que cuando volvieran hubiera desaparecido daba igual si abducida por un platillo volante de esos o sin vida en el cuerpo ya. Esa costumbre del banco había empezado un poco después de perder la capacidad de hablar, bueno perder, aún puedo decir cosas pero tomándome mi tiempo, otra cosa es que ellos no tengan paciencia ni ganas para esperarme.

Siempre tan ocupados, tanto mi hija como mi yerno, pa’rriba, pa’bajo, gritando, corriendo. Así están los niños que no saben ni que hacen en el mundo. Gritan y corren y berrean, como los padres. Ahí Jesús. El otro día una discusión con portazo e improperios incluidos. En pleno salón, los niños en sus cuartos, y ellos delante mío, que si es tu madre, que si no me casé para esto, que necesitamos el dinero, que hace siglos que no tengo tiempo para mí, y no sé qué sarta de egoísmos más se escupieron el uno al otro. Y yo como el pasmarote que soy. Con el cuerpo semi rígido y la lengua gorda sin poder ni moverme ni decir nada. Eso sí enterándome de todo. Y es que claro, trabajando los dos pues no tienen tiempo para nada y es como si hicieran vidas diferentes y las cosas comunes se las reparten de mala manera porque a ninguno le viene bien. Y es que las parejas de ahora no hay por donde cogerlas. Que digo yo que eso de la igualdad de la mujer está muy bien pero habrá que ponerse de acuerdo quien se queda con los niños antes de irse los dos y dejarlos solos a que los eduque el aire, que eso las criaturas lo notan. Ahora ya los educa la pobre Elodia, que ya ves ella lo que podrá hacer si no tiene autoridad para nada y cuando se queja de algo la mujer la ponen unos ojos de gacela que como para volver a decir algo.

Un día les oí decir que si se mudaban a una casa más grande y más cara y yo pensé pero si aquí estáis bien, si os sobra el dinero que uno trabaje y el otro en casa con los niños, pero qué sabré yo es lo que pensarán. Igual que los viajes, ay por dios si el Paco se enterase, que lo más lejos que fuimos nosotros fue a Roquetas de Mar y una semana que cerró la fabrica por un incendio. Y estos todos los años que si a Taipi, Taipao, Argentina y no sé qué más, y encima siempre vuelven discutiendo. Y mientras los críos o con Fernando o con los padres de él. Mucho derroche y poco sacrificio. De todas formas ni lo iba a poder decir, ni me iban a hacer caso. Así qué.

Y es que ¿para qué sirve un viejo? La misma pregunta todos los días. No es larga pero nunca me da tiempo de preguntársela a nadie. Un viejo sirve para mirar atrás, para recordar, comparar con la actualidad y darse cuenta de que de nada sirve avisar de los errores porque es como que se tienen que volver a cometer para que sean reales. Si no son solos delirios de viejo. ¿Y eso es una utilidad? ¿para qué sirvo yo que no puedo ni moverme ni hablar? Al menos si pudiera avisarles de los errores que están cometiendo, aunque no me hicieran caso yo me quedaría tranquila.

Por ejemplo esos niños, mis nietos me refiero. Niños por llamarles algo. Adanes diría yo. Ahora piden y se les concede, trastean y les sale gratis, muerden y reciben una recompensa. Corcho que el otro día un niño de la urbanización, el de las melenas y los calzoncillos por fuera, me dio con el balón en las piernas, que ni lo sentí, pero no me pidió ni perdón y yo sólo podía mirarle y balbucear, y es mayorcito ya el sinvergüenza. Lo tienen todo y todo rápido. Bueno, todo menos disciplina, sentido del sacrificio, valor por las cosas, por la vida y un par de hostias bien das que es lo que les falta. Mis nietos, además de unos salvajes, son infelices y sus padres no sólo no se dan cuenta, sino que se creen lo contrario. Ahí hija, ¿tan mal lo hice yo? Te veía correr, saltar, jugar, perderte con tus amigas o sola, con Fernando o con Papá, y siempre andabas sonriendo y con esos ojos de ilusión de mil cosas que querías hacer, y ahora veo a mis nietos y traen esas cosas de serie, sí, pero están como desconectados, idos, con tanto aipad de esos y tanta tele y esos berrinches infinitos. También con esa sobreprotección que tienen no pueden ni salir a la calle solos, así como van a espabilar. Y cuando papá os cascaba al merecerlo hasta luego, años después, lo recordabais Fernando y tú y os reíais y le dabais la razón, cómo el día que le rompisteis el brazo al Néstor obligándole a saltar de una caseta y prometiéndole que le recogeríais con una comba mágica o algo así. Pero ahora, ancha es Castilla. Si hasta a ti, hija, te tienen los padres acojonada en el colegio cuando castigas a un niño de los de tu clase. ¡A una maestra acojonada! Ver para creer.

Lo poco que queda vivo en mis piernas ya se me ha dormido definitivamente. No falla. Diez minutos en el banquito con las maderas apretando vete tú a saber que nervio y ya no siento nada. Pero el sol sigue ahí. Si al menos pudiera ponerme de pie y mirar y oler las flores del jardín de la urbanización. Están bonitas la verdad. En eso sí que han ganado algo, en calidad de vida. Pero ¿pará que la quieren si no saben disfrutarla? Nunca les he visto oler las flores. Y yo esto se lo quiero decir pero no me dan tiempo y si me lo dieran no me harían caso. Ahí madre, con lo que yo he pasado. Si
ellos supieran todo sería más fácil.

Pero no van a saber, ni quieren. Porque los jóvenes siempre quieren cambiarlo todo aunque esté bien. Como la política. A veces me ponen delante de la tele horas y horas como si fuera una piedra vieja y no me queda otra que tragarme las noticias y todos esos programas de gritos y cotilleos. Ahora que viven como reyes no veo más que gente por la calle pidiendo que vuelvan cosas del pasado. Gentes de los que ni uno ha pasado una guerra ni sabe lo que es eso. Una guerra es tan terrible y los muertos y el hambre hastían de tal forma que los ideales políticos se diluyen hasta la nada y es lo que permite que se vuelva a colaborar independientemente del color que seas, y que la buena voluntad reine y haya paz y concordia y crecimiento común porque ves el corazón de las personas y no el color de sus ideas. Pero claro los que ya tienen eso gratis ni se dan cuenta de lo que perderían. Y ahí están peleando, que si rojos, que si fachas, que si independencia, 40 años después las mismas monsergas y no se dan cuenta del peligro. Los jóvenes siempre quieren cambiarlo todo aunque esté bien, como no pueden comparar pues ni se dan cuenta y si no lo cambian no le encuentran sentido a sus vidas. Y dicen que todo está en los libros de historia, pero yo digo que todo está en la historia pero no en los libros, porque dime tú a mí quien escribe la historia, pues unos pocos y según les conviene. Y aunque leyeran la historia de verdad, y aunque tuvieran el tiempo para leer tantos libros, nada cambiaría porque los jóvenes están para cambiar cosas. Lo que sea y como sea y el que no quiera va contra ellos y las cosas son blancas y negras. Y es que los jóvenes están para equivocarse. Y los viejos ¿pará que están? ¿Para quejarse de que todo su sufrimiento ha sido en vano viendo los frutos?

Pues no lo sé. Y todos los días la misma pregunta, en el mismo banquito y con el mismo sol reconfortante. Y así hasta que me muera, digo yo, que no quedará mucho. A ver dónde anda el gachón del Paco. Como estoy tardando tanto igual ni se acuerda de mí. Y si me está viendo me diría y que haces tú pensando todas estas cosas mujer si a ti esto ni te va ni te viene. Y tienes razón Paco y no sé si tengo razón o no o si se puede llegar a tener razón en algo, pero mañana volveré a pensarlo porque el cuerpo lo tengo tieso pero la mente mejor que nunca y prefiero ver estas películas en mi cabeza al solecito que ver la crispación que venden hoy en la telelevión, con lo bien que se estaba con dos canales y todos con las mismas cosas en común.

Por ahí viene mi hija de vuelta con los niños como si fueran dos bolsas del mercado colgándole de las manos ¿En que no saben andar? Dos hostias... Se me ha pasado rápido aunque tengo el culo como una tabla de ferralla. Mírale la cara de agobio, es que no quiere ni verme. Normal. Y, mientras me levanta del banquito, me dirá algo así como "Vamos mamá que eres lo que me faltaba hoy", pero yo no le doy importancia, primero porque se cree que no me entero y sé que lo dice sin ánimo de herirme y segundo porque es mi hija y la querré incondicionalmente haga lo que haga y diga lo que diga y lo demás no importa.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Amor de Verano

La primera tormenta que había anunciado el hombre del tiempo estaba remitiendo. A su paso había quedado el característico olor a tierra mojada y asfalto caliente recién humedecido. La temperatura había bajado 15 grados y la brisa había dejado paso al viento, más frío, más agresivo, más incómodo. El pronóstico continuaba con la misma dinámica durante al menos siete días. Eso dejaba el maravillosos mes de Agosto más que acabado y el horripilante Septiembre, por ende, más que iniciado.

Sus ojos abandonaron el infinito más allá de la ventana de la cocina para posarse en el infinito del agua hirviendo. Las burbujas apenas habían comenzado a formarse y rápidamente, como un ejército camuflado a la espera de una orden, habían invadido el diámetro de la cacerola. Cogió los tagliatelle, previamente pesados, sin mirar y los lanzó al agua. Tenía siete minutos para perderse en aquel líquido burbujeante, ahora ligeramente espumoso, que era lo mismo que perderse en sus pensamientos. Perderse a kilómetros de distancia en su memoria cercana. Poner cara de nostalgia y suspirar. Amor de verano.

Una noche en la playa. La espalda sobre la toalla. Los pies hundidos en la fría arena que recorre con cada grano el contorno de los dedos, la planta y el talón regalando esa sensación tan reconfortante de la arena fría, nocturna. La vista puesta en el cielo. No hay nubes a las que poner formas, solo estrellas a las que viajar en silencio. La lluvia estelar comienza. Nuestras manos se entrelazan, vinculando lo que vemos, lo que sentimos, para elevar el volumen de esa sensación, exponenciarla al ser dos en vez de uno. Pasan las estrellas fugaces. Pequeños fragmentos espaciales que chocan contra la tierra para convertirse en polvo en un evento físico que a nosotros nos parece magia desde abajo. Nos sorprendemos, señalamos las que dejan mayor rastro ¿has visto esa? Claro que la has visto, tu mano me dice que sí. Amor de verano.

Una cena romántica. Tú me cuentas. Yo te cuento. Nos descubrimos mutuamente. Tus gustos que me disgustan y mis disgustos que te hacen gracia. Reímos y compartimos y comemos y bebemos. Y miramos. Miramos más allá de la comida o los chistes. Cruzamos la mirada y visualizamos por un momento los hilos invisibles que nos unen, a nosotros, no al resto. Las cuerdas que vibran con nuestro tono de voz o nuestros gestos únicos para cada uno de nosotros. Amor de verano.

Una tarde en la playa. La espalda sobre la arena, tibia. Se oye el murmullo de la gente y los chiquillos y más fuerte el murmullo del mar, de las olas. Tu cabeza sobre mi vientre y nuestras manos encontradas en algún lugar entre mi cadera y tu pecho.  No hay estrellas a las que viajar en silencio, solo nubes a las que poner formas. Y así lo hacemos. Figuras cotidianas y extrañas, secuencias de imágenes inventadas que nos hacen reír. Ponemos nombre a las nubes sin mirarnos. Y con cada risa una ligera presión de los dedos. Amor de verano.

Un beso bajo la luna. Una paella. Un beso bajo la única farola apagada del paseo. Una copa en el mirador del rompeolas. Un suspiro en un abrazo. Unas palas. Un abrazo en un suspiro. Un patín. Un baño en la playa, lejos. Una erección. Un quitarse el bañador. Risas, risas y más risas. Hilos invisibles, nubes y estrellas. Amor de verano.

Suena la alarma del móvil. Los tagliatelle parecen mirarle como un condenado a muerte esperando a salir del agua hirviendo. Se centra y los saca. Después de escurrirlos los mezcla con la salsa
cuidadosamente. Los lleva al salón.

"Creí que no iban a salir nunca." Le dice ella. "Qué ricos." Se estremece ligeramente cómo siempre hace cuando tiene frío pero no dice nada. Coge la manta situada en el lateral del sofá por primera vez después de tres meses. “Parece que el verano se acaba” y le regala una de sus sonrisas revitalizantes.

Ya hace cinco veranos que descubrió ese poder que tenía sobre él y ahí estaba, revitalizado de nuevo por esa mueca. Dientes, boca, ojos, pómulos y nariz, cejas, pestañas y barbilla, todos de acuerdo, moviéndose al unísono, interpretando una pieza maestra única que, dentro de la infinidad de posibilidades que hay en los gestos, encuentran la que viaja por ese vínculo entre sus ojos y los de ella y le alcanza el alma sin resistencia alguna.

Deja los platos en la mesa. Les echa un poco de queso rallado como a ella le gusta y dice “Que aproveche. A ver qué tal me han salido.” Están buenísimos. Se miran con el primer bocado y se lo dicen todo. Fuera vuelve a apretar la lluvia y el viento. El verano se acaba. La nostalgia es necesaria para poder disfrutar el reencuentro. Él la mira mira. Amor de verano… y de otoño.

lunes, 7 de agosto de 2017

El Jarrón

De vez en cuando alguien hacía algún comentario de ese tipo. Que si era muy frágil, que había que tener cuidado con él, que cualquier golpecito podría hacerlo añicos. Él nunca los entendió. Cuatro mudanzas y unos veinticinco cambios de sitio después ahí seguía. No importaba si le movían de una estantería a una mesita o encima de un aparador o de la chimenea. Daba igual cuanto lo  acercaran al borde o lo inestable que fuera su soporte. Él siempre estaba impecable, con el cuerpo firme y esbelto y sus voluptuosos adornos de cristal esculpidos refulgiendo con cada rayo de luz que los atravesaba.

No tenían ni idea. Se sentía fuerte y duradero. Llevaba casi cinco lustros con la familia y nunca había sentido ni siquiera el peligro cerca a pesar de lo que no paraba de atraer a la gente. Ellos observaban su depurada confección, una sola pieza de cristal, ancho como el pecho de una hermosa mujer y alto como el cuello de un flamenco en un precioso lago. Él los miraba a ellos a los ojos mientras le observaban. Le encantaba coquetear con esa gente, que sintieran cierta envidia y por ende el deseo furtivo de poseerle. ¿Hay algo que te haga sentir más fuerte que la admiración de los demás?

Nada. Se sentía rocoso como ese deportista invencible, seguro como ese trabajo con el horario y el salario correctos para vivir con comodidad, inquebrantable como el matrimonio perfecto sin fisuras ni secretos, inexpugnable como el sistema inmunológico de un adolescente con toda la vida por delante, fuerte como la confianza de la amistad más sólida y auténtica. Así se sentía y así lo vivía internamente pero sólo cuando pensaba en ello, de pascuas a ramos, cuando alguien se lo recordaba con alguno de esos comentarios de fragilidad estúpida. La mayoría del tiempo ni se acordaba y se iba a dormir con la conciencia bien tranquila y una sonrisa inefable que sólo aporta el sueño sin preocupaciones.

Una mañana despertó. Algo había ocurrido. Percibía un suave tacto en su base pero no era el del noble aparador de roble en el que estaba. Era más como una pelusilla. ¡Era la alfombra! Se puso nervioso. Empezó a mirar a todos los lados pero sólo veía imágenes de sí mismo desfigurado reflejándose en trozos de sí mismo que notaba esparcidos por la alfombra. ¿Qué habría ocurrido?, ¿un temblor quizás?, ¿un niño travieso correteando por donde no debía?, ¿un plumero esgrimido por una mano torpe?, ¿Un ataque de furia desmedida? Trató de ver si en el aparador habían puesto otro jarrón en su lugar, un vil sustituto que usurparía sus privilegios, pero no alcanzaba desde tan abajo.

"¡El jarrón!, se ha roto" escuchó en una primera voz que continúo con un inicio de sollozo "¿Cómo ha podido ocurrir? Era una reliquia de la familia, un tesoro, y ahora está hecho añicos". "Te dije que estaba en un sitio demasiado inestable". Dijo una segunda voz con tono brusco. Una escoba y un recogedor se acercaban a toda velocidad. "¿Lo recojo señora?". Nadie contestó pero notó las duras cerdas de la escoba en su delicada piel de cristal y el áspero y frío plástico del recogedor al golpear su cuerpo contra él.

Alguien elevó el recogedor y se dirigió velozmente a la cocina. Podía oír a las voces seguir discutiendo acaloradamente en el salón pero no entendía lo que decían entre los llantos y las exhortaciones de culpabilidad.

Una portezuela se abrió y dejó paso a la oscuridad más absoluta. El recogedor se volcó sobre ella y todos sus pedazos acabaron en algo plástico, oscuro y maloliente. Lo último que escuchó antes de que se cerrara la portezuela fue a alguien decir:

 "Es una pena. La gente debería cuidar más sus jarrones.".


martes, 1 de agosto de 2017

LOW 2017 (Homenaje al Darlotodismo)

Iba a empezar el post con un "Una vez más..." pero es una frase que denota monotonía, incluso tedio. Es cierto que no es el primer festival al que vamos ni será el último pero lo que sí que ha sido es único. A veces olvidamos que estas vivencias no son infinitas y que cada una cuenta. Otras puede que vengan o puede que no y eso hace que cada una de estas experiencias vitales tengan que ser vividas con pasión, con energía. El Low 2017 no ha sido una excepción.

Benidorm es una ciudad denostada por la sociedad, tiene mala prensa y ¿por qué no decirlo? de forma merecida si sólo miras la superficie. Los rascacielos a pie de playa, ese skyline terrorífico que puede verse desde el mar mientras estás en el agua rodeado de jóvenes guiris ahooliganados por un lado, jubilados nacionales e internacionales con sus cuerpos rojos quemados por el patrón de las camisetas de tirantes del Zara por el otro. Los restaurantes de comida rápida, mezclados con una tienda de bisutería al lado de una boutique de ropa cara, al lado de un showgirls para viejos, al lado de un bar de moteros con música en directo, al lado de una arrocería "güena", al lado de una heladería que vende chanclas. Todo esto puede parecer que no es un lugar agradable donde estar pero tengo que decir que a pesar de la primera impresión, todo está equilibrado hasta el punto que dices "La vida se abre paso en cualquier parte, hay que joderse". Y empiezas a darte cuenta de que tú, un joven de mediana edad, medio indie, medio pijo, medio hipster, de clase acomodada y que viste del Jack and Jones y lleva un BMW de los baratos tiene su cabida en esa extraña maraña de tópicos que viven en armonía y que acaban destilando educación y buenas formas contra todo pronóstico.

Esta maravillosa cuidad tiene uno de los mejores festivales nacionales. Para el que escribe el mejor o, sin ser tan subjetivo, el más perfecto. Tamaño justo, personal atento, amable y suficiente, barras sin colas a cualquier hora, precios razonables, un cartel muy muy potente, unos patrocinadores a la altura y en una ciudad con playa, tan maravillosa como Benidorm, que ya he descrito antes.   


Con este panorama nos enfrentábamos un grupo de nueve valientes a uno de los acontecimientos de vida que nos acercaría a conocer un poquito más de cerca la felicidad. Y es que uno de los momentos más felices que alguien puede vivir es aquel en el que estás cantando una canción que te apasiona, en su punto álgido, haciendo que tu garganta saque la octava más alta que puede llegar a alcanzar, rodeado de amigos con los que has compartido mil batallas y todo ello saltando y bailando sin parar, recibiendo y dando abrazos a diestro y siniestro, con un ambiente invadido por el éxtasis emocional de miles de personas y, lo más importante, sudando como una bestia. Porque el sudor es el símbolo del darlotodismo. Cada gota de sudor que vuela en el aire es un destello de energía que regalamos al mundo. Bueno, pues todo eso, como unas diez veces al día durante tres días.


Ahora veo la ruta musical que hemos hecho y las horas invertidas que se han pasado como minutos y no puedo dejar de sorprenderme, aunque no sea la primera vez. El comienzo con Dorian, la elegancia de L.A., la grata sorpresa de Roosevelt, el buenrollismo infinito de La Casa Azul, la intención fallida de !!! (CHK CHK CHK), el guitarreo apasionado de Neuman, la esperanza indie de Viva Suecia, la profesionalidad musical de Franz Ferdinand, el divertido show de The Hives, el sentimiento y letras de Lori Meyers, la potencia sorpresiva de Mando Diao, la entrañable incombustibilidad de Fangoria, el humor de Ojete Calor y el bailable sonido aunque corto de Satellite Stories. ¿Cuál ha sido para vosotros el mejor concierto? Les preguntaba a mis amigos en la gasolinera ya de vuelta a Madrid.

Las respuestas eran múltiples y aunque muchos coincidían en algunos grupos ninguno coincidió en el que yo estaba pensando. Y es que el mejor grupo del festival, como nos ocurre siempre, fuimos nosotros, Encarni, Luisen, Juan Calos, Alex, Duhan, Arsi, Rosario, Moncho y Víctor. Y es que aunque los miembros (Marta, Manu, Alexa, Fátima, Parra, Lolo, María, Nacho, Fer, Carmen y Zapar) cambien de un festival a otro nuestro espíritu y filosofía de la amistad y el disfrute siempre perdura. Sólo puedo daros las gracias y deciros que ha sido un honor compartir tanto con vosotros. Cuando la gente nos mira como si estuviéramos locos en medio de un concierto pero sonríen y se unen a nuestros bailes es que algo estamos haciendo bien para con la comunidad y para con la humanidad.


Para los que lean esto y hayan llegado hasta aquí sólo espero que la energía que estoy tratando de poner en este post os cale, aunque sólo sea un 10%, ya que no pretendo que sintáis en profundidad la felicidad vivida en estos días, sino que cojáis ese 10% y lo utilicéis para poner pasión en todo lo que hacéis en la vida, saltad si hay que saltar, gritad si hay que gritar, corred si hay que correr y amad si hay que amar. No os dejéis nada dentro porque se perderá en el vacío.. Flipaos. Darlo todo siempre que podáis. Practicad el Darlotodismo.

Gracias a todos. Gracias LOW 2017. Gracias Benidorm.

Un besazo.





miércoles, 26 de julio de 2017

Incomprendidos

No se podía creer que fuera a llegar tarde. Llevaba esperando esa cena casi medio año. La había preparado con tanto mimo. La comida, la bebida, los disfraces, la ambientación y por supuesto la yincana. Le había dedica horas y horas a ese juego para que todo saliera perfecto. Estaba deseando ver la cara de sus amigos según fueran apareciendo sorpresas y ahora por haber olvidado una reunión  de las que su jefe calificaba como “imprescindibles” iba a cagarla.

Sacó apresuradamente las llaves del coche, abrió y se metió tan rápido que enganchó el abrigo con la puerta. Maldita sea exclamó mientras tiraba del abrigo con fuerza, se acomodaba por fin en el asiento y arrancaba el motor. Miró el reloj del coche y resopló dirigiéndose a toda prisa a la puerta del parking.

No podía llegar tarde. No podía quedar mal delante de todos sus invitados. Si llegaba sólo uno antes que él no podría poner en marcha el mecanismo de inicio de la fiesta y todo se iría al traste. La puerta del parking aún iba por algo menos de la mitad. Acercó el coche casi hasta que el parachoques delantero tocaba con el borde de la puerta al subir. Calculó lo que le quedaba a la puerta para abrirse del todo y el espacio necesario para no tocar con el techo del coche y aceleró. Las ruedas chirriaron brevemente y los bajos tocaron la rampa de cemento pero le dio igual. Salió disparado del garaje, giró a la derecha y a la izquierda a gran velocidad como siempre hacía y dio a parar a la calle principal.

Unos cincuenta metros le separaban del ya conocido y eterno semáforo del cruce que aún estaba en rojo con un coche ya esperando. Redujo la marcha y el semáforo se puso en verde según lo previsto. Una larga hilera de coches venía por el carril contrario así que no podría adelantar al coche parado en el semáforo pero como aún quedaban unos metros para alcanzarlo supuso que arrancaría y le daría tiempo a sobrepasarlo.

¿Qué le pasaba a ese tío que no se movía? El semáforo llevaba en verde como tres segundos ya. Los coches del carril de enfrente no habían avanzado lo suficiente y tuvo que frenar en seco para no golpear al coche parado, lo que acompañó de una sonora  y larga pitada.

No quería volver a casa. Sus manos ya estaban sudando y deslizando lentamente por el falso cuero del volante mientras  su mirada estaba fija en el logo negro donde ponía airbag. Bolsa de aire se dijo. Ojalá tuviera una bolsa de aire para ponérmela en la cabeza. Se imaginó entrando por la puerta. El felpudo de Ikea raído por la esquina superior derecha “Bienvenido a la república independiente de su casa”, ¿República? ¿Independiente? Nada más entrar contaba siempre hasta tres y recibía el primer grito y el primer insulto, esa era la bienvenida de costumbre ¿Por qué has tardado tanto, imbécil? ¿Crees que la cena se va a hacer sola, estúpido? Daba igual que siempre llegara a la misma hora, que era la que le permitía el trabajo, para ella siempre llegaba tarde. Arrastraba los pies hasta la habitación de su mujer. Se acercaba a ella y trataba de besarla. Nunca lo conseguía, siempre pasaba algo antes, un grito, un objeto volador que le golpeaba, o simplemente algo que pasaba cuando conseguía llegar cerca de su cara cuando estaba aparentemente dormida, un "ni se te ocurra holgazán, ni me toques" o algo parecido.

Entonces retrocedía y se dirigía a la salita con paso plomizo. Dejaba la cartera al lado del sofá-cama, se desvestía y se ponía el pijama que estaba justo donde lo había dejado por la mañana, encima de la tele. Iba a la cocina, miraba el menú que tocaba ese día en el papel ya viejo que le había dado el endocrino y se ponía a cocinar sin dejar de escuchar gritos provenientes del dormitorio. La mayoría de las veces ponía a tope el extractor o cerraba la puerta para no oírla pero a veces paladeaba  su tristeza y lloraba mientras oía insulto tras insulto y alguna lágrima mojaba la tabla donde cortaba las cebollas. Le gustaba tocar fondo porque creía firmemente que cuando llegas abajo ya sólo puedes subir pero él vivía como en un falso pozo, el pozo de un mago donde cuando tocas el fondo, éste tiembla durante unos segundos sólo para abrirse y dejarte caer otro trecho y así una y otra vez.

Esta caída libre con trampas duraba ya nueve años. Más de cien meses desde que aquel doctor dijo aquellas palabras de las que ya sólo recordaba “Enfermedad rara”, “Engordar”, “Cambio de humor”, “No hay cura”. La decadencia había sido progresiva, muy progresiva, tan progresiva como el pitido que estaba oyendo proveniente del coche de atrás. Miró el semáforo. Verde. Se puso en marcha despacio.

Por fin, maldito gilipollas. Las ruedas estaban encima de la línea discontinua de la calle esperando el momento para adelantar pero venía demasiado tráfico en sentido contrario. Volvió a pitar después de un par de intentos de pegarse al máximo al culo. Estaba perdiendo un tiempo precioso. Bajó la ventanilla y gritó un “Vamos, ace…”

“…lera” escuchó. Le daba igual. No quería llegar a casa. Cada semáforo que pillaba en rojo era un respiro que se tomaba antes de su particular infierno y el de ella. Era tan buena, tan jovial. Siempre la recordaba con todas sus fuerzas en aquella época y trataba de buscar similitudes con el monstruo en el que se había convertido ahora. Un transformación lenta, casi sin darse cuenta, cerrando etapas, primero la morbosidad, luego la falta de movilidad, luego el mal humor, los gritos y finalmente el victimismo. Le culpaba de todo, al principio con indirectas y ahora ya abiertamente. Todos los días sin excepción le llovían las críticas y él no decía nada. Las tragaba por miedo a que la mujer enferma a la que amaba y cuidaba empeorara aún más su humor y que eso la llevara a acelerar su muerte. Acelerar su muerte. Ahora no le sonaba tan mal.

El siguiente semáforo se puso rojo. A ese paso no llegaría a tiempo. Ahora no le podía adelantar pero en el siguiente tramo, aunque estuviera prohibido tenía que hacerlo. Siguió pitando aunque parecía que al subnormal del coche de delante no le importara lo más mínimo. Volvió a gritar “Déjame pasar. Déjame si…”

“…tio, por dios o acelera”. Miró al de atrás por el retrovisor. Las prisas. Hacía siglos que no tenía prisa por nada. Ya nada era tan importante como para tener prisa. Además ya estaba llegando a casa así que no le dejaría pasar hasta el siguiente semáforo. Se daría el capricho de putear a alguien en vez de ser él el puteado. Por una vez. Trató de sonreír pero no le salió. El repaso mental de tareas pendientes volvió a su cabeza. En realidad nunca se había ido. Según sus cálculos tenía unas dos horas hasta la próxima pastilla por lo que tendría que hacerlo todo rápido, sin parar y sin contratiempos. Siempre había contratiempos.

Ve el final de la hilera de coches en sentido contrario. Se prepara para la maniobra. El semáforo se pone en verde y acelera pero el coche de delante ni se mueve. Mierda, joder. Venga sólo unos centímetros que saque el morro. Frena en seco. El de delante comienza a moverse. Vuelve a pitar mientras saca el morro poco a poco al carril contrario y la línea continua. Frena. Vuelve a acelerar. El último coche del carril contrario le pasa muy cerca. Frena. Se caga en todos los muertos del de delante. Pita. Y finalmente acelera metiéndose en el carril contrario adelantando al maldito coche que estaba arruinando la posibilidad de que su fiesta fuera maravillosa. Pasa a su lado enseñándole el dedo corazón y gritando mientras baja la ventanilla: “Gilipollas a ver si te mue”

“…res”. Pone el intermitente y gira en su calle sin prestar atención al energúmeno que le acaba de adelantar. Aparca el coche en la plaza de minusválidos. Desciende. Abre la puerta del portal. Espera al ascensor y cuando llega sube por las escaleras. Tres pisos después saca las llaves del bolsillo y lentamente introduce la más grande en la puerta blindada. “Ya era hora.” escucha. Resopla. Abre la puerta despacio y se dirige a la cocina directamente. “Quieres matarme aquí sola, ¿es eso? ¿Has comprado mis caramelos? Como se te hayan olvidado te arranco la cabeza puto inepto”. Respira profundo. Abre el armario y coge el blíster de tranquilizantes y un vaso grande. Lo llena de agua. Pone una pastilla de las nueve que quedan dentro del agua y se pone a hacer la cena y el resto de tareas que tenía pendientes mientras se diluye en el agua. El chaparrón de insultos sólo durará una horas más. Se pone a cortar cebollas y llora.

Entra a toda prisa en su calle. Mira los coches aparcados a ambos lados por si reconoce alguno de sus amigos. El reloj marca diez minutos más de la hora prevista. Ha llegado tarde pero confía que aún le da tiempo a poner en marcha la yincana. Aparca de mala manera en el garaje, suba al ascensor a toda prisa y cuando le quedan dos pisos para llegar oye un alboroto de voces en el rellano. Ya están todos allí. La fiesta ha fracasado y todo por el capullo del semáforo.


La cena está lista. Pone el puré y la pechuga de pollo, la servilleta y los cubiertos en la bandeja. Cuando va a poner el agua le vienen palabras a la mente “Acelerar su muerte” “Vamos acelera” “Déjame sitio” ”Gilipollas a ver si te mueres”. Desde la habitación le llega un “¡Es para hoy malnacido!”. Sale de su ensoñación y acalla las voces. Pone el vaso en la bandeja y la lleva a la habitación. Tardará un cuarto de hora en cenar y dormirse por fin. Se dispone a prepararse una copa de vino, sus únicos cinco minutos de relax antes de meterse en el sofá-cama. Mira el vino con dulzura, casi con amor. La encimera se transparenta entre el velo rojo de la copa, hay un blíster sobre ella. 

Finalmente la fiesta ha sido un éxito. Aunque no será la mejor del año la gente lo pasó bien. Y todo a pesar del retrasado del semáforo.

Finalmente el día no acabará tan mal. Una sonrisa largo tiempo esperada se recorta en una acartonada mueca precedida de un largo y profundo suspiro. El blíster está vacío.

viernes, 14 de julio de 2017

Demostración

Trinomio fantástico: EcoVidrio – Puntos – Marido.

Llevaba trabajando en la fábrica once meses. Había accedido gracias a la recomendación de su marido que llevaba cinco años en la empresa. Era la única mujer en el almacén y cuando aprendió a utilizar la carretilla elevadora de palets en ocho horas les había dado una lección a todos. Seguramente pensarían que una mujer que no sabe apenas conducir un coche no iba a ser capaz de manejar un vehículo multidireccional y con distinta repartición de carga. Se equivocaron.

El trabajo era sencillo pero muy intenso. Trasladar el mayor número posible de palets de Ecovidrio de la zona de descarga a la de almacenaje. Aunque los primeros días fueron duros sus compañeros trataron de ayudarla, claramente porque pensaban que no sería capaz, y en cuanto se hizo un mapa mental de los pasillos del almacén, los puntos ciegos y las curvas más cerradas la carretilla comenzó a ser una extensión de su cuerpo.

Su marido era el jefe de almacén y aunque ahora se dedicaba a la gestión y al papeleo había empezado como carretillero. Aún le gustaba de vez en cuando cargar algunas toneladas de palets para “disfrutar de los viejos tiempo” como decía él aunque en realidad ella sabía que lo  quería decir era “demostrar que sigo siendo el mejor”.

La vida en la fábrica era movida pero fluía. Se había integrado bien en la plantilla a pesar de ser todo hombres. Estaba segura que era porque su marido era el jefe. Intuía como alguno la miraba de soslayo sin duda pensando que no debería estar allí, que no era sitio para una mujer. Participaba en los descansos y la hora del almuerzo y podía notar cómo se aguantaban los chistes, aunque nunca habían dicho ninguno. Los dejarían para cuando no estuviera ella delante. Un claro ejemplo de comportamiento cobarde masculino.

Alguno incluso había comentado lo impresionante que era su manejo de la carretilla, que parecía que había nacido para ello. Había sonreído y dado las gracias aunque sabía que detrás de esas palabras se ocultaba una envidia con la que debería tener cuidado.

Un día llegó el dueño de la empresa y comunicó que iban a instaurar un sistema de puntuación para mejorar el rendimiento del almacén. Por cada media tonelada de producto que se ubicara correctamente se ganaba 1 punto. Esto establecería un ranking mensual y el mejor empleado sería recompensado. Se implantaría en dos semanas.

Para probar el sistema su marido hizo una demostración a su plantilla. Cogió la carretilla con la destreza que le caracterizaba  y movió 6 toneladas de material en menos de 20 minutos. Dio un discurso motivacional centrado en la importancia del compañerismo por encima del bien individual en un intento, se imaginaba ella, de quedarse solo con los elogios del dueño y evitar que nadie destacara en el nuevo sistema salvo él.

No sabía cuando había dejado de quererle, si es que le quiso alguna vez. Sólo sabía que ahora detectaba con precisión milimétrica todos los pequeños detalles que trataban de ponerla en una posición inferior. Compartían las tareas del hogar, cuidar a los niños, el trabajo, etc. pero en todas esas actividades su marido creía que hacía mejor las cosas, o al menos es lo que ella percibía. Nunca le decía nada, ni le reprochaba nada pero ella sabía que lo pensaba. Alguna mirada extraña, alguna demostración de cómo hacía él algo de cierta forma y porqué. Sin palabras mal sonantes pero en ese tono que decía “eres inferior”. Era el ABC de lo que oía y leía en los telediarios, los periódicos e internet. Estaba oprimida.

Un buen día llegó al almacén con su cabeza bullendo con estos pensamientos. Algo pasaba. Estaba el dueño allí de nuevo. El sistema de puntuación estaba listo y utilizarían ese primer día como piedra de toque para probarlo por lo que el ganador al final del día se llevaría un premio. Pensó que era justo lo que no necesitaba: una competición llena de testosterona y gallitos.

Había diversidad de opiniones sobre el sistema. Los más motivados chocaron sus manos, incluso las de ella, en un gesto de compañerismo, de cara a su marido jefe, pensó ella. Los menos entusiasmados, que eran a su vez los más veteranos, cogieron sus carretillas como otro día cualquiera pasando bastante del tema. Ella tenía pensado formar parte de estos últimos y hacer el trabajo de siempre pero vio que la primera carretilla elevadora de la fila estaba ocupada por su marido. De alguna manera, a pesar de la distancia, él la miró y le guió un ojo sonriendo. ¿Se estaba riendo de ella? ¿Menudo gilipollas? Arrancó su carretilla y comenzó a trabajar frenéticamente.

En lo alto de pared norte del almacén habían instalado una pantalla que indicaba claramente con puntitos led rojos y en dos columnas los nombres y los puntos actuales de los trabajadores.

En este momento ella iba la primera por haber empezado antes. En cada viaje que daba de cara a la pantalla la echaba un ojo. Podía ver como su marido le reducía la distancia en cada vuelta. Estaba trabajando lo más rápido que podía, nunca se había sentido así de enfocada y motivada. Iba a la plataforma cargaba los diez palets que su carretilla soportaba y salía pitando hacia el muelle de descarga. Se oían las ruedas de las carretillas chirriar en todo el almacén. El tiempo se había pasado volando y se percató de que sólo quedaban 10 minutos para terminar. Eso significaba un último viaje. El marcador la situaba la segunda con diferencia respecto al tercero y sólo dos palets por debajo de su marido. Podía oír como sus compañeros comenzaban a animarla, por un momento se sintió arropada pero luego recordó quienes eran y sólo oía sus risas burlonas, no les miró a la cara por falta de tiempo pero intuía los gestos obscenos y los insultos. La ira encendió su rostro y tensionó aún más sus músculos. Llegó a su última recogida y cargó 14 palets para poder ganar a su marido. Los subió con la carretilla, se tambalearon varias veces hasta que los estabilizó y salió disparada. La columna de palets que temblaba como un flan se venció hacia la mitad del recorrido.

Todo pasó a cámara lenta. Los palets se le venían encima, miró a su alrededor un instante y todos corrían hacia ella desde el muelle de descarga con caras de desesperación y preocupación, ella aún veía sus sonrisas, seguro que se alegraban en el fondo. No le dio tiempo a sentir más. 800 kilos de ecovidrio cayeron sobre ella. Un dolor sordo y la nada.

Nunca volví a abrir los ojos, ni a mover un músculo, ni a hablar. Sólo despertó mi capacidad de oír. Y además del pitido constante y rítmico de lo que imaginé que era un monitor cardíaco y las idas y venidas de lo que supuse enfermeras, lo que oía constantemente y sin saber durante cuanto tiempo era la voz de mi marido, a veces  alzándola, a veces susurrando, preguntándome: “¿Por qué?”







lunes, 10 de julio de 2017

Calor

Calor. Mucho calor. Noto gotas de sudor bajando a través de mis axilas y mis pectorales provocando que la camisa se pegue al contorno de mi cuerpo. Mala elección de vestuario para un día tan caluroso y encima en el aeropuerto varados. Hace dos horas que debía salir mi vuelo. Ese pensamiento sumado al hecho de que es un vuelo largo transoceánico aplasta mi alma en llamas sobre la silla de la puerta de embarque.

Sin libros, sin batería, sin cobertura, el único entretenimiento que tengo es mi imaginación y mi capacidad de soportar el calor. Parece que ya empiezan a embarcar, por fin. Una morena impresionante con un vestido negro de rejilla semitransparente se ha puesto la primera en la cola. Qué calor. Las sandalias de tacón alto favorecen su figura, hacen todavía más largas sus piernas morenas. Las curvas de su cuerpo se intuyen bajo el vestido pero se hacen plausibles cuando le confirman la tarjeta de embarque y se pone a andar. No consigo verle la cara al entrar en el finger, unas enormes gafas de sol se la tapan.

Me levanto a ver si el movimiento me transmite una brizna de aire que alivie esta nueva ola de calor interna provocada por la morena. Noto mis shorts y la camisa empapados, se pegan a mi cuerpo como queriendo ser parte de mi piel, de mis músculos. Me pongo a la cola y embarco.

Ya estoy dentro. Tengo pasillo en zona lateral. Dentro del avión también hace mucho calor. Soy rápido colocándome en mi sitio y en un momento estoy con los ojos cerrados y con los cascos puestos escuchando la voz de Andrew Mears, concentrado para relajarme y reducir la temperatura de mi cuerpo. No baja. Sólo veo a la morena bailar sensualmente ante mí de espaldas. Más bien sube.

Algo ocurre en el pasillo justo a mi lado. Un pequeño alboroto. Alguien cae sobre mí y abro los ojos. Me encuentro con el escote del vestido de rejilla negro muy cerca de mi cara. Tiene una apertura justo en el centro del pecho que permite ver con claridad dos curvas perfectas. Una traviesa gota de sudor se desliza, obviando al grueso de sus compañeras que adornan el resto del pecho, por el largo y redondeado canalillo de arriba abajo, lenta al principio y rápida al final, tan rápida que se pierde en algún punto detrás de la puntilla del sujetador también negro. La entrecortada respiración hace que su pecho suba y baje dentro del ceñido vestido desafiando la cordura humana. Mi cordura.

No sé cuánto tiempo he pasado en esta escena pero la vergüenza finalmente me hace mirar a la chica a la cara. Nuestras miradas se cruzan. Ya no lleva las gafas de sol y unos ojos verdes enormes me atrapan. Un nuevo empujón proveniente del pasillo hace que su pecho se aplaste más contra el mío y note su débil pero firme turgencia potenciada por el sudor. Apoya una de sus manos en mi muslo para no precipitarse y la otra, con el antebrazo, en el cabecero de mi asiento. Noto su olor húmedo por el calor, no lleva perfume y no le hace falta. Huele a vitalidad. No dejamos de mirarnos en ningún momento. El contorno de sus ojos me dice que me mira con curiosidad lo que se confirma al observar la mueca de su boca que muestra una sonrisa medio burlona medio sensual, escondida tras sus untuosos labios rojos fuego, que hace que mi calor en la entrepierna suba todavía más. No nos decimos nada. No hace falta.

El lío del pasillo se libera y ella se incorpora sobre su vertical. Para ello exagera el movimiento de impulso con las manos llevando la mano de mi muslo muy cerca de la ingle y apretando ligeramente el pulgar en mis testículos. Es un movimiento sutil, casi imperceptible pero yo lo noto. El brazo que estaba en el cabecero también empuja y sale rodeándome suavemente el cuello y que termina con una caricia muy suave y un pequeño roce de sus uñas en mi mentón. Una vez de pie en el pasillo se da la vuelta y continúa el trasiego de pasajeros.

Tengo mucho calor y un inicio de erección incómodo que toca mis ropa interior empapada de sudor y presiento que se hace evidente a través de mis pantalones cortos. Miro a mí alrededor y todo parece normal. Trato de relajarme. Respiro profundo pero al mirar al pasillo veo sus piernas dos filas más adelante en el grupo central de asientos. Son morenas y tersas, el sudor se intuye en ellas como una película de almíbar salado, y terminan en las sandalias negras de tacón. Las tiene cruzadas y me imagino el calor húmedo que tiene que haber donde la piel de ambas se toca, el sonido cuando se mueven, la sensualidad de ese gesto.

Me muero de calor. Tengo que relajarme. Cierro los ojos. Me pongo los cascos. Y después de un tiempo imposible de determinar despegamos por fin. El alivio general del despegue se desmorona rápido cuando el calor no desaparece. Ha habido un problema con el sistema de refrigeración según anuncia una de las azafatas.

Me plantan un vaso de agua fría delante y me lo bebo con presteza. Está congelada. Siento como enfría momentáneamente cada parte de mi cuerpo por dentro. Al pasar por el esófago mis pezones se endurecen y rozan con la camisa empapada y ajustada. El agua llega al estómago pero no pasa de ahí. No consigue enfriarme de cintura para abajo y menos pudiendo mirar esas piernas con solo girar la cabeza un poco.

De pronto la morena se levanta. Algunos mechones de su pelo se pegan con gracia a su cara por el calor. Se dirige hacia mí. Yo la miro embelesado. Ella no me mira. Va a pasar de largo pero antes de perderla de vista pasa sus dedos suavemente por todo mi brazo. Está mojado y resbalan por el sudor como gráciles patinadores. Cuando termina yo me giro y observo sus nalgas, perfectamente definidas bajo el vestido e infinitamente sexys bajo la transparencia y su movimiento. Justo antes de entrar en el baño me mira fugaz y pícaramente.

Mi corazón se acelera, la erección vuelve a coger fuerza, aprieto las falanges contra los brazos del asiento. Me quito los cascos. Me levanto. Y me dirijo pausadamente hacia el baño. Una vez en la puerta miro a todos lados para ver si alguien me observa. Se abre la puerta repentinamente y un brazo fino y moreno me agarra de la camisa y tira de mí.

Estoy en el baño del avión de menos de un metro cuadrado y sentada en la taza veo a la morena. Con el vestido de rejilla negro levemente levantado en la falda y caído en el hombro. Se le pega en varias partes dejando ver su voluptuosa anatomía porque está sudando. Mucho. Como yo. Tira de mi camisa y salta un par de botones. Mientras yo me quito el resto pone sus piernas sobre mis hombros y empuja ligeramente hacia abajo. Sé lo que quiere. Me arrodillo hasta ver su tanga también negro. El sudor me hace difícil deslizarlo así que tiro de él con fuerza hasta casi arrancárselo. La oigo gemir levemente. Aprieta con más fuerzas sus piernas sobre mi espalda y yo introduzco mi lengua en su sexo completamente depilado. Lo noto salado por el sudor pero dulce a la vez. Estoy muy cachondo y muevo la lengua en todas direcciones, despacio y rápido según los movimientos de sus caderas. Noto su clítoris crecer y ponerse duro. Me excita. Se excita. El sudor se mezcla con su flujo y yo acelero progresivamente el movimiento. Noto como se estremece. Oigo un grito contenido. Afloja la fuerza de las piernas y me incorporo. Tiene el vestido completamente pegado al cuerpo y una de sus manos aprieta sus tetas. Yo el torso empapado de sudor. Nos miramos lascivamente sin decir nada. Ella me quita el cinturón con habilidad, mete la mano en mis calzoncillos y sin pudor coge mi miembro y lo saca con un movimiento lateral. Está más grande que nunca, pesado, venosos, imponente. Lo mira por un segundo con asombro y luego con picardía. Se desliza un poco hacia abajo para coger la postura y la falda del vestido sube hasta la cadera. Dirige mi polla hacia su interior y yo doblo las rodillas para facilitar el proceso. Es estrecho pero cálido. Apenas hay fricción debido al sudor y al flujo. Pone los ojos en blanco y yo miro su cuerpo perfecto de arriba abajo. Empujo con más y más fuerza hasta alcanzar un vaivén conjunto sincronizado. Su lengua lame sus labios rojos y sus dientes los muerden, mis músculos se tensan por el esfuerzo pero sigo empujando con fuerza. Aprieto sis tetas sin delicadeza, son enormes pero duras, aprieto sus pezones, ahora puntiagudos, y la oigo gemir. La veo gemir. Noto que soy un volcán en erupción a punto de explotar y que una diosa griega me pide mi lava desde el firmamento. Las gotas de sudor saltan por todos lados, nuestros cuerpos resbalan el uno con el otro en perfecta armonía, nuestras miradas se cruzan una última vez, ella me coge la cabeza y me besa. Un beso a la vez pasión, deseo y lascivia. Nuestras lenguas están tan dentro de nuestras bocas como mi falo de su vagina. Doy un último empujón fuerte. Entro en erupción. Nuestras lenguas juegan y bailan. Yo exploto, ella explota.

Doy un respingo en el asiento. Foals sigue sonando en mis cascos. El hombre que está a mi lado está dormido profundamente. Me toco la entrepierna, erecto pero seco, o al menos sólo mojado por sudor. Gracias a dios. Trato de rehacerme un poco y tranquilizarme. El calor sigue siendo insoportable. Respiro profundo y me bajan las pulsaciones. Miro hacia delante y sus piernas siguen ahí pero estoy más tranquilo. Menos cachondo. Respiro de nuevo.

Entonces se levanta. Mi cuerpo se tensa. Se acerca a mi sitio. Está distinta. Sus manos y sus pies parecen más grandes. Deseo que pase de largo pero no lo hace. Apoya su gigantesca mano sobre mi brazo y acerca su cara a la mía con suavidad. Huelo un perfume algo ácido y descubro una nuez demasiado saliente de su cuello. Finalmente su movimiento de aproximación cesa cuando su boca está a dos centímetros de mi oído. Me quita el casco y me dice con una voz potente, gruesa y algo tosca: “Voy al servicio guapo. Por si te interesa”. Sus dedos, largos y venosos, recorren mi brazo y sus uñas, que detecto postizas, finalizan el movimiento. Me giro desconcertado y algo acojonado. Veo sus nalgas bajo la transparencia, son extrañamente estrechas, sin cadera, a pesar de que se mueven con gracia. Se mete en el baño y me guiña un ojo justo cuando cierra la puerta.

Me quedo sólo con mis pensamientos. Dios mío. Acabo de tener el sueño erótico más brutal de mi vida con una morena despampanante y resulta que es un travesti que quiere, sin saberlo, hacer realidad ese sueño…  Madre mía… Un travesti… rejilla negra… sudor… pechos turgentes… ¡Qué cojones!


Me quito los cascos.